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Cuando nadie nos ve

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Para convertirse en canalla bastan cinco minutos. Sócrates y Rousseau defendieron que el hombre es bueno por naturaleza. Pero, yo me fío infinitamente más de Francisco Etxeberria quien ha examinado cientos de víctimas de la crueldad humana en las mesas de autopsia. Fue al primero que escuché hace unas semanas referirse al uso sistemático de la tortura en los oscuros años 80 y 90. Después, reconocía el forense guipuzcoano, fue cambiando “lentamente, demasiado”.

Tan lentamente que aún no ha desaparecido del todo. Hace unos días, el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura hacía público su informe con datos de 2011 en el que concluía que en España se sigue torturando e infligiendo malos tratos a los detenidos.  Y antes, lo hicieron Amnistía Internacional y otros organismos.  

No se me iba el asunto de la cabeza cuando leí el extraordinario diccionario político vasco que se acaba de inventar Iker Armentia. Uno de los 10 primeros términos que introduce es “tortura”.  Algo que, dice, los medios de comunicación prefieren callar salvo que se aplique en  la prisión iraquí de Abu Ghraib. Paradójica realidad que destroza la premisa de que debe prevalecer la noticia que sucede más cerca y que avala esa impetuosa necesidad de apoyar a los que sufren lejos y olvidar a los de al lado. 

Las redes sociales también lanzaron comentarios airados. Preocupada y creyente como soy del poder del azar en nuestras vidas, al más puro estilo Paul Auster, aquí, estoy, escribiendo sobre un asunto del que casi todos parecen rehuir.

Pareciera que el reconocer y denunciar la existencia de torturas te alineara con el mal en lugar de con la defensa de los derechos humanos y el Estado de derecho. Es la presencia constante del consabido maniqueísmo de  ‘conmigo o contra mí’ que todo lo pervierte.  La tortura es uno de los actos más abyectos de la condición humana. Donde el  hombre se desprende de su esencia para sumergirse en un mundo perverso y oscuro al amparo de la impunidad.

Pareciera que el reconocer y denunciar la existencia de torturas te alineara con el mal en lugar de con la defensa de los derechos humanos y el Estado de derecho.


Lo decía el profesor Etxeberria en esa entrevista televisiva con su primo el periodista Iñaki Gabilondo: Los hombres somos unos canallas. Pero, nos controlamos. Cuando nadie nos controla u observa, nos convertimos en canallas. Un amoroso padre de familia, un hijo amable o un vecino educado pueden esconder un psicópata bajo su  rostro o un convencido de que el fin justifica los medios.

Un compañero periodista, al que considero buena persona, justificó en una ocasión la tortura para prevenir males mayores. Si sabes que torturando vas a evitar un atentado con muertos qué harías… torturar. Me dijo.

Que  la tortura existe  no hay duda. Lo sostienen  organismos internacionales independientes y lo sabemos sin que nos lo digan. Que lo nieguen los poderes públicos y el Gobierno del Partido Popular es faltar a la verdad. La perversa práctica de usar la tortura de manera sistemática para obtener información ya no es sistemática. Pero, aplicar se aplica. Y las víctimas suelen ser inmigrantes, presuntos delincuentes o detenidos por su supuesta relación con ETA.  En todos los casos, el supuesto se queda tras la puerta del calabozo.  

La consiga de la dirección de ETA a sus militantes de denunciar torturas ha propiciado el escepticismo. Y da igual que un detenido muestre la cara desfigurada por los golpes o varias costillas rotas. La policía cuenta que es el resultado del forcejeo durante la detención y hay que creérselo porque la denuncia forma parte de una maniobra orquestada.

Tampoco debería sorprendernos tanto. La ficción imita a la realidad y no hay película de policías o serie de televisión, ahí están las exitosas 'Homeland' o 'Guerra de Tronos', en la que la tortura no forma parte de sus excelentes guiones. 

Quisiera terminar con un caso que no ocurrió ni en Afganistán, ni en Irak ni en Guantánamo.  Y, que  el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura considera “creíble y consistente”. Es el de una joven que denunció haber sido violada vaginal y analmente con un palo, además de sufrir otros tremendos abusos y amenazas, durante su incomunicación en los calabozos de la Dirección General de la Guardia Civil en la calle Guzmán el Bueno de Madrid.

Aunque el informe elude las identidades en todos los casos, el diario Gara ha informado de que se refiere a Beatriz Etxebarria, de Bilbao, detenida en marzo de 2011 en una redada de la Guardia Civil por su presunta relación con ETA.

El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha reconocido torturas en varios casos de denuncias que los tribunales españoles ignoraron.  Entre ellos el del periodista Martxelo Otamendi.  El Comité  recuerda en su informe que lleva dos décadas llamando la atención de las autoridades españoles para que pongan fin a la tortura y a los malos tratos sin obtener respuesta.   

El profesor Etxeberria recordaba su estupor cuando en una ocasión escuchó la respuesta de un ministro a la pregunta de Gabilondo de si podría garantizar que la tortura era parte de un tiempo anterior. Él conocía la respuesta: tocaba a las víctimas con las puntas de los dedos a diario.

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