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De las nuevas formas de participación a la nueva militancia

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Recientemente pudimos escuchar a Owen Jones en una charla que Podemos Euskadi organizó en Bilbao, hablando, de entre otras muchas cosas, de la atomización del trabajo y de cómo las nuevas formas de trabajo parcial e individualizado, o el crecimiento del trabajo de autónomo (o auto-empleo, como lo llaman en Inglaterra), obligaban a generar nuevas formas de organización de las personas trabajadoras y de participación política.

La necesidad de estas nuevas formas de participación política, fue uno de los grandes aciertos que tuvo Podemos en sus inicios. Dar un salto más allá de las asambleas presenciales, acabar con el tradicional privilegio que tenían aquellas personas que disponen de tiempo para invertir en reuniones, fue lo que dio a Podemos la capacidad de generar nuevos espacios de participación y de atraer a capas de la sociedad que nunca se verían atraídas a la participación política activa.

Un claro ejercicio de democratización de la participación política que permite implicaciones en diferentes grados, desde la mera capacidad de sufragio digital, hasta la participación activa y “militante” en órganos de dirección, pasando por la colaboración puntual en el desarrollo y elaboración de los miles de elementos que un partido político necesita para salir adelante tanto en el corto, como en el medio, como en el largo plazo.

Como es obvio, a medida que la organización ha ido creciendo, y sobre todo entrando en las instituciones, aumentan los espacios de participación, de trabajo, y también de decisión. Espacios que tienen que atender a un mar de contradicciones que navegan entre la horizontalidad y la inmediatez que exige, por ejemplo, la vida institucional, o la vertiginosidad de la actualidad política vasca en tiempo preelectoral.

De no ser por los ejercicios de inteligencia colectiva surgidos de los espacios espontáneos de participación que permite Podemos, muchos de los hitos comunicativos y políticos de los últimos dos años no habrían sucedido.

De un tiempo a esta parte, son muchas las personas que han escrito líneas y líneas sobre el modelo organizativo que debe desarrollar Podemos, aduciendo la llegada de un nuevo ciclo dentro de la organización, que tiene como hito final el 20D y especialmente el cese de Sergio Pascual como Secretario de Organización.

Las nuevas necesidades que se van creando en la organización, sobre todo de cara a tender una campaña tras otra, la construcción de estructuras que sean capaz de sostener el peso del trabajo institucional a la vez que mantienen el partido con vida, hace que la conclusión más rápida (y fácil) sea la de crear modelos tradicionales de militancia, un reparto más clásico de derechos y deberes mediante el cual quien está presente en las asambleas y quien aporta económicamente es quien más derechos tiene dentro de la organización.

En cambio, eso sería, a mi parecer, caer en el error de aceptar las reglas del juego que se nos imponen para participar en él. Llegar al límite en el cual se te marca cuál es la forma en la que tu partido va a trabajar, en la que tus militantes van a actuar y en qué límites se van a mover. De no ser por los ejercicios de inteligencia colectiva surgidos de los espacios espontáneos de participación que permite Podemos, muchos de los hitos comunicativos y políticos de los últimos dos años no habrían sucedido.

Es por ello, que antes de empezar a discutir el modelo organizativo en profundidad, primero hay que dar ciertos pasos que asienten los cimientos definitivos para una organización de futuro. Y en este camino se plantea una primera dicotomía: aceptar que nuestros Círculos no son espacios privilegiados de participación que le dan a uno el carnet de Podemos, y que son espacios de participación abierta y de contacto con la ciudadanía, o volver a un sistema en el cual son asambleas territoriales tradicionales, compuestas por militantes.

Aceptar que los espacios presenciales son un engranaje más de un motor bien engrasado en el cual cada parte es igual de importante que otra, independientemente de su forma y espacio de trabajo, o privilegiar una vez más los derechos de las personas que tienen capacidad para invertir horas de su día en espacios de reunión tradicionales.

Si atendemos al comienzo del artículo, mi opción es clara. Es un error no atender a las nuevas formas de trabajo y a situaciones de emergencia social que solo permiten a unas capas muy concretas de la sociedad participar de la política de la manera tradicional.

Aun así, también es un error negar que la fuerza militante es cada día más necesaria, y que la política de cercanía y el poder municipal también se hace creando espacios de participación presenciales en nuestros municipios. Y ese es un nuevo reto al que tendremos que atender pronto: el salto de las nuevas formas de participación, a las nuevas formas de militancia.

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