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De pactos fáciles y votos fantasmas

Lo que ya merece la matrícula de honor en la escala de la “antidemocracia” es que se engañe a la ciudadanía premeditadamente

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Las dos candidaturas a liderar el PDC critican el voto de CDC a la Mesa del Congreso

Las dos candidaturas a liderar el PDC critican el voto de CDC a la Mesa del Congreso

En un artículo anterior en este mismo medio, evaluaba la necesidad de repetir elecciones y discrepaba de las críticas severas que recibía el hecho de que no se hubieran conseguido acuerdos fácilmente. Afirmaba que tendemos a “considerar positivos los acuerdos y negativo el disenso, lo que nos hace muchas veces valorar más el hecho de que se pacte que las condiciones en que se pacta. Y en materia de pactos, igual que en otras muchas, me parece más importante el cómo que el qué. Es bueno llegar a acuerdos sólo si sus procesos y sus contenidos son buenos y es malo si se soslayan determinadas condiciones”.

Pues bien, en este segundo round postelectoral parece que las cosas se mueven. Pero no por el buen camino. Ya hemos asistido a unos acuerdos de conformación de las mesas de las cámaras. Unos acuerdos que suponen la atribución a los partidos de una representación en dichos órganos totalmente desequilibrada respecto de la representatividad de las diversas fuerzas. Y suponen, incluso, la marginación total de alguna de ellas. Muchos lo justifican como algo normal en el juego parlamentario, considerando que, al fin y al cabo, todo obedece a los juegos de mayorías y minorías.

Es evidente que si miramos a la historia del parlamentarismo este tipo de acuerdos no resulta raro. Pero una cosa es constatar que son habituales y otra muy diferente es considerar como normal y democrático cualquier  fruto del juego de las mayorías. No es lo mismo que dicho juego se aplique a la formación de gobierno que a la constitución de los órganos de las cámaras. Un gobierno es por su propia naturaleza un órgano de parte, un órgano beligerante, al servicio de un programa específico. No es esa la naturaleza de las mesas de las cámaras. Su función es garantizar que el juego parlamentario se desarrolla en igualdad de condiciones entre las partes y que las iniciativas de todas ellas se tramitan por igual.

Desde esta perspectiva, conformar acuerdos para excluir y marginar a determinadas fuerzas y sobrerrepresentar a otras supone una visión democrática cuanto menos pobre. Quizá no sea radicalmente antidemocrática, pero dista mucho de un concepto exigente de democracia. Menos democrático aún es atar mediante acuerdos de intercambio de favores determinadas interpretaciones de los reglamentos de las cámaras, para favorecer que los parlamentarios y sus grupos tengan acceso a ventajas que no les corresponden o para evitar que tengan acceso a otras que sí.

Conformar acuerdos para excluir y marginar a determinadas fuerzas y sobrerrepresentar a otras supone una visión democrática cuanto menos pobre

En una escala de acciones antidemocráticas, todavía son más graves que las mencionadas aquellas que hurtan información a los ciudadanos de las razones reales de los acuerdos y de los contenidos que se ocultan detrás de ellos. La falta de información desvirtúa las decisiones, por lo que la transparencia es a la vez condición y consecuencia de la democracia. La falta de transparencia con la que se han llevado históricamente las negociaciones y los acuerdos parlamentarios resulta inadmisible desde criterios democráticos.

Pero lo que ya merece la matrícula de honor en la escala de la “antidemocracia” supone el que no sólo se hurte a la ciudadanía la información, sino que incluso se la engañe premeditadamente. Esa es la situación a la que estamos asistiendo estos días. Votos fantasmas que aparecen y nadie reivindica. Incluso la negación hipócrita y provocadora de las evidencias. En resumen, la reivindicación de la trampa y de la mentira como instrumento para hacer política.

De nuevo en este caso, la mayoría de los analistas critica estas prácticas. No está mal, pero hay algo que no me parece de recibo. Las dificultades de los partidos para llegar a acuerdos en la fallida legislatura anterior se criticaban con ardor guerrero y auténtica indignación. La facilidad de estos días para llegar a acuerdos totalmente ilegítimos no genera la misma indignación. Es criticada con sordina y en muchos casos, con una sonrisa socarrona y condescendiente en los labios. Es la sonrisa de una cultura experta en picaresca y cómplice con ella.

Fuerzas marginadas o sobrerrepresentadas, interpretaciones forzadas de reglamentos, préstamos temporales de escaños, votos fantasmas, estrategias articuladas para despistar a la ciudadanía e incluso mentiras evidentes e intencionadas. Y dinero, siempre está detrás el dinero, que correrá de nuevo en mayor medida  hacia las arcas de los más tramposos. Y sonrisas condescencientes hacia los astutos tramposos y sus astutas trampas. Y así seguimos….

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