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Porque el pasado nos asedia y nos exige algo

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La memoria es una cuestión de interés, “Allí donde el interés se pierde, se pierde también la memoria” sostenía Goethe. Si el interés que nos mueve es la restitución de la verdad, la memoria encontrará un hueco en nuestra sociedad. Si el interés fuera el enjuiciamiento de lo que otros hicieron, tan solo conseguiremos una sentencia moral, acumulada a las ya dictadas por los jueces.

La restitución de la verdad tiene como objetivo impedir reconstruir el pasado en interés del presente. Si tratáramos la memoria como un esquemático relato de vencedores y vencidos, cada cual pretenderá convertir su auge o su caída en una leyenda heroica “donde lo visible palidece ante lo narrado....esa ficción duplicada, triplicada, fantasía, fantasmagoría que se cuela compasivamente entre el como es y el como debería ser... esa especialidad de los países auxiliares, de las naciones de segunda línea y los pueblos de reserva” (Andrzej Stasiuk, De camino a Babadag).

Aún peor, tan solo lograríamos la sumisión astuta del vencido como indeseable resultado, lo que constituye un fracaso moral de toda la sociedad porque la sumisión rara vez supone la aceptación del error o del mal causado. De ahí la importancia de la restitución de la verdad que desplaza la pretensión de centralidad de la memoria. Por eso opino que la memoria, en singular, es una quimera. Y que perennemente coexistirán tantas memorias como intereses. Tal situación, siendo incomoda, no impide la convivencia.

El pasado nos exige algo tan sencillo como responder al ¿Dónde estabas cuando tu hermano fue asesinado, perseguido, torturado, estigmatizado?; sin ampararnos en el SE impersonal: “Eso no se sabía”, “De eso no se hablaba” “Se trataba de un conflicto”.



El exceso de memoria es una característica de las comunidades, pueblos o naciones pequeñas. Las consecuencias de este exceso no suelen ser graves, siempre y cuando no se haga de la memoria un relato histórico que se use como instrumento político; que lleve a formular los conflictos políticos en términos históricos y la historia en términos políticos.

El pasado nos asedia y nos exige algo tan sencillo como responder al ¿Dónde estabas cuando tu hermano fue asesinado, perseguido, torturado, estigmatizado?; sin ampararnos en el SE impersonal: “Eso no se sabía”, “De eso no se hablaba” “Se trataba de un conflicto”... Como si no se quisiera asumir la propia responsabilidad en nada. Como si el todo más grande de “la organización”, como si el todo más etéreo de “la situación” permitiera albergar en la conciencia el pecado de la acción o de la omisión.

Txema Montero. Abogado.

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