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Patriotas

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En los últimas días de este verano las noticias sobre las habituales corrupciones de nuestros partidos políticos se han ido encadenando con una monotonía de homilía dominical. Entre carraspera y carraspera, debido a las traicioneras temperaturas de los aires acondicionados, en los bares que visito casi todas las tardes con el ánimo de hacerme creer que soy un hombre bien instalado en la alcohólica mediocridad de esta ciudad, la gente más que comentar estas sabidas corrupciones te cuenta sus vacaciones del verano sin el más mínimo pudor.

Lo habitual, el plan más extendido, según he podido escuchar, ha sido desplazarse al sur peninsular para pasar las horas tumbados al sol como lagartos medio ocultos tras un sombrero de esparto, que cantara el Serrat... Las playas mediterraneas, Benidorm, Fuengirola, Marbella o Torrevieja, han sido una prioridad para todas aquellas personas que consideran que el sol es un premio a la paciencia con la que han soportado el tedio laboral y el lluvioso invierno.

Cuánto ahora hay que hacer se hace con una perezosa diligencia puesto que la nostalgia de lo vivido en los días de Agosto, parece impedir que toda esta gente se habitúe de nuevo a las monomanías domésticas, los semáforos, los seriales televisivos, las gestiones bancarias y el vino amargo que todas las tardes se bebe de un trago tras salir de la oficina con el alma anestesiada, la mente en blanco y el cuerpo encogido.

La menguada clase media española no tiene, al parecer, más sueño vacacional que meterse entre pecho y espalda una aceitosa paella y beber una sangría en un chiringuito de playa mientras sus niños construyen castillos de arena en unos litorales repletos de rascacielos, abuelas voluminosas, señores demolidos, adolescentes tatuados, alemanes entusiastas, inglesas de una palidez bibliotecaria, italianos de almanaque y madrileños por todas partes...

La menguada clase media española no tiene, al parecer, más sueño vacacional que meterse entre pecho y espalda una aceitosa paella y beber una sangría en un chiringuito de playa.

“Me enorgullezco de no haber pisado ni una maldita playa durante todo este verano”, me comenta Rodríguez, un periodista cuarentón, narigudo, con ojos de buey dormilón, cara de oficinista aburrido y trabajada barriga cervecera, con el que suelo coincidir de cuando en cuando en los bares que, literalmente, cercan mi domicilio: ”A mí no me pillas en una playa ni para heredar. Para deshacerme del calor prefiero las piscinas municipales de los pequeños pueblos de Castilla, ya casi deshabitados. Durante la hora de comer están prácticamente desiertas, así que almuerzo a horas tardías y aprovecho ese momento para disfrutar del agua y también de lo que ya no se encuentra en casi ningún sitio, o sea, del silencio”.

Las personas como Rodríguez, hechas de un entusiasmo irónico y de una contagiosa bondad, siempre le encuentran un remedio a todo, lo cual no deja de sorprenderme y de admirarme. “Este vino es demasiado espeso”, afirma de nuevo Rodríguez. “Tiene la acidez justa pero llena demasiado la boca dejando un regusto amargo en el paladar; o sea un vino rancio e insustancial que emborracha fácilmente, lo mismo que el discurso político de los patriotas que en todas partes nos gobiernan”, comenta de nuevo Rodríguez mientras a la puerta de un bar estrecho, ruidoso y decorado con fotografías de jugadores de fútbol ya muertos, contemplamos como unas nubes grises, de acero y algodón, voluminosas y errantes, se deslizan por el cielo hacia lejanos pueblos y lejanas ciudades...

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