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Poteando

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Me tomo unos cuantos vinos a última hora de la tarde con un grupo de periodistas, viejos conocidos la mayoría, que, como buenos bilbaínos, hablan sobre todo de fútbol. No parece que a esta edad que hemos alcanzado haya muchas otras maneras de ocupar el tiempo ya que, al parecer, todos hemos perdido el entusiasmo por los asuntos políticos, eróticos y culturales que, años atrás, tanto tiempo nos ocupaban.

Como milagrosamente no llueve y además es víspera de fiesta las calles céntricas de la capital rebosan de personas que, con un fervor de trapenses convencidos, circulan de local en local comentando, entre ellos, los pormenores de la vida mientras, con una disciplina entusiasta, como de manifestantes concienciados, apuran diferentes vasos de un vino barato, mediocre, resuelto, cabizbajo, ligeramente ácido y, en su mayoría, de año.

Además, si se tercia, si los dineros lo permiten, la gente, casi toda, o cuando menos una amplia mayoría de personas de mediana edad, ni muy jóvenes ni muy viejos, también deambula por los muchísimos establecimientos hosteleros que hay en el centro de esta ciudad con el propósito no solo de beberse todo el alcohol que les quepa en el cuerpo sino también de devorar pinchos; pinchos de tortilla o de morcilla frita, o gildas o croquetas o pimientos del piquillo o pulgas de jamón ibérico u hojaldres rellenos de espinacas con salsa bechamel o calamares encebollados con una punta de foie caliente en su base, en fin, toda clase de pinchos, banderillas y raciones tratando así, de esta manera, entre trago y trago y de bocado en bocado, insistentemente, con un entusiasmo de hinchas de fútbol, de deshacerse, durante unos instantes, solo durante unos instantes, de los sinsabores de la vida cotidiana.

Hace años, en los inicios de mi carrera profesional, uno de los socios de una agencia de prensa que si no ha desaparecido estará a punto de desaparecer me dijo que el periodismo, al igual que el alcohol, solo sirve para olvidarse de uno mismo con la única diferencia de que el primero no daña tanto al hígado.

Nosotros, periodistas de oficio y talluditos de biografía, más que pasear nos arrastramos como buenamente podemos de bar en bar por las atestadas calles de Licenciado Poza y Maestro García Rivero tragando un vino tras otro con la legendaria celeridad de las viejas cuadrillas de poteadores y discutiendo acerca de las posibilidades que tiene el Athletic de realizar una buena temporada.

Hace años, en los inicios de mi carrera profesional, uno de los socios de una agencia de prensa que si no ha desaparecido estará a punto de desaparecer me dijo que el periodismo, al igual que el alcohol, solo sirve para olvidarse de uno mismo con la única diferencia de que el primero no daña tanto al hígado. Con el transcurrir del tiempo he comprobado que esto no es del todo cierto ya que el periodismo, cuando no lo abandonas a tiempo para dedicarte a otras actividades menos absorbentes, más lucrativas, menos histéricas, te conduce, inevitablemente, al alcohol dado que la amarga realidad que describimos es tan amargamente repetitiva que para digerirla resulta conveniente mezclarla con ciertas dosis de naderías, renuncias, distanciamientos, breves comentarios sarcásticos y barras de bar, muchas, muchas barras de bar. Lo del fútbol ya es otra cosa.

Tal vez el fútbol, junto con el alcohol y la gastronomía, se haya convertido en la pasión más celebrada en esta época ya que todas las demás, todas aquellas que proporcionaban cierta consistencia a nuestra sociedad, o sea las ideologías, el amor, la familia, el trabajo, la religión, el ansía de conocimiento, etcétera, etcétera, se han desvanecido en el aire lo mismo que un aullido.

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