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Aquí el presente dura desde siempre

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Felicito a la revista del Diario Norte en su quincuagésimo número y respondo a su invitación para que opine sobre el presente momento político preguntándome por el potencial de cambio social que los llamados partidos emergentes puedan tener sobre la sociedad española. Escribo este artículo antes de que se abran las urnas el 20D. No soy un experto en demoscopia, pero me atrevo a predecir un triunfo holgado del PP, en las elecciones del 20 D, unos 60 escaños de ventaja respecto del PSOE, segundo partido distanciado 30 escaños del Ciudadanos, a su vez con 15 de ventaja sobre Podemos. La escala me sale redonda, pero insisto en mi amateurismo. De resultar así ¿qué posibilidad de cambio político queda?: muy poca. Nos quedaríamos en algo parecido al presente que conocemos desde siempre. Porque siendo cierto que el bipartidismo se va diluyendo, la holgada mayoría del PP junto a la ya anunciada renuncia de Ciudadanos a propiciar una alternativa junto con el PSOE y Podemos nos hace pensar que para la marca naranja es mucho más importante estar satisfecho con lo que tiene que obtener más de lo que desea.

No digo que en una futura ocasión asistamos a un verdadero cambio, pero está por ver la capacidad de regeneración de los emergentes así como la fuerza de la inercia de la política tradicional para integrarlos en el sistema de partidos a la vieja manera. Veo del todo necesarias sus propuestas de regeneración, pero también les veo en la tensión de la duplicidad que supone la necesidad de alcanzar el poder para llevar a cabo la regeneración y el modo de alcanzar ese mismo poder que inevitablemente les lleva a tener que pactar con la “vieja política” a la que niegan capacidad de regeneración. Llegados a este punto deberíamos recordarles el refrán chino: “No se gasta el buen hierro para producir clavos”. A Podemos, que constituye una aristocracia de la fe, hay que recordarle de cuando en cuando la respuesta de Rosa de Luxemburgo a Lenin a propósito del valor en si misma, no simplemente funcional, de la libertad y la pluralidad: “La libertad sola para quienes apoyan al gobierno, no es libertad en absoluto. La libertad es siempre para el que piensa de manera diferente”. Ciudadanos sigue mostrando una determinada propensión a la ilusión, a la esperanza indeterminada, un cierto lastre moral, negándose a aprender de la experiencia y de la vejez por lo que acabará muriendo mucho antes de que le llegue la muerte.

La obstinación de Pedro Sánchez en negar los aciertos en política macroeconómica del Gobierno de Rajoy, y la mejoría, escasa, pero real, que se aprecia en el consumo y las economías familiares, me llevan a la conclusión de que el PSOE parece tan siervo de sus dogmas que prefiere negar la evidencia más simple antes que echar sus ideas fijas a la papelera. Se comporta como el pez que no ve el río por el que nada ya que al no poder salir del agua carece de perspectiva. Futuro incierto es lo que pronostico para Pedro Sánchez, pues ya lo dejó escrito W. H. Auden., en El mar y el espejo: “Pero si no consigues conservar tu reino/y, como tu padre antes que tú, llegas/a donde el pensamiento acusa y se burla el sentimiento, /cree en tu dolor”.

El PP sigue en el viaje siempre fatigante al punto de partida: unidad, igualdad y legalidad. Lo que ocurre es que a la hora de llevar a la práctica esa triple invocación, la unidad se transmuta vía leyes, decretos y sentencias del Tribunal Constitucional en creciente uniformidad; la igualdad encubre la más pavorosa brecha social entre los españoles que tienen conocimientos y habilidades profesionales y los que apenas pueden presentar un diploma de estudios primarios, y la legalidad, cuatro años de mayoría absoluta lo avalan, ha servido como pretexto para imponer leyes orgánicas, digamos, la LOMCE que por su trascendencia debería haber sido paccionada. Así sucesivamente. Alejándose de lo que es razonable, y por consiguiente, social, el PP envejece deprisa perdiendo contacto con una masa luchadora de humanidad que presiona para convertir la democracia representativa en democracia participada; para hacer de la decencia un requisito y de la indecencia una imposibilidad, y que la ética es el criterio del presente; quizás el único que hay pues convierte al ayer y al mañana en hoy

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