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¿Un remanso?

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¿Algún  votante del PSOE esquivó en 2011 su apoyo  al partido que aún dirige Alfredo Pérez Rubalcaba porque no había denunciado el concordato de 1979 con el Vaticano? La verdad es que ignoro cuántos de los más de cuatro millones de ciudadanos que dieron en esas elecciones del 20 de noviembre la espalda a los socialistas tuvieron en cuenta esa razón. No obstante, si atendemos el entusiasmo suscitado por la mencionada cuestión, enrolada bajo el genérico “laicidad”, en la Conferencia política recién celebrada por el PSOE podríamos llegar a la conclusión de que fueron muchísimos los votantes desertores por esa concreta razón. Y, la verdad,  yo no me lo creo.

¿Qué quiere decir esto? Pues que, sencillamente, dudo de que las cuestiones planteadas en ese cónclave – y excluiría todo lo relacionado con la revisión de políticas fiscales en las que si veo apuntar pasos novedosos – se puedan presentar como el eje de un nuevo proyecto para “conectar” mejor con la sociedad. Porque se han dicho buenas palabras; palabras bonitas que hablan de igualdad y de justicia, pero que recuerdan a otras palabras ya dichas y también dejadas caer en el vacío. O, si no, ¿por qué el actual jefe  tiene que pedir a los suyos que salgan a pronunciarlas a la calle? ¿No fue ese el mensaje clave del discurso final de Alfredo Pérez Rubalcaba?     

Que conste que no quiero quitar ni un solo mérito al esfuerzo de plantar cara al desastre. Hace falta bastante decencia para decir: lo hemos hecho mal, hemos defraudado la confianza de muchos de de más de once millones de ciudadanos que nos votaron en marzo de 2008 y tenemos que reflexionar sobre el futuro. Esto es, vamos a celebrar una Conferencia para revisarlo todo y recuperar el crédito perdido.

Vale. El paso es noble y notable, pero el problema es que, luego, revisarlo todo no ha sido posible y que la cosa ha parecido más  una agradable terapia de amigos, bien controlada desde la dirección, que una propuesta de invención de un mundo nuevo con el que enfrentarnos, desde el ejercicio de la política, a una realidad feísima y dura que está cargando de pobreza y exclusión a millones de ciudadanos.

Porque varios temas centrales hoy en la vida política española como la cuestión territorial o el modelo de Estado han quedado fuera del debate en el concurrido cónclave. Tampoco nadie nos ha hablado de la creación de empleo ni se ha fijado en la Conferencia un compromiso rotundo y claro para derogar la reforma laboral impuesta por el PP. No hemos escuchado nada sobre qué medidas desarrollar para imponerse a eso que se llaman mercados y que están dejando para el arrastre lo que una vez conocimos como el 'estado del bienestar'.

El paso es noble y notable, pero el problema es que, luego, revisarlo todo no ha sido posible y que la cosa ha parecido más una agradable terapia de amigos, bien controlada desde la dirección, que una propuesta de invención de un mundo nuevo con el que enfrentarnos


En cambio, si he oído entusiastas apelaciones a la unidad sin que nadie antes aceptara la existencia de una división. He atendido a todos los que pintan algo en la estructura del PSOE y su mensaje público no admite dudas: todo son alabanzas al trabajo realizado en la Conferencia con un, aparentemente unánime, respaldo al hasta anteayer cuestionado secretario general.

Se nos presenta pues el evento como un bálsamo para el partido socialista. Lo convocaron para darse sosiego y han encontrado un pequeño remanso, pero de incierto futuro. La convocatoria pendiente de primarias, que tiene todo el aspecto de reabrir en dos meses batallas no cerradas, y unas elecciones europeas que pintan bastos para todos, pueden dar al traste con la encomienda de Pérez Rubalcaba a sus seguidores. De todas formas, en manos del PSOE está demostrar que no es el poder lo que les preocupa sino el modo de ponerlo al servicio de los ciudadanos.

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