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El verdadero cambio

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La política no consiste al final sino en gestionar conflictos sociales. Por ello, para una buena política es muy útil y esclarecedora la clasificación que Albert O. Hirchsman hizo de en dos categorías o tipos ideales: los divisibles y los no-divisibles. Los primeros son conflictos que se estructuran en torno a las demandas que pueden describirse como de “más/menos”, los segundos en torno a las de “esto/lo otro”.

Los conflictos divisibles se caracterizan porque pueden descomponerse y satisfacerse en partes, las demandas que hay detrás de ellos pueden ser atendidas o negadas parcialmente. Los socioeconómicos son el tipo ideal de esta clase de conflictos, que por su propia definición posibilitan la negociación, el arreglo, el pacto y el juego de suma positiva que supone un resultado intermedio al originariamente perseguido por las partes en liza. Los conflictos no-divisibles se plantean, en cambio, como juegos de suma cero, en los que una parte gana todo y la otra pierde también todo, porque sólo admiten resultados extremos de sí o no. Los conflictos sobre la identidad o los religiosos tienden a ser de este tipo.

El que los conflictos se gestionen como divisibles es algo que favorece la integración de la sociedad, aunque también es cierto que generan una cierta atmósfera de desengaño y relativismo escéptico: todo parece ser negociable. Los no divisibles, por el contrario, crean líneas de fractura social y son altamente disruptivos aunque, a cambio, son muchos más motivadores, los partícipes se sienten más gratificados en ellos, y gozan del atractivo de su elevado grado de simplicidad. Hacen un uso intensivo de sentimientos morales y de ideas presentadas como verdades. A la larga son muy nocivos.

Es importante subrayar que los conflictos no poseen una naturaleza objetiva predeterminada, de manera que aparezcan a la luz pública ya caracterizados y construidos. No, precisamente por tratarse de conflictos sociales son de construcción social, es la sociedad la que los vive de una u otra forma y, al vivirlos, los formatea. En concreto, es la gestión que la política hace de ellos la que termina por convertirlos en conflictos divisibles o indivisibles, con las consecuencias que ello tiene para poder encontrar o no una solución más o menos fácil. De ahí que la regla de oro del político prudente sea la de evitar en épocas normales que los conflictos sociales se conviertan en no divisibles, es decir, intentar mantenerlos siempre dentro del enfoque de la divisibilidad. Mientras que el político en tiempo de cambio drástico tenderá a describir sus demandas como indivisibles porque conoce el efecto movilizador y aglutinante que poseen los planteamientos dicotómicos excluyentes: nosotros o ellos, libertad o muerte, verdadero o falso, moral o indecente.

Es de observar que desde finales de los años noventa, hemos desarrollado en España una extraña capacidad para convertir los conflictos en indivisibles, a base de mucho traer al presente una determinada memoria del pasado (el pasado doliente que clama todavía por ser reparado), de usar mucho moralismo en la construcción de las alternativas, y de mucho simplismo nacido de la conveniencia de unos medios de comunicación deseosos de teatralizar la política para poder venderla. Últimamente se añadió a esta tendencia de fondo la resultante natural de la crisis económica y de sus efectos más negativos y socialmente más impactantes, que atizan unas demandas genéricas de “cambiar el sistema” que por su propia abstracción son indivisibles. En este sentido, es bastante lógico que las fuerzas políticas emergentes se presentasen a sí mismas como portadoras de alternativas globales y excluyentes, pues era la manera de movilizar más rápidamente a su público potencial.

La política no consiste al final sino en gestionar conflictos sociales.Por ello, para una buena política es muy útil y esclarecedora la clasificación entre conflictos divisibles y no divisibles

¿Y cómo se construyen y definen las elecciones en tanto que expresión del conflicto democrático primordial, el conflicto sobre quiénes van a ser los gobernantes? La respuesta depende mucho del sistema de partidos de cada país, puesto que en uno bipartidista las partes tenderán a presentarlas como una opción entre soluciones totalmente excluyentes, mientras que en uno pluripartidista deberían hacerlo como si fueran conflictos esencialmente divisibles, dado que los resultados van a exigir la cesión y el chalaneo. Por lo menos deberían hacerlo así los partidos que se sitúan alrededor del centro o de la mediana que divide a los votantes. Por su parte, los partidos del extremo del arco pueden seguir presentando el conflicto político electoral en términos dicotómicos, puesto que esa presentación puede que les beneficie para movilizar y atraer a sus votantes más característicos. Pero los partidos que ocupan el terreno del centro no deberían ganar nada con una presentación de las elecciones como conflicto indivisible, antes bien, en buena lógica debieran proponer un tratamiento del conflicto electoral como algo esencialmente divisible, negociable y repartible. Porque para eso existen ellos, no para convertirse en satélites descentrados de los extremos sino para imponer una alternativa basada en el arreglo (tanto de esto, cuanto de aquello) a los extremos y obligarles así a aceptar de hecho que sus demandas son divisibles.

Bueno, y aquí es donde quería llegar, lo más anómalo del encuadre actual de las elecciones es precisamente que los partidos que objetivamente solo pueden llegar a ser integrantes de un futuro pacto y que, por ello, debieran defender las virtudes del arreglo, prefieren definir el conflicto electoral como no divisible, como una alternativa dicotómica similar a la que se genera en el bipartidismo: “nunca gobernaremos con …”, dicen, rellenando el espacio con una de las partes extremas. De manera que achican el espacio pluripartidista y lo transforman en substancialmente dicotómico, por mucho que formalmente sean varias las opciones en liza. Esta es una posición que no parece responder a una lógica política estándar, sino más bien al miedo escénico a proponer un encuadre que rompa con el cainismo que parece instalado en la escena pública española: esto o lo otro, cambio/indecencia, sentido común/caos; nunca, vade retro, algo tan humilde y liberal como más/menos. Probablemente, el tan cacareado cambio sería proponer un encuadre intelectual de este tipo.

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