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La victoria de la confluencia

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Seguimos sufriendo la resaca electoral que nos dejó la cita con las urnas del pasado domingo y es hora de sacar conclusiones con cierta tranquilidad y perspectiva. Si nos alejamos de los términos grandilocuentes que nos hablan de descalabros de este o de aquel partido o del fin del bipartidismo, lo que nos queda es menos espectacular, pero no menos esperanzador. Y es que en mi opinión, lo que hemos visto en las urnas, al menos desde el punto de vista de la izquierda y de la ecología política es el triunfo de los procesos de confluencia en aquellos lugares donde se ha conseguido presentar listas consensuadas. Los actores cambian en unos y otros lugares y ámbitos, pero donde se han presentado estas plataformas ciudadanas o coaliciones progresistas, han conseguido buenos resultados.

El trabajo, arduo en muchas ocasiones, que se ha tenido que realizar para conseguir cuajar procesos amplios de confluencia ha dado sus frutos. La variedad de nombres, logos y siglas es enorme, pero detrás está el mismo espíritu que ha impulsado la confluencia: el deseo de que cambie la forma de hacer política en este país y de revertir las políticas de recortes que han polarizado una sociedad en la que cada vez hay más gente que vive al borde de la exclusión o que está en peligro de caer en ella y en la que cada vez las élites acumulan mayor riqueza y poder. Desde mi punto de vista personal, una agradable consecuencia de este proceso ha sido que la ecología política llegue por fin a los ayuntamientos de las capitales vascas de la mano de Equo, un partido que ha sido ninguneado por los medios de comunicación desde su nacimiento, pero que ha sabido mantener la ilusión de sus simpatizantes, convencidos de que un partido verde debe tener un espacio en España, tal y como lo tiene en otros países de Europa. Pero también partidos como Podemos, Ezker Anitza o Alternativa Republicana han apostado por procesos de confluencia que permitirán que la ciudadanía demócrata y progresista tenga voz en las instituciones.

Los partidos mayoritarios tienen demasiados recursos y experiencia como para permitirse resistir una sola ola, por muy grande que sea, sin ahogarse en las urnas

La cara negativa de estos procesos de confluencia también se ha visto reflejado en las urnas: en aquellos lugares donde no se ha conseguido aglutinar a partidos como Izquierda Unida, Equo o Podemos, los resultados no han sido tan buenos como en los lugares donde si han conseguido anteponer el deseo de cambio de la ciudadanía a los intereses personales o partidistas, a filias y fobias que vienen desde muy atrás o simplemente a cálculos erróneos sobre la influencia real de un solo partido. Y aquí hemos pinchado en hueso. Los partidos mayoritarios tienen demasiados recursos y experiencia como para permitirse resistir una sola ola, por muy grande que sea, sin ahogarse en las urnas.

Y así, los grandes partidos -y los intereses que les respaldan- han logrado muy buenos resultados, a pesar de la caída en número de votos. La ilusión de la recuperación que nos venden ha cautivado a una parte de la sociedad, que ha apostado al “que me dejen como estoy”. Esa visión optimista y el discurso del miedo, ese que siempre paraliza a los menos inconformistas, les permitirá seguir al frente de las instituciones en muchos lugares de Euskadi y de España, aunque no cuenten con tan amplias mayorías como hasta ahora.

Lo que es evidente es que estos procesos de confluencia -y la irrupción de fuerzas de derechas como Ciudadanos- ha cambiado el panorama político, tanto español como vasco, aunque aquí en menor medida. Además, estos resultados electorales aportan un viento fresco a la política, algo de la que estaba muy necesitada después de lo que está cambiando nuestra sociedad a raíz de la crisis. Y es que si continúa el lento pero paulatino proceso de exclusión social que estamos viviendo, va a ser necesario un fuerte impulso democrático en nuestras instituciones para garantizar un mínimo de dignidad y de justicia social para todas las personas. Y eso es algo que solo se va a poder conseguir mediante la unión de fuerzas progresistas que puedan contrarrestar los intereses de las elites económicas que solamente buscan mantener su estatus social a toda costa sin importarles las consecuencias que esto puede conllevar para la convivencia y la paz social.

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