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¿Por qué hay tantas masacres en Estados Unidos?

Desde 2012 ha habido casi 1600 masacres en Estados Unidos, lo que supone una media de más de una diaria. Se trata de un número altísimo, en comparación con cualquiera de los países occidentales. ¿A qué se debe tal cifra? ¿Es posible determinar las causas de esta epidemia de violencia armada?

Sí, es posible. La principal variable que explica este dato es el número de armas en manos de civiles, que concentra en EEUU la mitad de todas las existentes en el mundo. Más de 300 millones. Se dice pronto.

Ahora bien, ello no significa que todos los ciudadanos estadounidenses posean armas. De hecho, son solamente un tercio del total que, sin embargo, tienen de media 8 armas de fuego, con gran variabilidad entre los distintos estados. En este sentido, los datos son claros y las correlaciones significativas. Los estados con más proliferación de armas tienen más muertes debido a la violencia armada. Y lo mismo ocurre a nivel internacional. Es decir, los países donde la población posee más armas también son aquellos con un número más elevado de fallecimientos por esta causa.

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El caciquismo español, 110 años después

Caricatura satírica del semanario "La Flaca" que ironiza sobre la farsa electoral.

Entre las tantas preguntas que nos provoca hoy la crisis en Catalunya hay una que –abandonando la intensidad de lo inmediato– nos invita a reposar la mirada en la Historia. ¿De dónde viene y por qué se ha enquistado tanto el conflicto territorial?

En este post no pretendo viajar a los orígenes ancestrales del problema –no sabría ni cómo permitirme esa osadía– pero sí ofreceros unos datos sobre su pervivencia en el tiempo, que, aunque parezcan superficiales para unos, o hasta equivocados para otros, no dejarán de despertar, al menos, una buena dosis de curiosidad.

Se trata de datos sobre el caciquismo español. Sí, el caciquismo. Ese concepto que nos ha permitido describir de manera genérica la organización política durante el período de la Restauración borbónica entre finales del siglo XIX y principios del XX. Un sistema de dominación político-social basado en una maraña de complejas relaciones entre el poder político central y las clientelas locales que sustentó el “turnismo pacífico” entre el Partido Conservador y el Partido Liberal durante cerca de cuatro décadas, desde el Pacto de El Pardo en 1885 entre Cánovas y Sagasta hasta la instauración de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

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La participación (y a quién le puede beneficiar) el 21D

Seguimos en Piedras de Papel con nuestra serie análisis sobre las elecciones catalanas del próximo 21D. Cada vez disponemos de más encuestas, y en ellas, como suele ser habitual, el foco principal es en quién las lidera, qué subidas y bajadas hay, qué posibles coaliciones pueden sumar o no en el Parlament, etc. Pero como bien apuntaba José Fernández-Albertos en una entrada anterior, conviene leer estas encuestas con prudencia ante lo excepcional de la situación actual.  Puede ser que muchas de las posiciones estén ya fijas y difícilmente se produzcan grandes trasvases de votos. Pero, y este es el principal argumento de esta entrada, una variable fundamental a considerar para entender los posibles cambios si es que los hay será la participación. Algunas encuestas apuntan a que aumentará de forma significativa, aunque otras señalan que no será para tanto (todas están recogidas  aquí). Lo que viene a continuación son una serie de apuntes a partir de datos agregados oficiales (obtenidos aquí) procedentes de lo que observamos en 2015.  

En primer lugar, es pertinente recordar que en las pasadas elecciones al Parlament los catalanes acudieron a votar en masa: la participación fue la más alta de unas elecciones autonómicas en dicha comunidad, con un 74,95%. Sin embargo, esta participación varió ostensiblemente por comarcas. Así, en Aran la participación apenas rebasó el 70%, mientras que en el Priorat superó el 85%. ¿Cómo estuvo de relacionada esta variación en el nivel de participación con el porcentaje de votos obtenidos por los partidos? El gráfico 1 muestra que positivamente con el voto a los partidos independentistas (JxS y CUP) y negativamente con el voto a los constitucionalistas (C’s, PSC, PP). Para Catalunya Sí que es Pot (CSQP) la relación es menos clara. 

Gráfico 1. Participación y porcentaje de voto a partidos en las elecciones al Parlament, 2015, por comarcas. 

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Tres miradas al barómetro del CIS sobre Catalunya

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Todos los barómetros del CIS que incluyen indicadores electorales y de valoración política suscitan siempre una gran expectación y son ampliamente comentados por los medios de comunicación. Sin embargo, la expectación generada por el último barómetro que ha dado a conocer este organismo público, a través de su página web, seguramente bate récords. Se esperaba este barómetro, realizado entre el 2 y el 11 de octubre, para valorar el impacto, a nivel nacional, de la crisis catalana en el clima social y el pulso electoral. Se trata del primer estudio de opinión pública realizado por el CIS después de que se produjera el estallido de la crisis catalana, tras la celebración el pasado 1 de octubre del referéndum independentista.

El acusado incremento de la preocupación social por la situación de Catalunya ha sido uno de los resultados que más se han comentado. Algo que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que el desafío independentista se ha convertido en un solo mes en la segunda preocupación ciudadana, sólo superada por el paro y desbancando al tercer puesto del ranking de problemas la inquietud que genera la corrupción y el fraude.

Por otro lado, el crecimiento, respecto a la última medición realizada en julio, en voto estimado de Ciudadanos frente al estancamiento, o ligera pérdida, de los dos grandes partidos (PP y PSOE) y el  considerable descenso de Podemos  ha sido el segundo aspecto demoscópico más destacado. Parece que la formación de Albert Rivera es la única que ha rentabilizado su posición y estrategia política sobre Catalunya.

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Encuestas en la montaña rusa: cinco motivos para ser prudentes

Ante la inminencia de las elecciones catalanas convocadas para el próximo 21 de diciembre, se nos viene encima una nueva avalancha de estudios demoscópicos que aspiran a orientarnos sobre lo que ocurrirá en dicha contienda. En este blog solemos defender el trabajo de los responsables de estos estudios, y queremos ahora llamar la atención sobre lo difícil que lo tienen esta vez, en especial cuando se evalúa la calidad de su trabajo de forma estrecha e injusta por cuánto sus predicciones se acercan del resultado final de la votación. En este contexto actual, predecir el resultado de las elecciones al Parlament es particularmente difícil, por los siguientes motivos. Seamos por tanto prudentes a la hora de leer e interpretar las estimaciones que veremos en las próximas semanas.

1. Escenario cambiante plagado de “eventos” con capacidad de alterar las preferencias políticas.

En las últimos días han sucedido muchas cosas con capacidad de modificar el sentido del voto de muchos votantes, y en múltiples direcciones: la votación del 1 de octubre y la actuación policial, la decisión de centenares de empresas de sacar su sede social de Cataluña y las noticias sobre el deterioro del clima económico, la declaración de independencia del Parlament, el recurso al artículo 155 de la Constitución para destituir al gobierno de la Generalitat, la salida a Bélgica de medio gobierno y el encarcelamiento del resto… Y no es en absoluto descartable que en las próximas semanas ocurran sucesos de similar magnitud. Es cierto que la polarización política hace poco permeables a los individuos a la llegada de nueva información, pero si hay cosas que pueden cambiar las preferencias en las semanas antes de unos comicios, las que estamos viendo en Cataluña están entre ellas. No sería extraño que una consecuencia de esta montaña rusa de noticias sea que las fotos que vayan ofreciendo las encuestas en las semanas previas a la votación no sean exactamente iguales a la que nos encontraremos el 21 de diciembre. 

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El Procés: segunda parte

Pese a encontrarnos ante la crónica de un “tsunami político” anunciado, todas las previsiones se han visto superadas por el desarrollo que ha seguido el procés en los dos últimos meses. Desde que el pasado 6 de septiembre, las fuerzas soberanistas optaran por desafiar el marco constitucional aprobando la ley del referéndum y, al día siguiente, la ley de transitoriedad jurídica, la política española parece haberse convertido en el guion de una serie política, o, incluso, de un reality show.

Así, como si fuera el “El Show de Truman” (que aquí bien podría llamarse “El Show de Puigdemont”, por tener al ex President como principal protagonista), hemos asistido, durante ocho semanas, como espectadores a la retransmisión, en directo y durante 24 horas, de una crisis política con innumerables e insospechados giros.

Un “show” que ha tenido cuatro momentos estelares y de los que la hemeroteca da buena cuenta. El primero fue el día que se celebró el referéndum, el 1 de octubre, en el que la atención pasaba de centrarse en el gobierno de Puigdemont, como autoridad desafiante con la convocatoria de un referéndum de autodeterminación, al gobierno de Rajoy, como autoridad represora por el cuestionado uso de la fuerza policial ejercida para evitar la celebración de la consulta. El segundo momento fue el 10 de octubre cuando el, aún todavía, President declaró, en su comparecencia en el Parlamento catalán, la independencia para, a continuación, suspender sus efectos a la espera de abrir un proceso de negociación política con el gobierno de Rajoy. El tercer momento lo encontramos el pasado 11 de octubre cuando Rajoy retó (o requirió) a Puigdemont a que contestara formalmente si había declarado o no la independencia y, en el caso de haberlo hecho, a retractarse, lo que dio lugar a un singular intercambio de cartas entre ambos dirigentes.

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¿Cuánto autogobierno tiene Cataluña?

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¿Cómo comparar el autogobierno en Cataluña con el que poseen otras regiones de Europa? La pregunta es pertinente por dos motivos. El primero es la confusión que parece existir sobre este tema, a juzgar por las distintas informaciones que llegan a través de los medios de comunicación. El segundo es que, si la resolución del conflicto con Cataluña pasa por un mayor nivel de autogobierno, no está de más conocer cuál es el nivel de partida. El propósito de este post es aportar algunos datos comparados que puedan contribuir a clarificar ese debate.  

Hasta hace unos años, responder a la pregunta formulada al inicio de este post era una tarea complicada debido a la falta de datos. Los investigadores solían medir el grado de autonomía regional a través de la descentralización del gasto (porcentaje del gasto total ejecutado por el nivel regional). Sin embargo, este indicador ofrecía una visión parcial del grado de autonomía regional. No tenía en cuenta, por ejemplo, las interdependencias legislativas entre niveles de gobierno o el grado de autonomía sobre los ingresos (no distinguía si los fondos que financiaban el gasto regional provenían de transferencias del gobierno central o de impuestos propios de la región).

Esa diferenciación entre la autonomía sobre el gasto y sobre los ingresos es especialmente relevante para el caso de España. Si hay algo que caracteriza la descentralización en nuestro país es que se ha producido de manera asimétrica en la relación entre gasto e ingresos: una descentralización amplia por el lado del gasto, pues las Comunidades Autónomas gestionan políticas que conllevan con una amplia carga presupuestaria – sanidad, educación, servicios sociales - y una descentralización tradicionalmente más limitada por el lado de los ingresos, aunque con avances significativos en l as últimas reformas del sistema de financiación autonómica.

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¿Mejor de lo esperado? Claves electorales en Argentina

Mauricio Macri.

Las elecciones del pasado domingo representan un claro triunfo de Cambiemos, la coalición gobernante de centro-derecha liderada por el Presidente Mauricio Macri. Frente a resultados que superaron las expectativas generadas por las primarias de Octubre, la disimulada euforia de líderes, candidatos, y militantes en los actos de festejo mostraba, por un lado, el alivio de haber espantado finalmente los fantasmas “delaruísticos” que se agitaban desde el 2015, cuando se temía que la volátil amalgama de falta de experiencia, elitismo, y un programa de ajustes pro-mercado se llevarían por delante el austero margen con que Macri había triunfado en las elecciones presidenciales. Por el otro, los festejos sugerían también la seguridad de algo cada vez más evidente tanto para la oposición cómo para la sociedad entera: que esa victoria era, también, una nueva derrota del Kirchnerismo, la tercera en sucesión desde el 2013. Con el agravante de que esta era una derrota más significativa, distinta a las anteriores, ya que indicaba la conclusión de un ciclo histórico y político de más de una década de duración marcado en sus inicios por la crisis del 2001 y por el colapso del sistema de partidos que siguió, y que dejó al Peronismo, primero, y al Kircherismo, después, en una posición hegemónica sin precedentes en la democracia argentina.  

Esto todavía no significa, a mi entender, la vuelta a la normalidad, un término que difícilmente puede ser usado para entender la política en Argentina. Esto es porque el nuevo ciclo que se abre va estar marcado, al menos en el corto plazo, por la evolución de dos dinámicas político-partidarias entrelazadas. La primera tiene que ver con la posición y consolidación de Cambiemos como partido político. Los resultados del domingo, sin duda, confirman la graduación de Cambiemos de fuerza distrital a fuerza nacional. La coalición no sólo confirmó su dominio en su distrito de origen, con Elisa Carrió superando al candidato Kirchnerista Daniel Filmus por 25 puntos en la Ciudad de Buenos Aires, sino que avanzó en regiones y provincias que difícilmente se enmarcan con la idea del “Macrismo” cómo partido porteño, de clase media o clase alta. En la provincia de Buenos Aires, tradicional bastión peronista, Esteban Bullrich, un tecnócrata de escasa popularidad, superó a Cristina Fernández por 41% contra 37% de los votos. Cambiemos también triunfó en Salta, Jujuy, Chaco y La Rioja, provincias pobres en el Noroeste del país (y en este último caso, la primera que el expresidente Carlos Menem pierde una elección en su provincia). Cómo resultado, el mapa electoral argentino tiene hoy un marcado tinte amarillo, dándole a Cambiemos la seguridad de tener (limitadas) mayorías en ambas cámaras.

Ahora bien, Cambiemos es una coalición electoral recién nacida, que aglutina partidos y facciones con distintas ideologías, pero que bajo la polarización promovida durante doce años de Kirchnerismo encontraron, gradualmente, puntos comunes. Podemos pensar entonces que el éxito electoral (y la expansión territorial del partido y sus líderes) va a reforzar estas asociaciones y relativizar diferencias internas, más aún cuando Mauricio Macri quedó en una posición favorable para ganar su re-elección dentro de dos años, una posibilidad que unos meses atrás pocos se atrevían a mencionar. Sin embargo, de ahí a que esto implique la consolidación de una nueva identidad partidaria de centro-derecha en Argentina hay un gran paso. Hay que recordar que Cambiemos surgió principalmente cómo una coalición opositora no-Peronista y, más fundamentalmente, anti-Kirchnerista. El ocaso de su espejo, que muchos comentaristas dan por sentado ahora, no es un tema trivial y podría generar ciertos problemas.

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¿Qué tienen los diputados?

Desde hace un tiempo, nuestros parlamentarios ponen a disposición de todos nosotros sus declaraciones de bienes. Es una información extensa que nos permite arrojar luz sobre su situación patrimonial cuando entran en el parlamento.

Sin embargo, mas allá de la puntual anécdota de si el diputado A tiene tanto en el banco o la diputada B tiene tanto menos en fondos de inversión, ningún medio de comunicación que conozca se ha molestado en revisar esta información de forma sistemática. Es comprensible: los medios deben responder rápidamente a la actualidad, y poner esos datos en orden es, en muchas ocasiones, una auténtica tortura.

Si además tenemos en cuenta el coste de oportunidad de dicho trabajo, la presencia casi omnímoda de algunos temas en el panorama informativo y, en consecuencia, el impacto limitado que seguramente pueden tener este tipo de trabajos, se entiende que dichas labores apenas se vean. Por eso es una suerte escribir en Piedras de Papel. Aquí, además de tratar de los asuntos de extrema urgencia, nos tomamos el tiempo para abordar otros que ahora no concitan tanta atención, pero sí pueden servir para aportar algo de información y argumentos que pretendan ir más allá de la mera opinión.

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La derecha en movimiento en América Latina

Las protestas en las calles de Brasil y Venezuela se han vuelto un evento tristemente cotidiano en portadas de diarios y portales de noticias. Estos eventos, sin embargo, son parte de una escalada de conflicto en una región ya caracterizada por un alto nivel de movilización. Algunas de estas protestas, sin embargo, son de interés más allá del caso particular y han sido analizadas desde un punto de vista académico, debido a que comparten ciertas características que sugieren un cambio de tendencia en la orientación del conflicto social en la región.

Pongamos como ejemplo las marchas que acosaron a Dilma Rousseff en Brasil desde el 2013 en adelante, así como las sufridas por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina hacia el fin de su mandato. En ambos países, fueron las movilizaciones más grandes en la última década, con millones de participantes. Uno de los aspectos comunes más notables es que ambas fueron movilizaciones “de derecha” (un término polémico en sí mismo, particularmente en América Latina). Los manifestantes que tomaron las calles de Sao Paulo, Buenos Aires, y muchas otras ciudades, pertenecían a los segmentos económicos medios y altos de la sociedad, y con mayor nivel educativo. A su vez, en gran parte, las protestas promovieron marcos de protesta “republicanos”; la defensa de las instituciones, la lucha contra la corrupción y la inseguridad, la eficiencia del Estado, en contraste con los motivos “populares” al frente de movimientos sociales en la región durante los noventa y principios del milenio. De esta forma, algunos comentaristas irónicos denominaron a estas protestas como “cacerolazos de teflón”.  

Otra característica inusual durante estas marchas fue el involucramiento, más o menos explícito, de partidos políticos conservadores, tradicionalmente en la vereda de enfrente a la protesta social. En este sentido, ambos eventos, como también las protestas en contra del acuerdo de paz con las FARC en Colombia durante 2016, representan una cierta innovación en términos de repertorios de confrontación política –las rutinas de conflicto que involucran un mismo par de agentes y motivos– ya que marchas y grandes movilizaciones han sido un repertorio tradicional de la izquierda, a través de la conexión profunda que partidos populares como el PT (Partido de los Trabajadores) en Brasil y el PJ (Partido Justicialista, que agrega el núcleo principal del Peronismo) en Argentina poseen con entidades gremiales y movimientos sociales de distinta índole.

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