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Contando síes y noes: unas notas sobre errores y horrores metodológicos

Contar síes y noes tras una cita electoral es, por definición, teórica y metodológicamente impreciso

Si se interpretan en sentido referendario, las elecciones del pasado domingo siempre generarán más preguntas que respuestas

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Uno de los grandes perdedores de la noche electoral de las catalanas fue el rigor analítico. Prácticamente todos los medios de comunicación, los partidos políticos y un buen número de académicos y comentaristas, se dedicaron a analizar si el “no” había ganado o perdido en votos, y por cuántos. No resulta extraño que casi nadie se pusiera de acuerdo, por un motivo: era imposible saberlo, porque las elecciones no eran un referéndum.

Quiero dejar claro que la motivación de este artículo no es política, sino metodológica. No tengo nada en contra de los referéndums, ni tampoco contra los referéndums de independencia. Aunque no creo que sea la mejor solución posible a la cuestión catalana, creo que esta opción, en determinadas circunstancias, podría ser razonable, e incluso que tal vez sería mejor que una situación de total bloqueo como la actual.

Mi problema, pues, no son los referéndums, sino el contar votos en un sentido referendario en unas elecciones. Como hemos visto estos días, hacerlo conduce a agrias polémicas interpretativas y a lógicas hermenéuticas que rozan el delirio, porque metodológicamente es insostenible. Y el motivo es que, unas elecciones, por su carácter, no respetan algunos de los supuestos básicos de los referéndums “bien hechos”. Veamos algunos de ellos, y porqué sus implicaciones no nos permiten contar síes o noes de una forma rigurosa:

- En un referéndum, la pregunta y el objeto de la consulta deben ser claros. En este caso no lo eran. Para algunos partidos, lo que estaba en juego era principalmente la independencia, aunque no estaba claro si únicamente la independencia, puesto que el Gobierno resultante de las elecciones habría de gestionar cuestiones tan acuciantes como el paro, la sanidad o la educación. Para otros partidos, estas otras cuestiones estaban en un primer plano, como mínimo a la misma altura que el debate sobre la relación con el Estado español. ¿Votaron los ciudadanos pensando solo en la independencia? ¿Pudo, por ejemplo, algún votante no independentista votar a las CUP por su posición anticapitalista? ¿Pudo algún independentista votar a Catalunya Sí Que Es Pot por su discurso social y contra la corrupción? Es imposible saber la respuesta a estas preguntas, porque unas elecciones no están diseñadas para ello.

- En un referéndum, las opciones que se presentan ante la ciudadanía deben ser claras. Este segundo requisito de los referéndums tampoco se cumplía. Catalunya Sí Que Es Pot, por ejemplo, tenía una posición matizada. Tanto, que la noche electoral unos y otros se dedicaron a pelearse por sus votos, en un espectáculo muy poco edificante. ¿Eran independentistas o no sus votantes? Aunque las encuestas nos pueden dar pistas, es difícil llegar a conclusiones rotundas, porque la opción de este partido a este respecto era muy matizada, en ocasiones algo ambigua y alejada del “sí o no” excluyentes que suelen darse como posibles respuestas en los referéndums. Algunos de los integrantes de su lista se habían posicionado con el independentismo en el pasado, pero la lista en sí parecía no hacerlo. Este punto está en realidad relacionado con el anterior, porque la posición matizada de Catalunya Sí Que Es Pot tiene que ver con el hecho de que, para este partido, la independencia no era lo único que se votaba, y tal vez ni siquiera lo más importante.

- En un referéndum, las consecuencias de los resultados deben ser claras. A diferencia de en un referéndum de verdad, en este caso nadie sabía cuáles serían las consecuencias de una victoria de las fuerzas independentistas, porque los distintos partidos no se ponían de acuerdo sobre cuáles serían los efectos de, por ejemplo, una Declaración Unilateral de Independencia. Para algunos, serviría de manera incuestionable para empujar un proceso independentista totalmente legítimo. Para otros, era ilegal y no serviría para nada. Los votantes recibieron mensajes contradictorios, porque los contendientes no se ponían de acuerdo. Ello dio lugar a uno de los ejercicios de especulación más deliciosos de la noche: ¿de verdad querían los votantes de Junts Pel Sí la independencia, o eran en realidad votantes estratégicos? ¿Se trataba de la independencia, o de una negociación? Aunque también hubieran cabido otras preguntas, que no se hicieron. Por ejemplo, ¿habrían apostado más votantes por la propuesta federal del PSC si esta opción hubiera sido vinculante en caso de ser mayoritaria? De nuevo, es imposible de saber, por lo que no es raro que nadie se ponga de acuerdo al respecto.

- En un referéndum, el umbral para la victoria está claro. En este caso no lo estaba. Ni siquiera dentro del campo independentista. Para la lista de Mas, bastaba una mayoría de escaños. Para las CUP, era además necesaria la mayoría absoluta de votos. El problema es que, a falta de reglas claras, no es fácil decidir cuándo un resultado legitima una determinada opción política. Y esto afecta a los votantes, que normalmente tienen en cuenta las reglas del juego a la hora de plantear estrategias de voto. ¿Hubieran ido a votar más unionistas sabiendo que bastaba una victoria en escaños para la independencia? ¿Hubieran ido a votar más independentistas de haber tenido claro que necesitaban una mayoría absoluta de votos? De nuevo, estas preguntas no pueden resolverse, porque unas elecciones no están diseñadas para ello.

En resumen: contar síes y noes en las elecciones del domingo es un ejercicio como mínimo arriesgado, y metodológicamente impreciso. El motivo es que unas elecciones están diseñadas de tal manera que no permiten hacer lecturas claras a este respecto. Plantean preguntas que sencillamente no se pueden resolver. Y a falta de lecturas claras, los políticos y los analistas acaban echando mano de herramientas como la imaginación y especulación, que normalmente se ponen al servicio de preferencias personales y van en detrimento del rigor.

Y una última nota. Políticos a uno y otro lado del espectro político deben una disculpa, como mínimo, a los ciudadanos catalanes. El president Mas convocó unas “elecciones plebiscitarias”, sabiendo que el análisis de los resultados adolecería de los problemas apuntados en este artículo, y que por tanto no era una manera adecuada de abordar un asunto tan serio. Terminadas las elecciones, su partido hizo las cuentas de la manera que más le convenía para anunciar su victoria “en escaños y en votos”, ante la perplejidad de los electores catalanes que habían votado a otras opciones.

Pero los políticos contrarios a la independencia tampoco lo hicieron nada bien. Después de negar el carácter plebiscitario de las elecciones, acabaron anunciando la derrota en votos del . Si el partido del Gobierno en España quería contar votos, debería haber pactado el referéndum que Mas le pedía. No convocar el referéndum y después, contado votos de la manera que más conviene, anunciar la propia victoria, es muy poco honesto, por decirlo con suavidad.

Unos y otros han explotado de forma ilegítima las ambigüedades de un método totalmente inadecuado para los objetivos perseguidos, forzando los resultados de unas elecciones para hacerlas pasar por un referéndum con reglas a la carta. El resultado es que, en lugar de con respuestas, hemos salido de estas elecciones con aún más preguntas. Parecía imposible.

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