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Mujerismos o la mujer como medida de todas la cosas

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La noche en la que Susana Díaz ganó las elecciones andaluzas, la misma noche en la que Pablo Iglesias y Tania Sánchez hacían pública su separación, vi varias publicaciones en Facebook en las que el personal se venía arriba y afirmaba de forma rotunda y sin ambages que las feministas estábamos de enhorabuena.

Cómo no me sentía así, y consciente de con la política en general soy muy comedida y prudente respecto a las victorias, varias preguntas vinieron a mi cabeza, partiendo del hecho de que Díaz no es ningún paladín del feminismo y de que es importante que haya más mujeres en puestos de poder para ampliar referentes.

Todas las mujeres no son feministas, y tal y cómo está organizada la sociedad, no conozco a muchas que se hayan definido como tales y que estén en primera línea de la política, de las empresas, en definitiva fuera del universo feminista. Esto no implica que las mujeres con poder no sean feministas en su fuero interno, sino que desde luego han tenido que renunciar al mismo de forma pública. Porque, no nos engañemos, para estar arriba hay que jugar con el poder, y el poder es androcéntrico y patriarcal.

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La homofobia no es increíble

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Foto de la Asamblea Transmaricabollo de Sol

Viajaba en el autobús delante de una niña acompañada por dos mujeres; pongamos que eran su madre y su abuela. Le estaban preguntando si Eneko es su novio. Y ella contestó: “No, Eneko es mi amigo. Leire es mi novia”. Y las adultas, rápidamente, la intentaron sacar de su error: “¿Cómo va a ser eso? Eneko es tu NOVIO. Leire es tu AMIGA”. Y la niña: “No, no. Eneko es mi AMIGO, Leire es mi NOVIA”. Me tuve que bajar, no sé cuánto más duraría el toma y daca ni si a esas mujeres se les llegó a pasar por la cabeza que su niñita, efectivamente, identificaba conscientemente como su novia a una niña y como su amigo a un niño.

El pasado fin de semana, unos homófobos agredieron físicamente al grito de “maricones” a cuatro chicos gays que paseaban por el centro de Madrid. El pasado 7 de abril, los periódicos vascos se hicieron eco de una agresión similar en Getxo: un activista gay estaba tomando algo en una terraza con su novio ( se estaban besando, dice Deia) y un individuo decidió insultarle y golpearle con una silla. Pocos días después de leer esa noticia, me contaron que un grupo de hombres había perseguido de noche por las calles de un barrio de Bilbao a un conocido mío gritándole (adivinad) maricón.

La gente progre se ha escandalizado mucho con la noticia de que la justicia europea avala poder excluir a los homosexuales como donantes de sangre, "siempre que haya evidencia científica y que la decisión sea proporcionada". Las redes sociales se han inundado de personas que lo califican de “increíble”.

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16 años y una tripa

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Jóvenes participan en una manifestación por el aborto libre en Madrid./ Gaelx

Me imagino con 16 años y una tripa. Me imagino en una familia ultra católica con ese percal. Me imagino en una familia disfuncional con ese pastelazo. Y me surgen tantas preguntas para este Gobierno…

¿Vais a cuidar vosotros a esos bebés? ¿Vais a devolverles a esas niñas los mejores años de su vida? ¿Vais a apoyarles para que sigan estudiando o trabajando? ¿Os hacéis una idea de sus razones para abortar? ¿Os hacéis una idea de sus razones para no querer decirlo en casa?

¿Vais a educar en sexualidad a nuestros niños y niñas? ¿Vais a apoyar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, tengan la edad que tengan? ¿Vais a ofrecer gratis o a un precio asequible la píldora anticonceptiva? ¿Y la píldora del día después?

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En periodismo, la especialización es un criterio ético

Manifestación en repulsa por el asesinato de Ada Otuya en Bilbao

En junio de 2013, nos sorprendió la noticia de que un ciudadano bilbaíno, Juan Carlos Aguilar Gómez, había sido detenido por el homicidio de al menos dos mujeres. El proceder del feminicida fue tan truculento que ocupó muchísimo espacio en los medios. La noticia despertó interés, pero también morbo. Los detalles de su detención, de la selección de las víctimas –mujeres inmigrantes muy vulnerables–, del trato que les dio antes y después de matarlas, unidos a la propia personalidad del acusado, convirtieron lo que debía haber quedado en un caso de doble homicidio en todo un folletín. Al ser propietario de un gimnasio, Zen4, y haber colgado vídeos en los que practicaba artes marciales, lo llamaron el ‘maestro shaolín’, pero como los practicantes de esta disciplina negaron que él tuviera los méritos que acreditan tal condición, lo transformaron por arte de las imprentas en ‘falso shaolín’. Sin rubor.

Durante aquellos días, recuerdo haber tenido la impresión de que a profesionales de algunos medios les hacía salivar su fantasía de que el caso no quedara en las dos primeras víctimas: Un ‘Jack, el destripador’ a la bilbaína para escribir una nueva página en la historia del periodismo. Muy chirene. Como si el precio de otra vida lo valiera.

Las malas prácticas no solo se produjeron en los medios, también en la propia Ertzaintza, el cuerpo policial autonómico encargado de las pesquisas. Días después de la detención, el Departamento vasco de Seguridad abrió expediente a 60 agentes por acceder a datos de la investigación sin trabajar en ella.

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¡Alto! Parad ya de matarnos

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Tuit de la Guardia Civil

El tuit de la Guardia Civil equiparando la violencia de género a otras violencias en el hogar ha levantado ampollas. No sólo entre el movimiento feminista, que hemos puesto el grito en el cielo, también entre quiénes llevan año denunciando que la Ley Integral contra la Violencia de Género supone una discriminación por razón sexo. Dicen que los hombres están desprotegidos ante una ley socialista, que fue impulsada por un ‘lobby’ feminista. ¡Cuántos –istas! Ellos no han entendido las disculpas de la Guardia Civil y, mucho menos, qué significa la violencia contra las mujeres. Hay algo en lo que estoy de acuerdo con estos pobres hombres indignados: pedir disculpas no sirve para nada. La benemérita tiene que explicar cómo entiende la violencia de género pues sólo así entenderemos cómo actúan cuando se encuentran ante una caso de violencia.

Hace unos meses conté en Pikara una pésima actuación de la Ertzaintza en la escalera de mi comunidad. Requerimos su presencia al escuchar los gritos de una mujer que había sido agredida por su pareja. Tenía cortes en la mano. Las manchas de sangre estuvieron días en mi escalera. El agresor reconocía haber cortado a su pareja, pero lo justificaba alegando que ella le había robado dinero. La policía, que en los últimos años parece estar erigiéndose en una instancia anterior a la judicial, en que la que se permiten prejuzgar las situaciones ante las que se encuentran, decidió registrar a la mujer antes de llamar a una ambulancia. Ante nuestra queja por su actuación, se defendieron diciendo que la mayoría de las denuncias por violencia de género son falsas y que el problema se agrava en ciertas etnias porque ello les supone beneficios sociales. Xenofobia y misoginia uniformadas en el mismo pack. Al denunciar ante sus mandos superiores lo que habíamos presenciado nos pidieron disculpas avergonzados, prometieron abrir diligencias internas y nos dieron un dato que lo explica todo: no tienen formación en violencia de género. Imparten talleres, de dos horas, a los que los agentes acuden voluntariamente. En la mayoría de los casos, dijeron, su voluntad es no acudir. Las denuncias falsas por violencia de género ya son leyenda urbana. Toni Cantó declaró hace años que era una realidad innegable, pero tuvo que retratarse cuando la Fiscalía General del Estado puso las cifras sobre la mesa: en 2009, por ejemplo, sólo el 0,0096% de las denuncias fueron falsas. Entre todos los delitos que se denuncian, obviamente, hay denuncias falsas. Parece una estupidez exigir al estado que retire las leyes que condenan los robos porque, en algún caso, las denuncias hayan podido ser falsas; pero hay quien cree oportuno derogar la ley contra la violencia de género porque en el 0,0096% de los casos se dan denuncias que no son ciertas.

El problema es que, en 2007, conseguimos que el parlamento aprobase una ley específica para intentar frenar los feminicidios en el Estado español; pero creo que aún no hemos conseguido que la ciudadanía entienda en qué consiste la violencia hacia las mujeres y por qué tenemos que estar más protegidas. Los logros del movimiento feminista en materia de violencia son innegables. Hace sólo una década, la violencia que sufríamos en los hogares se consideraba un asunto privado; los vecinos y las vecinas no lo denunciaban; las mujeres no sabían a dónde acudir y, muchas, quizá igual que ahora, creían que los golpes formaban parte de la idiosincrasia de su relación. Esto ha cambiado, pero aún queda mucho trabajo por hacer. Debemos, además, hacerlo rápido, porque hay quienes están dedicando mucho tiempo y esfuerzo a tirar por la borda todos los avances que hemos logrado.

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Feminismo = sostenibilidad de la vida

Huelga de cuidados, acción feminista organizada durante una huelga general en Bilbao./ AMB-BEA

“No queremos ser una comisión de mujeres que se ocupe de los supuestos temas de mujeres: queremos atravesarlo todo”. Esta afirmación de Daniela Osorio, feminista integrante de la Xarxa d'economia solidária, condensa el papel que tiene el feminismo en un momento como el actual: no se trata de hablar solo de cómo la crisis económica afecta especialmente a las mujeres, sino de mostrar que el feminismo aporta una propuesta integral de transformación social. Una propuesta que implica equidad y justicia, y que, frente a un modelo neoliberal depredador, garantiza la sostenibilidad de la vida.

El pasado martes se celebraron en Bilbao unas jornadas sobre economía solidaria y feminismo:  'La Bolsa o la vida'. Osorio, junto con la brasileña Miriam Nobre (integrante de Sempreviva Organizaçao Feminista pero conocida en el movimiento por haber coordinado la Marcha Mundial de las Mujeres) mostraron con ejemplos que las propuestas de economía social y solidaria cojean cuando no integran la perspectiva feminista. El androcentrismo, el sesgo por el que se valoran y visibilizan más aquellas actividades asociadas a lo masculino, lleva a obviar la aportación que hacen las mujeres a la economía social. “Se reconoce como economía solidaria fábricas recuperadas y no las iniciativas informales de las mujeres para organizar la comida o el cuidado de las niñas y los niños”, ejemplificó Nobre, quien ilustró esta tendencia con otra anécdota: pese a que la presencia de mujeres en proyectos de economía solidaria en Brasil es abrumadoramente mayoritaria, en un mapeo de economía solidaria salió que la mayoría de integrantes de estas iniciativas son hombres: “Se invisibilizaba la participación de mujeres en los grupos consolidados de emprendimiento solidario, ya que no figuraban como socias cooperativistas".

La mayoría de las ponentes incidieron en la necesidad de superar la falsa dicotomía entre trabajo productivo y reproductivo, derivada de la división sexual del trabajo. Es decir, a medida que se asignaron y jerarquizaron tareas diferenciadas en función del sexo, se construyó el modelo social por el que el hombre trabaja en el mercado laboral de forma remunerada y la mujer queda relegada a las tareas domésticas y de cuidados, no remuneradas y escasamente valoradas socialmente (para muestra, el hecho de que no cuenten en el cálculo del PIB). Incluso en el ámbito de la economía social, “se tiende también a una lectura productivista que obvia la esfera reproductiva”, señaló Osorio, quien llamó tanto a visibilizar y promover proyectos de crianza compartida y bancos del tiempo, como a revisar si se mantienen roles sexistas en la organización de iniciativas sociales: “¿Quién limpia en un congreso de economía social? ¿Quién se encarga la comida? ¿Quién hace el trabajo voluntario más invisible?” Para ello, consideró imprescindible que en los espacios alternativos haya personas encargadas del cuidado de las relaciones entre integrantes, así como de vencer las resistencias antifeministas: “Se siente que el tema de género ya está resuelto en el ámbito social y eso me hace afirmarme más aún en la necesidad de seguir trabajándolo”.

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Agua y mujeres, la revolución inacabada

Foto de archivo del Foro Alternativo Mundial del Agua (FAMA)

Nutre a su familia de agua. No es casual. Cuando no hay agua, como cuando no hay alimentos, son las mujeres las que se encargan de su búsqueda, de su recolección. Todas tenemos la imagen en la cabeza, muy recurrente en los medios de comunicación, de una mujer africana acarrando un balde o un bidón de agua. Hablar de agua es hablar de mujeres. Y hablar de desigualdad de acceso al agua es hacerlo de desigualdad de género.

Algunas estimaciones sugieren que, en África subsahariana, se dedican alrededor de 40.000 millones de horas anuales a la recolección del vital líquido, cifra que representa el trabajo de un año para el total de la población activa de Francia. No son minutos neutrales. Ni equitativos. Son tiempos acaparados por mujeres. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, vidas.

El acarrear agua ocupa una parte de jornadas, ‘robando’ un tiempo que podría estar dedicado a otras actividades; también para ir a la escuela. Cargar con litros y litros de agua supone a la larga problemas de salud y también expone a las mujeres a los peligros del camino, a asaltos, a violencia… El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) explica que “en los países en desarrollo, atender a los hijos, cuidar a enfermos y ancianos, preparar la comida y buscar el agua y la leña son tareas dominadas por las mujeres. La búsqueda de agua es parte de la desigualdad de género”.

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Los términos invertidos

Ilustración de Emma Gascó para Pikaramagazine.com

El chascarrillo es viejo. Un señor de aquellos tiempos en que los señores tenían su dama en una torre, ejército propio y necesidad de hacer sus propias guerras habla con uno de sus consejeros. Tiene dudas sobre en manos de quién dejar a su esposa y su hacienda durante el largo periodo que prevé pasará lejos de casa. El consejero muy aviesamente le recomienda que deje su hacienda en manos de un jesuita y a su esposa al cargo de un franciscano. Pero, ojo, le avisa, no cometas el error de invertir los términos. Son conocidas las habilidades de los jesuitas y la casta generosidad de los franciscanos, los unos centrados en tareas educativas y los otros muy dados a la mendicidad.

El sobresalto nos lo dimos este lunes: José Quintela, franciscano de O Cebreiro, la entrada a Galicia por el camino francés, ingresó en prisión bajo acusaciones muy poco castas.

Según informaba El País, el resultado de las investigaciones de la Guardia Civil dan un saldo como mínimo curioso. Pepe, como lo llaman en el pueblo, llevaba un año manteniendo relaciones sexuales ¿consentidas? con una menor de las cercanías, de 16 años. No solo eso. En al menos una ocasión, un primo de ella, de 19 años, y con una discapacidad del 40 % participó en la fiesta sexual por iniciativa del fraile. Él era meticuloso, tanto que los investigadores llegaron a inventariar hasta 250 fotografías de los festejos sexuales. Sorprende que una buena parte de ellas fueran del miembro de Quintela, que adornaba con objetos caseros, frutas y dinero.

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Los malditos Juanes

Ilustración de Emma Gascó para Pikaramagazine.com

Madrid. Febrero de 2015. Barrio de Malasaña. Justo encima de una tasca convertida en espacio de encuentro para modernos y modernas. Ahí viven Juan y Mónica. Son una pareja monógama de unos treinta y tantos; formados; amantes del cine de terror; dedicados profesionalmente al mundo de la cultura. Él, en paro. Ella, precarizada en un trabajo mal pagado, lejos de su casa, en el que emplea alrededor del 50% de las 24 horas del día. Llevan juntos entre cinco y diez años. La estética de ambos sugiere que son eso que llamamos alternativos. Alquilan su vivienda, ocasionalmente, para llegar más holgados a fin de mes.

Juan lleva buscando trabajo meses, pero la crisis ha golpeado duro en su sector. No hay nadie dispuesto a precarizarle. Trasnocha delante del ordenador. Nunca se levanta antes de las doce. Está harto y agobiado, así que todos los días sale a correr un rato. Mónica no tiene tiempo para el running, pero se pasa el día de carrera en carrera. Se levanta muy temprano para llegar a tiempo al trabajo, cumple con sus obligaciones y vuelve a casa. Al llegar, la cocina está llena de tazas, vasos, platos, cazuelas, sartenes, cucharas, tenedores y cuchillos sin fregar. En la nevera no hay comida y el frutero está vacío. No hay ni una sartén limpia para freír un huevo. Juan, mientras tanto, la saluda sin levantar la mirada del ordenador. En su escritorio, el resto de los utensilios de cocina que no están en el fregadero. Antes de irse a trabajar, Mónica le había dejado la comida preparada en el microondas, en un plato cubierto con la tapa de plástico que se utiliza para evitar que se manche el electrodoméstico si la comida salta. El plato sigue en el mismo sitio, también tapado, pero sin la comida. Mónica se enfada: “No quiero seguir siendo tu criada”, dice; pero, al día siguiente, vuelve a dejarle la comida preparada dentro del microondas. Juan no sabe cómo funciona la lavadora de la casa en la que lleva viviendo años porque el aparato tiene un truco que sólo conoce ella: el suavizante hay que echarlo cuando la ruleta esté en el número 13. No sabe dónde guarda Mónica la escoba, ni la plancha.

Llegué a aquella casa de casualidad. Sólo a pasar unos días. Un tiempo después, sigo horrorizada. Conté a mis amigas heterosexuales, sorprendida, la situación. No se sorprendieron tanto como yo. “A mí, Mikel, sí que me ayuda”; “Bueno, Imanol baja la basura todos los días”; “Rober sí que limpia, pero yo soy una maniática y no me gusta cómo lo hace”; “La lavadora la pongo siempre yo, que ya me ha estropeado muchas camisetas”. Qué miedo. Es increíble –o quizás no tanto- cómo de dentro tenemos instauradas ciertas creencias. En muchos casos, relacionadas con una asunción de los roles de géneros. Están muy dentro, nos conforman y nos reconfortan.

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¿Qué pasa si te gusta '50 sombras de Grey'?

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Fotograma de la película '50 sombras de Grey'

Sin duda uno de los fenómenos editoriales, cinematográficos y sociológicos de la temporada ha sido y es el éxito -editorial y cinematográfico- de de la trilogía 50 sombras de Grey. Han corrido ríos de tinta y tecla analizando los libros y la peli. Hay análisis como el de Beatriz Gimeno en el artículo Porno para mamás y porno sin más, para quien el libro es “una novelita rosa remozada de sexo explícito para la era postporno”. Para quien quiera ahondar en la tradición literaria de novelas rosa o novelas eróticas para mujeres, con la que entronca 50 sombras de Grey, puede ver esta magistral conferencia de Josune Muñoz, quien deja bien claro las características de la novela. Amén.

50 sombras de Grey es una obra francamente misógina, creo que pocas dudas pueden haber al respecto. Christian Grey, el protagonista, posee un imperio económico que le ha permitido ejercer un poder absoluto hacia las mujeres. En la primera película se ve de forma clara cómo una de las claves de la conquista de Anastacia Steele se basa en su poderío económico y en la representación de una masculinidad dominadora y controladora.

Anastacia, la joven universitaria que por azar entrevista a Grey, es una estudiante de literatura que trabaja en una ferretería para mantenerse y que asume el rol de joven ingenua, sin ninguna experiencia sexual, oseáse virgen, y que se ve irremediablemente atrapada en una historia de amor con Grey. Macho alfa rico y joven virgen suele ser por lo general una combinación poco igualitaria.

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