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Zerolo y Maroto. Armarios, luchas y privilegios

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Los parlamentarios del PP Javier Maroto (i), e Iñaki Oyarzábal, el 28 de mayo en el Parlamento vasco. Efe / David Aguilar

Nos hemos despertado con la noticia de la muerte de Pedro Zerolo. No lo conocía más que a través de los medios de comunicación, pero era de los pocos políticos que me inspiraban un mínimo de confianza y simpatía, porque me transmitía vitalidad y compromiso en vez de cinismo.

Zerolo se va cuando se cumple una década de la aprobación de la ley del matrimonio igualitario. Y una semana después de que el alcalde en funciones de Vitoria Gasteiz Javier Maroto, un destacado miembro del Partido Popular, formación que se volcó contra esta ley, anunciase que se casa con su novio.

"Los políticos homosexuales, al menos muchos de ellos, hace tiempo que han salido del armario en este país", celebraba el pasado domingo Aitor Guenaga en un análisis sobre la boda de Maroto y los pactos que se están fraguando para que no gobierne la capital vasca otros cuatro años. En el artículo cita a otros dirigentes abiertamente homosexuales, como Iñaki Oyarzábal (PP Vasco) e Iñigo Iturrate (PNV).

A menudo  hemos explicado que el uso androcéntrico del lenguaje crea imaginarios igualmente androcéntricos. Que cuando las mujeres no somos nombradas, tampoco somos visualizadas. Guenaga habla de "los políticos homosexuales". Se supone que en el castellano, el masculino incluye a ambos sexos, por lo que una podría pensar que el enunciado incluye a "las políticas homosexuales". Lo que ocurre es que, en este y otros tantos temas, la realidad de los hombres y de las mujeres es tan dispar que cuando se utiliza el masculino universal, se está obviando la mitad de la película. No se está dando una proliferación de políticas abiertamente lesbianas que anuncian enlaces con sus novias de toda la vida. No está ocurriendo, ni en el Partido Popular ni en los de izquierda.

¿A qué se debe? La respuesta rápida y trillada es que las lesbianas vivimos una doble discriminación: por ser mujeres y por ser lesbianas. Frente al enfoque aritmético de las dobles discriminaciones, en las ciencias sociales está primado el enfoque complejo de la interseccionalidad: el grado de exclusión que implica ser gay o lesbiana vendrá determinado por un montón de factores. No es lo mismo ser lesbiana en la ciudad que en el campo; siendo una empleada doméstica inmigrante sin papeles o una empresaria hostelera de Chueca; no es lo mismo ser una lesbiana camionera (literal y figuradamente hablando) que una lesbiana top-model; no es lo mismo trabajar en un colegio religioso que en una revista feminista. Cada circunstancia implica tanto discriminaciones específicas como posibilidades diferentes para resistirlas. Y lo mismo ocurre con los gays. Decir que una lesbiana siempre estará más discriminada que un gay es tan simplista como decir que una mujer siempre va a estar más oprimida que un hombre. Sin embargo, está claro que algo tiene que ver la socialización sexista con la casi nula presencia de lesbianas declaradas en la política española.

También se suele decir que las lesbianas somos invisibles. Mientras que ser gay ha estado marcado por el estigma (ser el maricón de la clase, del pueblo...), las lesbianas han tendido a pasar inadvertidas (a ser, por ejemplo, la tía que se mete a monja o la que se queda solterona y se dedica a cuidar a familiares dependientes o vive con una amiga). El movimiento LGTB ha estado liderado, en la mayoría de los casos, por los gays, debido a que el liderazgo es un valor más presente en la socialización de los hombres que de las mujeres. Esto se refleja bien  en la taquillera película Pride: el joven activista es el líder de un colectivo en el que solo hay una lesbiana (irrelevante en la trama). Había otras dos, pero se fueron: en vez de explicar sus legítimas incomodidades con el liderazgo del protagonista, quedan retratadas como locas separatistas, al estilo 'Frente Popular de Judea'.

Otra respuesta es la misoginia. Y aquí me acuerdo de Beatriz Gimeno, gran amiga de Zerolo.  Gimeno escribió, también en eldiario.es, un artículo en el que explicaba por qué el rey recibía a la FELGTB mientras el PP seguía intentando legislar contra el derecho al aborto; por qué en muchos países avanza el reconocimiento institucional a la diversidad sexual mientras se legisla contra el derecho de las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra maternidad. Gimeno afirma que "la homofilia histórica tiene un poso misógino muy grande" (evoco la testosterona que destilaba ese diálogo sobre caracoles y ostras censurado de Espartaco) y señala a esos gays privilegiados que disfrutan de la libertad conquistada por maricas, bolleras y travestis en las calles, mientras defienden que los Estados y las Iglesias sigan colonizando nuestros úteros. En el caso de Maroto, añado, gays privilegiados que utilizan su condición para dar una imagen moderna y liberal a la vez que arremeten contra los derechos de otros sujetos excluidos, por su origen, color de piel o situación administrativa (a esto se le llama  pink-washing o lavado rosa).

La homofobia es el principal instrumento de marcaje de género entre hombres ("marica" sigue siendo el insulto más empleado contra niños en los patios del colegio, y de lo más habitual en grupos de amigos, en campos de fútbol...), mientras que entre mujeres "puta" va antes que "bollera". Sin embargo, parece que hay una vía de escape: ser homosexual pero no marica.

Si no tienes pluma o la escondes, si reproduces la masculinidad hegemónica, que se relaciona con valores como el liderazgo, la ambición y el poder, pues podrás ser respetado y la gente se esforzará en olvidar lo que ocurre en tu cama. Un hombre de mi familia lo dijo una vez: "Yo no tengo nada en contra de los homosexuales, pero detesto a los maricones". Aclaró que usaba maricón como sinónimo de hombre que no es tal, no por sus preferencias sexuales sino por cobarde o pusilánime.

La homosexualidad respetable se asocia a masculinidad al cuadrado, sin mariconadas. De ahí que los círculos de poder sean accesibles para hombres homosexuales. ¿Quién va a acusar de ser poco hombre a un juez como Grande Marlaska o a un político como Maroto? Por eso el sociólogo Oscar Guasch -quien habla de la homofobia compleja, esa por la que los hombres que se definen como heterosexuales temen ser acusados de maricas- propone la siguiente receta contra la homofobia y la misoginia: "De la misma forma que hay mujeres que se definen políticamente como putas, podríamos reivindicar ser maricas, cobardes, renunciar a la masculinidad".

Y sí, como dice Beatriz Gimeno, estos políticos conservadores homosexuales pueden dejar de esconder a sus novios, pueden tener maridos, gracias a los maricas, las bolleras y lxs trans que han dado la batalla en las calles. Gracias también a políticos como Zerolo, que izaron la bandera arcoiris cuando eso no daba votos precisamente. Pero si pueden hacerlo es porque el poder les hace inmunes a muchas cosas, incluida la discriminación.

Zerolo luchó por una ley criticada tanto por los homófobos como por la gente que, desde la izquierda, cuestiona la institución del matrimonio, incluidos los gays y lesbianas que alertan el riesgo de "heteronormativizar" las disidencias sexuales. Recordemos la célebre cita del primer ministro británico David Cameron: "No apoyo el matrimonio gay pese a ser conservador; apoyo el matrimonio gay porque soy conservador". Como dice nuestra compañera Andrea Momoitio, los conservadores prefieren las bodas gay a los cuartos oscuros. No me quiero extender más: lean este imprescindible artículo de Lucas Platero en el que señala a quién beneficia y a quién no tanto esta conquista social, y qué otras discriminaciones siguen estando mucho más desatendidas.

Así pues, de la misma forma que no podemos pensar que el racismo está superado porque el país más poderoso del mundo esté presidido por un político negro, debemos evitar que la presencia de varones homosexuales entre los representantes del poder político, económico, judicial y religioso de este país nos lleve a lecturas complacientes.

Doy las gracias a Pedro Zerolo y a todas las personas que han hecho posible que las nuevas generaciones crezcan sabiendo que pueden emparejarse y formar familias con personas de su mismo sexo, que sus entornos reaccionarán mejor o peor, pero que el Estado reconoce ese derecho. Pero sirva también el adiós a Zerolo para pensar cómo seguir avanzando hacia un respeto pleno a la diversidad sexual en el que la vergüenza, la culpa, el estigma, la exclusión y la agresión directa desaparezcan de la vida de todas las personas.

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Tacones ... lejanos

Una mujer (puede ser actriz, directora de cine o acompañante de alguna persona que asiste al festival) trata de atravesar la alfombra roja de Cannes pero… en la entrada le niegan el acceso. La razón: sus tacones o no eran demasiado altos o había optado por zapato plano. Finalmente consigue entrar pero la historia corre de boca en boca y las redes sociales se incendian. En poco tiempo, la organización del festival reacciona y Thierry Fremaux, responsable de la selección de películas, asegura que “los rumores que aseguran que el festival exige tacones altos a las mujeres en las escaleras están infundados”.

Casi a la vez, el cineasta Asif Kapadia explica a través de Twitter que a su mujer le habían puesto problemas para entrar por no llevar los dichosos tacones. La revista Screen publica un reportaje sobre el tema y la polémica está servida. La actriz Emily Blunt se posiciona ese mismo día y dice en la rueda de prensa de presentación de su película:“Es decepcionante. Ahora que pensábamos que la igualdad avanzaba…” Estamos hablando de un festival con fama de machista en el gremio por arrinconar la presencia de mujeres cineastas.

Tacones a un lado, el fondo de la cuestión está en las exigencias estéticas que industria del cine y sociedad imponen a las mujeres. Prueba de ello es  este video que a principios de 2015 demostró el sexismo que impera en las alfombras rojas: preguntas serias para ellos y preguntas frívolas y hasta tontas para ellas. Que la primera pregunta que se le haga a una mujer nominada al Oscar a mejor actriz en una alfombra roja sea “¿de quién es el vestido que llevas?” y la segunda sea “¿puedes girarte y enseñarnos todo el vestido?” es ridículo y para muchas, denigrante. Todo se somete a examen: la calidad de su pelo, el maquillaje, el tinte y los ya mencionados centímetros de tacón. ¿De verdad es tan importante eso? ¿Pero no venía a presentar una película? ¿O era a recoger un premio?. Es todo realmente confuso.

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De los buzones a las urnas

Emma Gascó para pikaramagazine.com

Resulta que las mujeres también votamos. En las elecciones que se celebrarán el 24 de mayo, 34.634.572 personas de nacionalidad española podrán ejercer su derecho a elegir una papeleta. Hay una tendencia a creer que el porcentaje de mujeres y hombres viene a ser igual, o muy parecido. Pero ellas constituyen el 51,6% del censo frente al 48,4% de ellos. Esto es, una diferencia de casi tres puntos. Dicho así, podría considerarse casi una minucia, pero traducido en votos son más de un millón cien mil papeletas. Todas ellas en mano de mujer. Ese millón y pico es el equivalente, por ejemplo, a la totalidad de chicas de 25 a 29 años. O al número de mujeres de 65 a 69 años.

Las estadísticas del censo dan datos como mínimo curiosos. Sabe usted que las franjas de edad van de cinco en cinco años. Pues bien, los hombres son mayoría en buena parte de ellas. En concreto, hay más votantes hombres hasta los 54 años. A partir de ahí, ellas suman y suman, hasta el punto de que el colectivo de las personas de 85 años o más es abrumadoramente femenino: Medio millón más de ancianas que de viejecitos. Dicho de otra forma, solamente una de cada tres personas mayores es varón.

Con datos así, es sorprendente el poco interés que tienen los problemas de las mujeres para quienes ejercen la política y aspiran a ocupar una concejalía o a presidir los plenos municipales. Como norma general, los partidos políticos recogen algún apartado referido a la igualdad en sus programas. Puro adorno. Como quien a la boda invita a ese incómodo familiar porque no hacerlo requiere más esfuerzo que mandarle la tarjeta y arriesgarse a que acepte. Y sí, cuando se aproximan comicios, solamente en estas vísperas, los partidos envían a nuestros buzones folletos con sus propuestas. En ellas, necesariamente harán alguna referencia a los tres grandes problemas que más afectan a las mujeres: la conciliación, el empleo y la violencia machista.

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Mujerismos o la mujer como medida de todas la cosas

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La noche en la que Susana Díaz ganó las elecciones andaluzas, la misma noche en la que Pablo Iglesias y Tania Sánchez hacían pública su separación, vi varias publicaciones en Facebook en las que el personal se venía arriba y afirmaba de forma rotunda y sin ambages que las feministas estábamos de enhorabuena.

Cómo no me sentía así, y consciente de con la política en general soy muy comedida y prudente respecto a las victorias, varias preguntas vinieron a mi cabeza, partiendo del hecho de que Díaz no es ningún paladín del feminismo y de que es importante que haya más mujeres en puestos de poder para ampliar referentes.

Todas las mujeres no son feministas, y tal y cómo está organizada la sociedad, no conozco a muchas que se hayan definido como tales y que estén en primera línea de la política, de las empresas, en definitiva fuera del universo feminista. Esto no implica que las mujeres con poder no sean feministas en su fuero interno, sino que desde luego han tenido que renunciar al mismo de forma pública. Porque, no nos engañemos, para estar arriba hay que jugar con el poder, y el poder es androcéntrico y patriarcal.

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La homofobia no es increíble

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Foto de la Asamblea Transmaricabollo de Sol

Viajaba en el autobús delante de una niña acompañada por dos mujeres; pongamos que eran su madre y su abuela. Le estaban preguntando si Eneko es su novio. Y ella contestó: “No, Eneko es mi amigo. Leire es mi novia”. Y las adultas, rápidamente, la intentaron sacar de su error: “¿Cómo va a ser eso? Eneko es tu NOVIO. Leire es tu AMIGA”. Y la niña: “No, no. Eneko es mi AMIGO, Leire es mi NOVIA”. Me tuve que bajar, no sé cuánto más duraría el toma y daca ni si a esas mujeres se les llegó a pasar por la cabeza que su niñita, efectivamente, identificaba conscientemente como su novia a una niña y como su amigo a un niño.

El pasado fin de semana, unos homófobos agredieron físicamente al grito de “maricones” a cuatro chicos gays que paseaban por el centro de Madrid. El pasado 7 de abril, los periódicos vascos se hicieron eco de una agresión similar en Getxo: un activista gay estaba tomando algo en una terraza con su novio ( se estaban besando, dice Deia) y un individuo decidió insultarle y golpearle con una silla. Pocos días después de leer esa noticia, me contaron que un grupo de hombres había perseguido de noche por las calles de un barrio de Bilbao a un conocido mío gritándole (adivinad) maricón.

La gente progre se ha escandalizado mucho con la noticia de que la justicia europea avala poder excluir a los homosexuales como donantes de sangre, "siempre que haya evidencia científica y que la decisión sea proporcionada". Las redes sociales se han inundado de personas que lo califican de “increíble”.

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16 años y una tripa

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Jóvenes participan en una manifestación por el aborto libre en Madrid./ Gaelx

Me imagino con 16 años y una tripa. Me imagino en una familia ultra católica con ese percal. Me imagino en una familia disfuncional con ese pastelazo. Y me surgen tantas preguntas para este Gobierno…

¿Vais a cuidar vosotros a esos bebés? ¿Vais a devolverles a esas niñas los mejores años de su vida? ¿Vais a apoyarles para que sigan estudiando o trabajando? ¿Os hacéis una idea de sus razones para abortar? ¿Os hacéis una idea de sus razones para no querer decirlo en casa?

¿Vais a educar en sexualidad a nuestros niños y niñas? ¿Vais a apoyar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, tengan la edad que tengan? ¿Vais a ofrecer gratis o a un precio asequible la píldora anticonceptiva? ¿Y la píldora del día después?

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En periodismo, la especialización es un criterio ético

Manifestación en repulsa por el asesinato de Ada Otuya en Bilbao

En junio de 2013, nos sorprendió la noticia de que un ciudadano bilbaíno, Juan Carlos Aguilar Gómez, había sido detenido por el homicidio de al menos dos mujeres. El proceder del feminicida fue tan truculento que ocupó muchísimo espacio en los medios. La noticia despertó interés, pero también morbo. Los detalles de su detención, de la selección de las víctimas –mujeres inmigrantes muy vulnerables–, del trato que les dio antes y después de matarlas, unidos a la propia personalidad del acusado, convirtieron lo que debía haber quedado en un caso de doble homicidio en todo un folletín. Al ser propietario de un gimnasio, Zen4, y haber colgado vídeos en los que practicaba artes marciales, lo llamaron el ‘maestro shaolín’, pero como los practicantes de esta disciplina negaron que él tuviera los méritos que acreditan tal condición, lo transformaron por arte de las imprentas en ‘falso shaolín’. Sin rubor.

Durante aquellos días, recuerdo haber tenido la impresión de que a profesionales de algunos medios les hacía salivar su fantasía de que el caso no quedara en las dos primeras víctimas: Un ‘Jack, el destripador’ a la bilbaína para escribir una nueva página en la historia del periodismo. Muy chirene. Como si el precio de otra vida lo valiera.

Las malas prácticas no solo se produjeron en los medios, también en la propia Ertzaintza, el cuerpo policial autonómico encargado de las pesquisas. Días después de la detención, el Departamento vasco de Seguridad abrió expediente a 60 agentes por acceder a datos de la investigación sin trabajar en ella.

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¡Alto! Parad ya de matarnos

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Tuit de la Guardia Civil

El tuit de la Guardia Civil equiparando la violencia de género a otras violencias en el hogar ha levantado ampollas. No sólo entre el movimiento feminista, que hemos puesto el grito en el cielo, también entre quiénes llevan año denunciando que la Ley Integral contra la Violencia de Género supone una discriminación por razón sexo. Dicen que los hombres están desprotegidos ante una ley socialista, que fue impulsada por un ‘lobby’ feminista. ¡Cuántos –istas! Ellos no han entendido las disculpas de la Guardia Civil y, mucho menos, qué significa la violencia contra las mujeres. Hay algo en lo que estoy de acuerdo con estos pobres hombres indignados: pedir disculpas no sirve para nada. La benemérita tiene que explicar cómo entiende la violencia de género pues sólo así entenderemos cómo actúan cuando se encuentran ante una caso de violencia.

Hace unos meses conté en Pikara una pésima actuación de la Ertzaintza en la escalera de mi comunidad. Requerimos su presencia al escuchar los gritos de una mujer que había sido agredida por su pareja. Tenía cortes en la mano. Las manchas de sangre estuvieron días en mi escalera. El agresor reconocía haber cortado a su pareja, pero lo justificaba alegando que ella le había robado dinero. La policía, que en los últimos años parece estar erigiéndose en una instancia anterior a la judicial, en que la que se permiten prejuzgar las situaciones ante las que se encuentran, decidió registrar a la mujer antes de llamar a una ambulancia. Ante nuestra queja por su actuación, se defendieron diciendo que la mayoría de las denuncias por violencia de género son falsas y que el problema se agrava en ciertas etnias porque ello les supone beneficios sociales. Xenofobia y misoginia uniformadas en el mismo pack. Al denunciar ante sus mandos superiores lo que habíamos presenciado nos pidieron disculpas avergonzados, prometieron abrir diligencias internas y nos dieron un dato que lo explica todo: no tienen formación en violencia de género. Imparten talleres, de dos horas, a los que los agentes acuden voluntariamente. En la mayoría de los casos, dijeron, su voluntad es no acudir. Las denuncias falsas por violencia de género ya son leyenda urbana. Toni Cantó declaró hace años que era una realidad innegable, pero tuvo que retratarse cuando la Fiscalía General del Estado puso las cifras sobre la mesa: en 2009, por ejemplo, sólo el 0,0096% de las denuncias fueron falsas. Entre todos los delitos que se denuncian, obviamente, hay denuncias falsas. Parece una estupidez exigir al estado que retire las leyes que condenan los robos porque, en algún caso, las denuncias hayan podido ser falsas; pero hay quien cree oportuno derogar la ley contra la violencia de género porque en el 0,0096% de los casos se dan denuncias que no son ciertas.

El problema es que, en 2007, conseguimos que el parlamento aprobase una ley específica para intentar frenar los feminicidios en el Estado español; pero creo que aún no hemos conseguido que la ciudadanía entienda en qué consiste la violencia hacia las mujeres y por qué tenemos que estar más protegidas. Los logros del movimiento feminista en materia de violencia son innegables. Hace sólo una década, la violencia que sufríamos en los hogares se consideraba un asunto privado; los vecinos y las vecinas no lo denunciaban; las mujeres no sabían a dónde acudir y, muchas, quizá igual que ahora, creían que los golpes formaban parte de la idiosincrasia de su relación. Esto ha cambiado, pero aún queda mucho trabajo por hacer. Debemos, además, hacerlo rápido, porque hay quienes están dedicando mucho tiempo y esfuerzo a tirar por la borda todos los avances que hemos logrado.

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Feminismo = sostenibilidad de la vida

Huelga de cuidados, acción feminista organizada durante una huelga general en Bilbao./ AMB-BEA

“No queremos ser una comisión de mujeres que se ocupe de los supuestos temas de mujeres: queremos atravesarlo todo”. Esta afirmación de Daniela Osorio, feminista integrante de la Xarxa d'economia solidária, condensa el papel que tiene el feminismo en un momento como el actual: no se trata de hablar solo de cómo la crisis económica afecta especialmente a las mujeres, sino de mostrar que el feminismo aporta una propuesta integral de transformación social. Una propuesta que implica equidad y justicia, y que, frente a un modelo neoliberal depredador, garantiza la sostenibilidad de la vida.

El pasado martes se celebraron en Bilbao unas jornadas sobre economía solidaria y feminismo:  'La Bolsa o la vida'. Osorio, junto con la brasileña Miriam Nobre (integrante de Sempreviva Organizaçao Feminista pero conocida en el movimiento por haber coordinado la Marcha Mundial de las Mujeres) mostraron con ejemplos que las propuestas de economía social y solidaria cojean cuando no integran la perspectiva feminista. El androcentrismo, el sesgo por el que se valoran y visibilizan más aquellas actividades asociadas a lo masculino, lleva a obviar la aportación que hacen las mujeres a la economía social. “Se reconoce como economía solidaria fábricas recuperadas y no las iniciativas informales de las mujeres para organizar la comida o el cuidado de las niñas y los niños”, ejemplificó Nobre, quien ilustró esta tendencia con otra anécdota: pese a que la presencia de mujeres en proyectos de economía solidaria en Brasil es abrumadoramente mayoritaria, en un mapeo de economía solidaria salió que la mayoría de integrantes de estas iniciativas son hombres: “Se invisibilizaba la participación de mujeres en los grupos consolidados de emprendimiento solidario, ya que no figuraban como socias cooperativistas".

La mayoría de las ponentes incidieron en la necesidad de superar la falsa dicotomía entre trabajo productivo y reproductivo, derivada de la división sexual del trabajo. Es decir, a medida que se asignaron y jerarquizaron tareas diferenciadas en función del sexo, se construyó el modelo social por el que el hombre trabaja en el mercado laboral de forma remunerada y la mujer queda relegada a las tareas domésticas y de cuidados, no remuneradas y escasamente valoradas socialmente (para muestra, el hecho de que no cuenten en el cálculo del PIB). Incluso en el ámbito de la economía social, “se tiende también a una lectura productivista que obvia la esfera reproductiva”, señaló Osorio, quien llamó tanto a visibilizar y promover proyectos de crianza compartida y bancos del tiempo, como a revisar si se mantienen roles sexistas en la organización de iniciativas sociales: “¿Quién limpia en un congreso de economía social? ¿Quién se encarga la comida? ¿Quién hace el trabajo voluntario más invisible?” Para ello, consideró imprescindible que en los espacios alternativos haya personas encargadas del cuidado de las relaciones entre integrantes, así como de vencer las resistencias antifeministas: “Se siente que el tema de género ya está resuelto en el ámbito social y eso me hace afirmarme más aún en la necesidad de seguir trabajándolo”.

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Agua y mujeres, la revolución inacabada

Foto de archivo del Foro Alternativo Mundial del Agua (FAMA)

Nutre a su familia de agua. No es casual. Cuando no hay agua, como cuando no hay alimentos, son las mujeres las que se encargan de su búsqueda, de su recolección. Todas tenemos la imagen en la cabeza, muy recurrente en los medios de comunicación, de una mujer africana acarrando un balde o un bidón de agua. Hablar de agua es hablar de mujeres. Y hablar de desigualdad de acceso al agua es hacerlo de desigualdad de género.

Algunas estimaciones sugieren que, en África subsahariana, se dedican alrededor de 40.000 millones de horas anuales a la recolección del vital líquido, cifra que representa el trabajo de un año para el total de la población activa de Francia. No son minutos neutrales. Ni equitativos. Son tiempos acaparados por mujeres. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, vidas.

El acarrear agua ocupa una parte de jornadas, ‘robando’ un tiempo que podría estar dedicado a otras actividades; también para ir a la escuela. Cargar con litros y litros de agua supone a la larga problemas de salud y también expone a las mujeres a los peligros del camino, a asaltos, a violencia… El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) explica que “en los países en desarrollo, atender a los hijos, cuidar a enfermos y ancianos, preparar la comida y buscar el agua y la leña son tareas dominadas por las mujeres. La búsqueda de agua es parte de la desigualdad de género”.

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