eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

La locura de mis sueños

Me vibra el cuerpo cada vez que pienso que tengo genéticamente más posibilidades que el resto para perder la percepción de la realidad, para dejar de distinguir qué pasa fuera y qué pasa sólo dentro de mí

- PUBLICIDAD -
Fotograma de 'Voces contra el estigma'

Fotograma de 'Voces contra el estigma'

No tengo muchos miedos, pero todos son recurrentes. Me da miedo quedarme descalza en la calle, perder los zapatos o que alguien me los robe; me asusta el destino porque no sé qué significa, dónde está ni a dónde quiere llevarme, lo que tendrá pensado para mí o, peor, que pretenda seguir adelante sin contar conmigo. Me asusta mi carga genética, los planes de mis células madre, el tick tack de mis pulmones, el dolor de mi escafoides, la memoria de mi piel, la suerte de mis tetas, mi posible artrosis, no saber qué tren tiene guardado para mi el mejor final, qué amores me llenarán la mirada de sonrisas, qué futuro es el mío, qué proyectos me aguardan detrás de qué esquina, qué ausencias no voy a soportar, qué rabia me va a vencer, qué conflicto no voy a saber superar, qué gota colmará mi paciencia, qué va a romperme, quién me ayudará a recomponerme, qué canciones me quedan por escuchar, cuántas palabras aún tienen que ponerme los pelos de punta, qué piruleta o pirueta será la que haga que se me caiga el último diente. Pero, sobre todo, lo que más miedo me da en el mundo es volverme loca. Me vibra el cuerpo cada vez que pienso que tengo genéticamente más posibilidades que el resto para perder la percepción de la realidad, para dejar de distinguir qué pasa fuera y qué pasa sólo dentro de mí. Disfruto de mi imaginación apabullante con un pánico atroz a quedarme atrapada dentro de mí, como si salir de aquí fuera posible alguna vez.

Busco protegerme de este miedo hablando con las amigas, atenta a cualquier signo que pueda evidenciar que me he ido de mí, buscando explicaciones a las locuras propias y ajenas, cuidándome de la frivolidad externa e interna, controlando los factores ajenos a mí que podrían llevarme a experimentar los cambios de percepción que provocan muchas enfermedades mentales, tratando de entender los mundos paralelos en los que viven y sueñan personas a las que quiero profundamente, buscando la manera de llegar allí sin juicios, sin expectativas, leyendo, aprendiendo, creciendo, viviendo. Si bien hemos repetido hasta la saciedad que los miedos paralizan, en este caso, este, mi gran miedo, convive conmigo como un buen fantasma, que me ayuda a valorar el norte en el que todavía vivo. A veces, muchas veces, lamento también lo anclada que sigo aún a lo real, a lo común, porque no encuentro aquí muchas cosas que merezcan la pena o que valgan la alegría.

En esta lucha contra la locura,—porque a pesar de haber convivido con ella también está dentro de mí el estigma que tanto daña a muchas de las personas que han sido diagnosticadas con cualquier enfermedad mental— encontrar en el camino iniciativas y personas que trabajan por acabar con los estereotipos y con el miedo ha resultado imprescindible en mi propio proceso de reconciliación con los locos y las locas de mi vida. Estos días me he tropezado (y emocionado una y otra vez) con el tráiler del documental 'Veus contra l’estigma', de Marta Espar i Marc Parramon, en colaboración con Federació Veus, una organización catalana que reúne distintas asociaciones de personas “con experiencia propia en salud mental”. Buscan hacer incidencia política para que se reconozcan sus derechos y para que sus experiencias tengan cabida en la puesta en marcha de políticas públicas de las que, de otra manera, serían sólo sujetos pasivos. Frente a la idea de ser beneficiarios de servicios públicos, buscan contribuir a construirlos desde su propia experiencia para que atiendan a sus necesidades. Hace unos meses, mientras conducía, me encontré en la radio con un programa dedicado a la salud mental en el que participaban psiquiatras, psicólogos y psicólogas, personas diagnosticadas y, por tanto, señaladas; familiares, amigos, amigas, parejas. Todas y todos coincidían en que la estigmatización sigue siendo terrible y la medicalización, la ‘solución’ más extendida. El programa se emitió en torno al 10 de octubre, día internacional de la salud mental. Este año, las asociaciones del Estado español han elegido el lema ‘Trabajar sin Máscaras. Emplear sin Barreras’, para reivindicar un acceso al mercado laboral justo, pero, además, insisten en la importancia de hacer un llamamiento generalizado a todos los entornos laborales para que se hable “sin tabúes y se cuide la salud mental, se prevengan los trastornos mentales y se comprenda, con naturalidad, a las personas con problemas de esta índole”. El reto, ambicioso. La necesidad, urgente.

El tema me persigue. Hace un tiempo, no recuerdo cómo, dónde ni cuándo exactamente, estuve leyendo sobre una asociación de personas que escuchan voces, pero que, lejos de acallarlas, buscaban fórmulas para convivir con ellas. Frente a la idea, más extendida, de encontrar en esos pensamientos un problema, trataban de encontrarle las fortalezas y resurgir desde ahí. Yo no escucho voces. Aún no. Pero siendo plenamente consciente de la delgada línea que nos separa a todas de poder vivir una situación, puntual o no, de este tipo, sólo pido que si alguna vez alguien me habla desde dentro me recuerde que “lo superficial es una vida sin rincones”. De momento, una pintada en la orilla de la ría, me lo recuerda cada mañana.

“A todas esas pupilas dilatadas de tanta química

que miran aturdidas y absortas

pero tienen la luz más hermosa”

                                                Princesa Inca

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha