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Barbara Hendricks, una carrera "homeopática", honesta e íntegra

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Barbara Hendricks, una carrera "homeopática", honesta e íntegra

Barbara Hendricks, una carrera "homeopática", honesta e íntegra

Es una sueca de apenas 1,60 y piel muy oscura. Se llama Barbara Hendricks y esa descripción encaja con su voluntad de reirse de la segregación mental del mundo, al que ofrece desde hace 40 años su maravillosa voz de soprano con una carrera "homeopática" y tan honesta e íntegra como ella misma se define.

El "prodigio" Hendricks (Stephens, Arkansas, 1948), de visita en Madrid para presentar la edición en español de sus memorias, ha elegido para su trayectoria, como lo hizo para la educación de sus dos hijos, "el camino homeopático", es decir "no usar el medicamento más fuerte ni esperar resultados inmediatos", explica en una entrevista con Efe.

"He tratado de emplear mi tiempo en lo que es esencial. Sí, puede decirse que mi carrera ha sido 'homeopática'", se ríe la cantante y activista, que en 2000 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, embajadora de Buena Voluntad de Acnur y promotora de la Fundación para la Paz y la Reconciliación.

En "En propia voz" (RBA) Hendricks agradece "la cálida relación" que tiene desde hace 30 años con los españoles: "ahora que el país atraviesa un momento económico difícil, me he adaptado a las nuevas condiciones -su forma de decir que ha bajado su caché- para estar a su lado".

Y si ella ha querido estar con sus amigos, ellos la escoltaron anoche en Madrid en la presentación oficial del libro liderados por "el dulce", describe ella, Pasqual Maragall, autor del prólogo a pesar de que está afectado desde 2007 de alzheimer.

Hendricks será una de las artistas que actúen el próximo 28 de septiembre en el concierto organizado por la Fundación Pasqual Maragall contra el alzheimer, en el que participarán también Joan Manuel Serrat, Noa y Miguel Poveda, entre otros.

En el libro, admite, "no está todo", sino lo que ha considerado más importante: "decidí no contar los secretos sexuales. Creo que hay cosas que por mi bien deben continuar siendo privadas", bromea.

Cuando empezó a escribirlo se dio cuenta de que sus destinatarios fundamentales eran sus hijos y los jóvenes músicos, a los que quería enseñar "lo importante que es aprender a trabajar el dolor y a pedir y dar respeto", una palabra que menciona muy a menudo.

Vivió un apartheid en los Estados Unidos por su color de piel -"fui una refugiada en mi propio país"- y fue testigo en primera línea de una lucha que le inspiró y alimentó su necesidad de ser una activista por los Derechos Humanos y por la democracia.

"Todos deberíamos responsabilizarnos de la democracia, que está en un grave peligro, y eso no podemos dejarlo en manos de los políticos, bastante mediocres en cualquier parte del mundo y culpables de lo malo que nos pasa hoy en día", asegura varias veces tajante.

Se recuperó de sufrir el racismo y la segregación pero, dice, porque se ha empeñado en "trabajar" su vida, en que el dolor no pudiera con ella, y pone de ejemplo en el que mirarse a Nelson Mandela.

No puede imaginarse la vida sin cantar, aunque jamás se ha arrepentido de haber estudiado Matemáticas y Química y no algo "más artístico", pero su relación con el escenario y el público es de puro disfrute, no de "necesidad" de su "amor" ni de alimentar el ego.

"Soy feliz con las sensaciones que a mí me producen las canciones y las que comparto con los espectadores", por eso, argumenta esta sueca "por matrimonios" -sus dos maridos han sido de ese país-, no tiene derecho "a rendirse" por difíciles que vea las cosas en el mundo.

Ha optado por no aceptar más producciones de ópera por el "mucho tiempo" que requiere su preparación pero no para de dar recitales por el mundo porque eso, dice, es lo que la mantiene viva y porque esas canciones aportan al mundo algo de la poesía que necesita.

Le dan pena los cantantes jóvenes porque cree que la maquinaria de la mercadotecnia les exprime "como a limones" y luego les desecha, por eso les aconseja que se definan y que se mantengan en sus creencias.

Otra cosa que le horroriza es la presión sobre las artistas: "en la ópera ahora todo el mundo está dieta, pero nuestro instrumento está en la garganta y en la cabeza, no en las medidas perfectas. A mi me gusta demasiado la comida como para someterme a esas exigencias", declara.

En su generación, añade, "eran como eran, sin dietas ni exigencias estéticas absurdas. Parece que el 'marketing' quisiera hacer a las mujeres infelices con ellas mismas y las mujeres de verdad no son como las de las revistas, esas son solo Photoshop", remacha.

Concha Barrigós.

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