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ADELANTO EDITORIAL

La Casa II: Agentes, operaciones secretas y acciones inconfesables de los espías españoles

25 años después de que la aparición de La Casa rompiera el muro de silencio sobre las operaciones secretas de los espías del entonces CESID, su autor, Fernando Rueda, ha llevado a cabo una nueva y larga investigación, en la que ha buceado por los secretos que esconde su sustituto, el CNI

Adelanto del libro La Casa II, de Roca Editorial, que acaba de llegar a las librerías

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LA CASAII

El fin de ETA: el espionaje masivo, la fórmula mágica que no se vio

Detrás del narrado fin de ETA, hubo un operativo del CNI sin el que nada de eso habría ocurrido. Diversas intervenciones de conversaciones, seguimientos y otras acciones consiguieron el objetivo de sacar de las sombras los movimientos de sus máximos dirigentes y de sus comandos terroristas. Pero todos esos éxitos, y otros muchos más que ignoramos, fueron conseguidos por el CNI gracias a lo que alguno ha definido como la «fórmula mágica», un sistema similar a lo que actualmente conocemos como «espionaje masivo». Sus detalles pertenecen al libro de los secretos de Estado que guarda La Casa, pero es posible entender cómo funcionó y sus consecuencias. Además, existió una segunda clave: la intervención activa de la unidad operativa en el sur de Francia, decisiva para aplicar sobre el terreno esa «fórmula mágica».

Tiempo antes de que ETA comenzara la tregua, la División Técnica había estado trabajando en un sistema de intervención de comunicaciones que la capacitara para entrar en cualquier dispositivo utilizado por usuarios españoles y de todo el mundo. Conocían algunas de las capacidades de otros servicios de inteligencia pertenecientes a países como Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. Ninguno de ellos los ayudaría a subir la empinada cuesta tecnológica si antes, ellos solos, no habían subido un trecho importante.

Entre el experimentado personal que tenían ya esa División y los nuevos fichajes, consiguieron importantes avances que llevaron a los mandos del servicio a apoyarlos con nuevas inversiones y más medios humanos. Si los resultados que obtenían eran buenos, esa nueva capacidad les podía ser de gran utilidad en la lucha contra ETA.

Aunque les costó un tiempo perfeccionar el sistema, sus progresos fueron tremendos y los capacitaron para escuchar casi cualquier conversación que circulara por cable, satélite, radio o Internet. Servicios de otros países terminaron reconociendo las altas prestaciones de sus intervenciones, solo superadas por los grandes de Occidente, que llevaban años dedicados a esa labor y habían invertido una cantidad suculenta de millones inalcanzable para el presupuesto del CNI.

Amparado por los buenos resultados ya obtenidos en ese espionaje tecnológico, el CNI entró en el selecto grupo del espionaje masivo, estableciendo colaboraciones con Estados Unidos y Gran Bretaña entre otros. Facilitaron inmensos paquetes de datos que interesaban a la NSA y a la CIA, y a cambio recibieron algunas herramientas informáticas básicas para profundizar en el espionaje masivo, como la que permite seleccionar entre millones de mensajes almacenados aquellos relevantes para una operación concreta.

Una de las prioridades del CNI era acabar con ETA. Eran decenas
los teléfonos y ordenadores interceptados en España, gracias a las órdenes judiciales firmadas por el magistrado del Tribunal Supremo Ramón Trillo adscrito al servicio. Se dieron cuenta de que podían utilizar la nueva tecnología para perseguir el corazón que hacía latir a ETA, sus terroristas y estructuras asentadas en el sur de Francia. Como estaban en el extranjero, gozaban de la ventaja de que no necesitaban órdenes judiciales, porque ningún servicio de inteligencia las requiere para actuar fuera de sus fronteras. Cuando la dirección del CNI decidió profundizar en los aledaños de ETA, activaron sus medios técnicos en la distancia, desde la División Técnica ubicada en la sede central en Madrid, que posteriormente pasó a compartir instalaciones con la unidad operativa cerca de allí, en El Pardo.

Tras la ruptura de la tregua, el mecanismo de investigación ya se había asentado y llegó el momento para el CNI de participar en el partido. La División Técnica llevaba tiempo interviniendo comunicaciones en el sur de Francia y numerosos agentes seleccionaban pacientemente aquellas que podían resultar relevantes (el funcionamiento del espionaje masivo es explicado con más detenimiento en el capítulo VII). Gracias a una de ellas, la Guardia Civil pudo realizar una de las primeras operaciones que acabó con la detención de destacados miembros de ETA. La calidad de la información sorprendió a la Guardia Civil pero, como era su costumbre, no preguntó por su origen. Las fuentes y medios son siempre secretos, no se comparten ni con el mejor amigo.

Visto ese primer éxito, el CNI dio el siguiente paso en la estrategia que había diseñado para acabar con ETA. El director Saiz recibió en su despacho al general de la Guardia Civil responsable de información con la intención de modificar las reglas del juego que habían imperado hasta ese momento. La división del trabajo en la lucha contra la banda, sin ser tajante, respondía a un esquema: la Guardia Civil actuaba prioritariamente en el sur de Francia, la Policía en el País Vasco y el CNI en el entorno de la banda.

Los espías estaban dispuestos a seguir facilitándoles la información de alta calidad, pero querían participar activamente en el escenario francés. Disponían de una «fórmula mágica» que les permitía acceder a esos datos y querían aumentar su eficacia desplegando a sus agentes operativos en el sur de Francia para que llevaran a cabo acciones que ayudaran a lograr el objetivo. Para facilitarles este trabajo y adquirir el conocimiento necesario sobre el terreno, también querían entrar a forma parte de los equipos que llevaban a cabo las detenciones, no en primera línea de las operaciones, pero sí en primera línea de observación.

Con el plácet de la Guardia Civil, el siguiente paso fue convencer al servicio secreto francés para que extraoficialmente los dejaran actuar en su territorio, informando previamente de las acciones que iban a ejecutar y contando con su aprobación. Es algo habitual entre servicios amigos, con la única regla del silencio y de que cada uno asuma la responsabilidad de sus actos, sin implicar al otro, si es descubierto. La aceptación fue plena. El CNI tuvo el permiso para enviar equipos operativos al sur de Francia para colocar micrófonos en casas de etarras y sus simpatizantes, y para hacer los seguimientos que creyeran convenientes. Saiz tuvo que repetir la visita en varias ocasiones, para limar asperezas y hacer frente a las críticas que llegaban al servicio francés procedentes de algunos de sus propios agentes, de la Gendarmería francesa y hasta de guardias civiles aislados, que sentían que el servicio de inteligencia español se estaba pasando en sus actuaciones.

La unidad operativa tuvo que facilitarles una preparación especial a sus agentes. No era lo mismo espiar a Otegi y a los dirigentes de la izquierda abertzale en el País Vasco que ejecutar misiones en Francia sobre terroristas de ETA armados en las que se jugaban la vida.

La conjunción del espionaje masivo de las comunicaciones y la acción de los agentes operativos en Francia facilitó la obtención de información tan valiosa que hizo que la banda terrorista nunca supiera la razón por la que sus cúpulas militares y sus comandos iban cayendo uno tras otro en tan poco tiempo. Perdieron la guerra a manos del CNI.

(...)

Maletines de dinero para solucionar los problemas de la inmigración ilegal

Las fotos de 2006 y 2015 aparecidas en numerosos medios de comunicación reflejaban situaciones distintas y distantes.

El presidente Mariano Rajoy se desplazó a Senegal, a principios de mayo de 2015, para visitar a los militares y guardias civiles destinados allí para combatir la inmigración ilegal. En el puerto de Dakar los tripulantes de los dos barcos españoles le explicaron cómo día tras día, junto a sus colegas senegaleses, se dedicaban a impedir la salida de embarcaciones ilegales hacia Canarias. Junto a ellos, en el mismo Dakar, un avión Hércules del Ejército del Aire prestaba apoyo en una operación más enfocada hacia la lucha contra el terrorismo yihadista. Rajoy se entrevistó también con el presidente del país Macky Sall y posaron para una foto que hablaba de la buena relación de España con algunos países del África subsahariana.

Nueve años antes, la situación era bien distinta. En los inicios de su mandato en 2004, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero se encontró con riadas incontrolables de inmigrantes subsaharianos que llegaban a España en cayucos y pateras, transportados por peligrosas mafias sin ningún respeto por la vida de sus pasajeros. El problema se desbordó y hubo que montar un dispositivo especial para ponerle coto. La vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega dirigió una operación con el protagonismo del Ministerio de Asuntos Exteriores, que necesitó el apoyo imprescindible del servicio secreto, con su director Alberto Saiz a la cabeza.

Entre otros países, Senegal fue uno de sus principales objetivos. Una gran parte de las embarcaciones ilegales que transportaban inmigrantes sin papeles procedían de sus costas, en las que las mafias actuaban con total impunidad gracias a que tenían comprados a los funcionarios que debían impedirles actuar.

Había que convencer a las autoridades senegalesas de que colaboraran, lo que requería darles algo a cambio. Los diplomáticos de Exteriores les prometieron dinero para el desarrollo del país y medios militares españoles que ayudaran a las tropas locales para llevar a cabo la vigilancia necesaria para evitar la salida de cayucos.

Esta historia de cooperación que permitió solucionar problemas internacionales tiene una parte oscura que se desarrolló en las alcantarillas del poder en Senegal. La imagen pública de 2006 fue la firma del primer pacto de colaboración en temas de seguridad entre los dos países, rubricado por parte senegalesa por su ministro del Interior, Osman Ngom, y por parte española por el director del CNI Alberto Saiz. La presencia del secretario de Estado español no fue una casualidad, ni viajó al país para perder el tiempo en un acto protocolario que podía haber ejecutado el colega que lo acompañaba, el director general de la Guardia Civil Joan Mesquida.

Antes de llegar al momento de la firma, el jefe de los espías había mantenido una discreta reunión, a la que había acudido con un maletín procedente de los fondos reservados del CNI. Fue Saiz con su diplomacia secreta el que abrió los candados simbólicos para que en Senegal aceptaran la colaboración española. Y fue Saiz el que
llevó a cabo personalmente esa diplomacia plasmada después en una foto. El resultado exitoso de esas medidas «de cooperación» se visualizó en 2015 en otra imagen, la del presidente Rajoy con su colega senegalés, disfrutando de unas perfectas relaciones bilaterales.

Esta operación de lucha contra el tráfico de personas que transportaba en condiciones inhumanas a inmigrantes hasta Canarias o cualquier otro punto de la costa española costó a los tres agentes del CNI desplegados en Senegal más de un serio disgusto. Ejecutaron su trabajo con una calidad tal que destaparon las claves del tráfico de personas, a los responsables de las mafias y sus conexiones con las autoridades locales. Un trabajo impresionante cuya autoría no tardaron en descubrir los jefes mafiosos perjudicados por el acuerdo entre los Gobiernos de Senegal y España. El yerno del que fuera director de la Guardia Civil, José Antonio Sáenz de Santamaría, fue amenazado de muerte y su vida corrió un peligro real. Aprovechó la visita de su director para recordarle cuál era la situación que vivía como represalia por el buen trabajo que habían efectuado. Pocas semanas después fue trasladado. Los otros dos agentes allí destinados tuvieron que esperar hasta finales de año para escapar de aquella tormenta desbordaba que también amenazaba con ahogarlos a ellos.

En aquellos años, el CNI había montado varias operaciones en diversos países de África para obtener todo tipo de información, pero especialmente la referida a la inmigración ilegal. Una de ellas se la habían encargado a David Vidal, un civil que ya colaboraba con la Policía y que era especialista en informática. Vidal, que conocía bastante bien África, montó una red de colaboradores locales en países como Mauritania, Guinea o Marruecos, que le facilitaban todo tipo de información sobre plantaciones y tráfico de drogas, problemas religiosos y tráfico de personas. Esta red funcionó durante diez años, encabezada por este agente oscuro, al que el CNI impartió instrucción específica sobre cómo conseguir fuentes y cómo convencerles para que lo ayudaran. Siempre que viajaba por cualquier país utilizaba en las aduanas su pasaporte auténtico, aunque para moverse por las ciudades o pueblos enseñaba otros pasaportes que se había agenciado con identidades falsas. Siempre tuvo claro que, a pesar de usar pistola en algunas ocasiones o contratar a guardaespaldas por precios baratos, lo importante para sobrevivir en África era no estar más de tres días en la misma localidad, porque cualquier tapadera que usara terminaba perdiendo su efecto en ese tiempo. Su ayuda fue uno de los elementos destacados para el CNI de cara a controlar el problema de la inmigración ilegal.

El director Saiz montó una División para ocuparse de la inmigración que sigue siendo muy activa en estos momentos. Desde siempre, el servicio secreto ha promovido el acercamiento a los inmigrantes asentados en España para buscar casos en los que su ayuda pudiera resultar útil. Los más afectados son de países africanos como Marruecos o Argelia, para los que obtener la residencia o la nacionalidad española siempre es un sueño cuando consiguen entrar en el país.

Desde la década de los años 80 y hasta ahora, el CNI hace informes sobre extranjeros que solicitan la nacionalidad, que posteriormente los jueces encargados de tomar la decisión los unen a expedientes en los que ya figura otro procedente de la Policía. Esos informes son determinantes casi siempre.

Esta ayuda a la Justicia es de gran utilidad para La Casa, porque les permite a cambio recibir información privilegiada sobre extranjeros que quieren ser españoles y les facilita una vía oficial para ponerse en contacto con ellos abiertamente cuando consideran que pueden ayudar. Si se da el caso, agentes del CNI intentan captarlos ofreciéndoles la nacionalidad, eso sí, siempre que les pasen datos sobre sus compañeros más radicales de mezquita, sus teléfonos, profesiones... En algunas ocasiones, los afectados se niegan en redondo y ante la presión de los agentes para que acepten, acuden a la Policía para denunciarlos, aunque la efectividad real es casi nula.

La División tuvo que ser reforzada cuando estalló la crisis de refugiados procedentes de Siria, pues no daba abasto. El Gobierno decidió acoger a 15.000 refugiados y encargaron al CNI que revisara una por una todas las peticiones y diera su visto bueno antes de que llegaran a España.

Para hacer el informe, tarea que el resto de países de la Unión Europea también encargaron a sus servicios secretos, los espías decidieron colaborar entre ellos para compartir datos disponibles sobre los peticionarios de refugio. Datos que llegaron al Centro de Inteligencia Contra el Crimen Organizado, al que pertenece el CNI, y cuya base de datos analiza a cualquier solicitante para que no se les cuele un solo terrorista yihadista.

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