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Entre Madrid y el cielo

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Entre Madrid y el cielo

Entre Madrid y el cielo

Desde la cuna a Madrid, de Madrid al cielo y entre medio, tejados; y en los tejados, tejas, deshollinadores, violinistas, chimeneas, buhardillas, gatos y también guerreros, ángeles, la guardia vigilante de Minerva o la sensación de acechar, desde sus azoteas y miradores, a una ciudad que no se da tregua.

Pocos conocen las atalayas urbanas desde las que Madrid se rinde a los pies del observador, que son numerosas y que, debido a su anonimato, más parecen un secreto de las guías de viaje que un recurso para el enamorado que quiere sorprender o el oficinista agobiado que necesita un poco de aire.

Muchos de estos miradores son gratis, para llegar hasta otros hay que pagar y para la mayoría hay que subir escaleras o, si hay suerte, coger el ascensor, especialmente útil en el caso del Faro de Moncloa, que reabrirá sus puertas a finales de marzo, según ha anunciado hoy la alcaldesa de Madrid, Ana Botella.

Quizá el más conocido de todos, especialmente por los turistas, sea la terraza del Ayuntamiento de Madrid, antiguo Palacio de las Comunicaciones, que día a día recibe la visita de los curiosos que quieren ver cómo luce la diosa Cibeles desde tan arriba.

Los lunes tienen fiesta y el espacio no está a disposición para los curiosos, que pueden acercarse hasta la octava planta de este emblemático edificio madrileño el resto de días por dos euros los mayores de edad y cincuenta céntimos los niños menores de 12 años.

Tejados, cúpulas, atardeceres y el cielo de Madrid figuran en el menú de este balcón que permite disfrutar del centro de la capital sin que nadie desde abajo repare en ello.

Bien conocido por los fotógrafos, el vallecano Cerro del Tío Pío -enmarcado dentro del parque conocido popularmente como "de las siete tetas"- ha dejado algunas de las mejores fotos panorámicas de Madrid. Lo mejor, que es gratis.

Una maraña de edificios de la que sobresalen rascacielos, las torres Kío a la derecha y al fondo, majestuosa, la sierra nevada, constituyen un instante de los que puede grabar cualquier retina desde una de estas colinas del sur de Madrid.

Si cambiamos de colina o simplemente giramos la cabeza, el Pirulí con fondo de Cuatro Torres y atardecer sobre capital en invierno deslumbra, pese al frío, al visitante, que desde esta antigua escombrera reconvertida puede redescubrir un Madrid para muchos desconocido por cotidiano.

También habitual es pasear por la calle Alcalá sin detenerse en mirar hacia arriba donde, vestida para la guerra, con escudo y lanza en mano, la diosa Minerva vigila desde la azotea del Círculo de Bellas Artes, justo a la derecha del ángel del Edificio Metrópolis y unos edificios más allá del titán que custodia desde su carro de caballos el edificio del Banco de Bilbao.

Quizá este lugar guarde las mejores vistas de Madrid, especialmente cuando cae la noche y la Gran Vía resplandece multicolor, mientras al otro lado brilla la Puerta de Alcalá, estampa que se puede adquirir al precio de tres euros, lo que cuesta subir a la azotea.

Otro clásico para los visitantes es el Teleférico, desde donde aseguran que Madrid se ve diferente, así como sus emblemas, como el Ministerio del Aire, el Templo de Debod, los rascacielos de la Plaza de España, la Casa de Campo, el Palacio Real y sus jardines, la catedral de La Almudena, la Iglesia de San Francisco el Grande o las Cuatro Torres.

Con la llegada del verano, la Casa Encendida quita el candado de su terraza donde, además de poder contemplar Madrid desde el mirador del centro cultural, también se ve cine o se puede disfrutar de buena música en un entorno sofisticado y más alternativo.

Y como ya hemos explicado, por si la oferta parecía escasa, desde el próximo mes de marzo el Faro de Moncloa reabrirá sus puertas con el fin de atraer turistas -en lugar de barcos- para convertirse, con el tiempo, en un reclamo, como lo son otros miradores europeos como el London Eye.

Luis Quiñones Benavente, dramaturgo español, ya adelantó que el mejor camino para llegar al cielo pasa por Madrid, pero después de todo, quizá merezca la pena parar un momento y disfrutar de la capital desde sus terrazas, tejados, miradores y azoteas.

Enrique Delgado Sanz

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