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Piden justicia, con 300.000 firmas, para víctimas de la Loveparade alemana

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Piden justicia, con 300.000 firmas, para víctimas de la Loveparade alemana

Piden justicia, con 300.000 firmas, para víctimas de la Loveparade alemana

Los familiares de los 21 jóvenes muertos hoy hace seis años en la Loveparade de Duisburgo (oeste de alemania) han recogido 362.160 firmas para pedir justicia para las víctimas, a los que han recordado en una ceremonia marcada por el dolor y la rabia.

"Estar aquí es sentir de nuevo el hachazo en el pecho que recibimos cuando nos dijeron que Clara había muerto en una fiesta a la que ni sabíamos que había acudido", explicó a Efe Paco Zapater, padre de una de las dos españolas de 22 años muertas ese día.

Este abogado de Tarragona y su esposa Nuria, así como Faustino Acosta y su mujer, Agustina -los padres de Marta, de Cambrils, en esa misma provincia española-, acudieron un año más al lugar donde perdieron a sus hijas, el 24 de julio de 2010.

"Este año es incluso peor. Hasta ahora creímos que responderían ante la justicia alemana los responsables de la tragedia. En marzo supimos que no habrá tal juicio", cuenta, a su lado, su mujer.

La Audiencia de Duisburgo rechazó la acusación de la Fiscalía contra diez presuntos responsables de la organización, lo que impulsó a las familias a recoger firmas exigiendo un proceso.

"La iniciativa partió de Gabi (Müller), la madre de un muchacho alemán que, como nuestras hijas, murió aprisionado en la ratonera de ese túnel", prosigue la madre de Clara Zapater, en alusión al acceso al recinto para la macrofiesta donde se originó la tragedia.

Entre todas las familias de las víctimas se reunieron las firmas, que entregarán en la Audiencia Territorial de Düsseldorf para pedir que se atienda al recurso contra la decisión del pasado marzo.

Esto será mañana. Este domingo, los Zapater y las restantes familias se reencontraron en Duisburgo, algunas de ellas llegadas de lugares remotos -hubo víctimas de Australia, China, Italia y Holanda, además de las alemanas y las dos españolas-.

Como cada año, la ceremonia se celebró junto a la rampa por la que los jóvenes aprisionados trataron de huir de la trampa en que se había convertido el túnel, único acceso al recinto previsto para una fiesta multitudinaria, al quedar taponada su salida.

El monumento de acero, en forma de escalera, que se colocó en ese lugar el pasado año quedó completado este domingo por unas placas de cerámica, encargadas por las familias españolas en un taller de Madrid, con las fotografías de las víctimas.

Fue una ceremonia silenciosa, reservada a las familias, tras la cual se abrió el lugar a los ciudadanos para que depositaran flores, velas encendidas y otros recordatorios.

"No tengo palabras para decir lo que siento. Frustración, indignación, hasta ira", comentó a Efe Saskia, una alemana de 25 años, asistente a la fiesta hace seis años atrás, que no estuvo entre los más de 600 heridos ni perdió a nadie ese día, pero que como los padres de Clara y Marta no entiende que no se haga justicia.

La Audiencia de Duisburgo rechazó abrir juicio por considerar inconsistentes las pruebas presentadas por la acusación y entre críticas al informe elaborado por el experto británico Keit Still.

La decisión de no abrir juicio contra los diez acusados -seis empleados de la administración local de Duisburgo y cuatro responsables de la empresa organizadora- por homicidio imprudente y lesiones fue un golpe para las familias, también para Saskia.

La Fiscalía de Duisburgo, que está trabajando en una nueva formulación de la demanda, había presentado su acusación en 2014, tras más de tres años y medio de investigaciones, y argumentaba que hubo fallos tanto de planificación como en las medidas de seguridad.

A su juicio, los responsables debían haber sabido que la estrechez de las vías de entrada al lugar eran insuficientes para dar entrada a los 445.000 asistentes previstos, por lo que el evento nunca debería haber sido autorizado.

Duisburgo acogía ese año por primera vez la macrofiesta del tecno, nacida en Berlín más de una década atrás y que, tras haber alcanzado cifras récord de hasta un millón de cuerpos danzantes en la capital alemana, había entrado en cierta decadencia.

El entonces alcalde, Adolf Sauerland, vio en la fiesta una oportunidad de atraer visitantes a Duisburgo, una de tantas ciudades de la cuenca del Ruhr, antiguo corazón minero de Alemania, sin demasiados atractivos y más que endeudada.

La idea terminó en catástrofe, entre acusaciones por el cúmulo de negligencias de la organización.

Sauerland se negó a dimitir, pero dejó el cargo en 2012 tras un referéndum en que una amplia mayoría de sus conciudadanos se pronunciaron por su cese por su responsabilidad en la tragedia.

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