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Supervivientes del Holocausto combaten la soledad en un refugio antiaéreo

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Supervivientes del Holocausto combaten la soledad en un refugio antiaéreo

Supervivientes del Holocausto combaten la soledad en un refugio antiaéreo

Más de un centenar de supervivientes judíos de la barbarie nazi combaten la soledad y los malos recuerdos en un refugio antiaéreo de Jerusalén que ha sido reconvertido en club de ocio social para disfrute de una generación que comienza a desaparecer.

Situado frente a la residencia particular del primer ministro, Benjamín Netanyahu, el refugio que antaño sirvió a los vecinos que no disponían de uno propio en las guerras que libró Israel, es desde hace casi dos años un renovado punto de encuentro para quienes superaron la "Shoá".

Entre cánticos, flores y el encendido de velas en recuerdo a los seis millones de judíos fallecidos a causa de las políticas del Tercer Reich, decenas de ellos, oriundos de exrepúblicas soviéticas, rindieron esta semana un sentido homenaje a los que dejaron atrás, al tiempo que celebraron seguir vivos.

"Este centro es muy importante para no sentir la soledad. Cuando venimos aquí y vemos a gente, conciertos de niños y mayores, nos contamos historias y esto nos ayuda a sentirnos más activos y vivos", explica a Efe Faína Kentsis, de 76 años, originaria de la aldea de Belz, en Moldavia.

Esta farmacéutica jubilada residente en Israel desde hace 40 años asegura que, en general, los supervivientes "se las han arreglado muy bien", pese a que informes sobre su situación económica apuntan a que uno de cada cuatro vive por debajo del umbral de la pobreza.

Reconoce que la jornada declarada e 2005 por la ONU "Día Internacional del Holocausto" -que se celebrará el próximo lunes 27 de enero- genera en ella sentimientos encontrados, pues en las primeras décadas tras la guerra trataba de no pensar en ello.

"En el día del Holocausto me viene a la cabeza toda la familia que perdí. Es un 'Yom Kipur' más (jornada más solemne del calendario hebreo) en el que enciendo velas y se me hace difícil olvidar que salimos del gueto 30 y quedemos apenas cinco", señala.

Asociaciones, organizaciones y voluntarios tratan de paliar las a veces negligentes políticas de las autoridades para asistir a la última generación viviente de la tragedia en Israel, donde según un informe de 2013 residen 192.000, 37 de los cuales mueren cada día.

La Fundación para la Ayuda a las Víctimas del Holocausto en Israel calcula que en 2017 habrán muerto unos 40.000 supervivientes que actualmente viven en el Estado judío.

Por este motivo, el pequeño refugio reconvertido en centro comunitario y rehabilitado gracias a donantes evangelistas de EEUU intenta luchar contra lo ineludible, de ahí su nombre "Lehaim" ("por la vida").

Incrustado en un parque infantil, unas escaleras junto a las que una plataforma para minusválidos da pistas de la edad y dificultades de muchos para desplazarse, conducen a un espacioso habitáculo con agujeros para ventilar y enormes puertas blindadas con manivelas semejantes a las de los submarinos.

En las paredes abundan las fotos de reuniones, retratos de época, mapas de los campos de concentración e incluso banderas rusas con una estrella de David en el centro.

Tocado con una kipá, Baruj, quien logró escapar de los campos de Buchenwald y Bergen-Belsen, encendió de velas en la ceremonia celebrada esta semana

Acabada la parte solemne, en la que se recita una oración fúnebre en memoria de las almas caídas, un coro de mujeres y hombres entre los 70 y 90 años amenizaron el evento con nostálgicas y emotivas canciones en yidish, ruso y ucraniano a la manera en que sus antepasados solían hacerlo en aldeas judías de Europa central y oriental.

Perelmuter Eafim, de 76 años, dejó su Mijailovka natal en Ucrania con apenas 4 años y logró radicarse en Moscú. Emigró a Israel en 1992, a una edad en la que ya le era difícil aprender hebreo.

"Vengo a estas reuniones porque veo a gente y recordamos los momentos amargos juntos. Es mejor que estar solo", asegura a Efe antes de comenzar a relatar una larga historia sobre cómo tuvo que abandonar su pueblo mientras su madre trataba de hacerle callar para que sus gritos no les delataran a los oficiales alemanes.

Al concluir los cánticos, los asistentes rompen en emocionados aplausos y un grupo de escolares de primaria reparte flores a los congregados como símbolo de su lucha por la vida.

"Queremos que las nuevas generaciones conozcan nuestras historias para que no se vuelvan a repetir", resume Lilian Glazer, la responsable de la asociación de supervivientes de las exrepúblicas soviéticas en Jerusalén, "alma mater" del proyecto comunitario y una superviviente más.

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