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2016, el año en que el PSOE colapsó

Los socialistas han vivido doce meses de máxima tensión que acabaron con la dimisión de Pedro Sánchez y un partido divido que dejó gobernar al PP

El año comenzó con estupor por parte de los barones que vieron como el candidato pretendía llegar a Moncloa tras obtener los peores resultados de la historia

Javier Fernández, el hombre pausado elegido para pilotar el partido en este periodo, dilata la batalla por el liderazgo mientras espera que se calmen las aguas

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Pedro Sánchez dimite como secretario general del PSOE: "Ha sido un honor"

Pedro Sánchez en el momento en el que comunicó su dimisión públicamente. EFE

El PSOE ha hecho historia en 2016: empezó el año digiriendo sus peores resultados electorales, sometió a la investidura por primera vez a un aspirante a la presidencia que no había sido el más votado, el candidato fracasó también por primera vez y reeditó los peores resultados para el partido. En plena división entre quienes optaban por intentar gobernar de nuevo y jugársela en unas terceras elecciones y quienes abogaban por desbloquear la situación dejando gobernar a Mariano Rajoy, el PSOE implosionó: el secretario general se vio forzado a dimitir y una gestora controlada por Susana Díaz se hizo con las riendas. En el último trimestre, los socialistas dejaron que la derecha siguiera en el Gobierno y pugnaron por sacar rédito a su "oposición útil". La batalla por el relato y el liderazgo continúa, pero estos han sido los momentos más destacados en la vida socialista: 

La renuncia de Rajoy y el paso al frente de Pedro Sánchez. El año comenzó con división. Los barones veían con estupefacción que el secretario general pretendía gobernar con 90 diputados, pero no se atrevieron a evitarlo. Tras la renuncia de Rajoy a someterse a la investidura, Sánchez dio un paso al frente. Para evitar que los dirigentes territoriales le cortaran el paso antes de ofrecerse al rey, Sánchez anunció una consulta para que los militantes validaran cualquier acuerdo que lograra para llegar a Moncloa. 

El mes de febrero se dedicó a las negociaciones con tensiones fundamentalmente con Podemos, que tras ofrecerse a pactar a cambio de la vicepresidencia del Gobierno y varias carteras, se negó a sentarse en la mesa si estaba Ciudadanos. Albert Rivera y Pedro Sánchez cerraron el pacto de 'El Abrazo' con el que el candidato socialista se sometió sin éxito a la investidura. 

Pedro Sánchez junto a Pablo Iglesias en su primer encuentro tras el encargo del rey de formar Gobierno / Foto: Podemos

Pedro Sánchez junto a Pablo Iglesias en su primer encuentro tras el encargo del rey de formar Gobierno / Foto: Podemos

Dos meses de infructuoso tira y afloja. La investidura fallida de Sánchez abrió por primera vez en democracia el periodo de dos meses que la Constitución marca para que se pueda formar gobierno antes de repetir las elecciones. Hubo algunas conversaciones, sobre todo a última hora, pero inútiles. La batalla estuvo en el relato y en quién era responsable de la falta de acuerdo y las segundas elecciones. 

En clave interna, tras el intento inicial de los barones de  adelantar la batalla por el liderazgo para poder ir a elecciones con un nuevo líder, los socialistas decidieron posponer el congreso hasta que se resolviera la gobernabilidad. Sánchez tuvo el camino libre para sus segundas elecciones porque Susana Díaz volvió a echarse a atrás. La polémica estuvo servida a la hora de configurar de nuevo las listas.

Campaña contra el sorpasso y "salvados por la campana". La campaña electoral empezó por los suelos para el PSOE con una encuesta preelectoral del CIS que pronosticaba el sorpasso de Pablo Iglesias. Evitar el adelantamiento de Unidos Podemos permitió respirar a Sánchez, pese a empeorar los resultados (perdió cinco diputados y 100.000 votos). 

"Nos hemos salvado del sorpasso por la campana", advirtió la presidenta andaluza en una reunión del Comité Federal. En aquella reunión, los socialistas acordaron tres cosas que meses después se demostraron imposibles: mantener el 'no', quedarse en la oposición y evitar terceras elecciones. Los barones lo insinuaron, pero solo Guillermo Fernández Vara se atrevió a verbalizar que la solución pasaba por la abstención. 

Tensión ante la investidura de Rajoy, pero tregua por las vascas y gallegas. Sánchez se empeñó en rechazar la investidura de Rajoy, pese a las dudas que tuvo en verano sobre la posibilidad de que PP y Ciudadanos sumaran 170 escaños y se quedaran a seis de la mayoría absoluta. Entonces surgieron voces que emplazaron a que se abriera una reflexión tras el fracaso de Rajoy. Sánchez sorprendió en la investidura con un nuevo ofrecimiento a "las fuerzas del cambio" para volver a intentarlo. 

La propuesta le dio un par de semanas de aire durante la campaña de las vascas y gallegas, a pesar de que cada vez quedaban más claras las dos posiciones en el PSOE: los partidarios de intentar un gobierno alternativo y quienes se inclinaban por la abstención. Y justo antes de los comicios estalló la bomba: el plan de Sánchez era adelantar la batalla por el liderazgo mediante un congreso exprés que le diera vía libre. 

La explosión. Sánchez planteó ese congreso como una disyuntiva ante la que tenían que escoger los militantes: votarle para que mantuviera el 'no' o decantarse por quien se presentara contra él para defender la abstención. El planteamiento fue rechazado por los principales barones socialistas.

El mayor reto lo lanzó en una entrevista en eldiario.es: "Felipe González está en el bando de la abstención. Me gustaría saber en cuál está Susana Díaz". El entonces secretario general desafió a los críticos de la dirección invitándoles a que dimitieran si no compartían su proyecto sin esperar a tener la mitad más uno de los miembros -que es lo que fijan los estatutos para forzar la caída del líder-. 

Esa misma tarde Susana Díaz golpeó a Sánchez con 17 dimisiones que buscaban sacarle de Ferraz, pero aguantó acogiéndose a la literalidad de lo que marcan las normas del PSOE. Los siguientes tres días fueron de tira y afloja hasta el Comité Federal convocado para el 1 de octubre. 

Javier Fernández junto a los portavoces en el Congreso y el Senado, Antonio Hernando y Tini Areces

Javier Fernández junto a portavoz en el Congreso, Antonio Hernando Inma Aguilar (PSOE)

12 horas de Comité Federal para tumbar a Sánchez y Javier Fernández toma las riendas. La tensa reunión del máximo órgano de dirección del PSOE acabó, tras muchas horas de discusión entre las partes y desconcierto, con la dimisión del secretario general. Se llegó a recoger firmas para promover una moción de censura contra él, pero no fue necesaria su ejecución: finalmente se votó a mano alzada la propuesta de celebrar un congreso exprés y perdió. "Ha sido un honor y anuncio mi dimisión", expresó

Lo barones negociaron ya entrada la noche la composición de la gestora que asumió las riendas del PSOE con las mismas atribuciones que una ejecutiva al uso. Javier Fernández fue el elegido para presidirla y conducir a los socialistas hacia la abstención en la investidura de Rajoy. Fernández ha conseguido, además, ganar tiempo para que el congreso para revalidar el liderazgo se retrase lo máximo posible frente a quienes reclaman que se celebrara de inmediato. Será "antes de verano".

La abstención y la "oposición útil". Los afines a Sánchez trataron de poner resistencia a la abstención y, sobre todo, de evitar que el exsecretario general tuviera que decidir entre abstenerse o abandonar el Congreso. No tuvieron éxito. El 23 de octubre, en una nueva reunión del Comité Federal, el PSOE decidió que todo el grupo parlamentario  debía permitir el gobierno de Rajoy. 

Antonio Hernando se hizo cargo de defenderla para "decepción" de Sánchez, que se vio obligado a dejar su escaño in extremis. 15 diputados mantuvieron su rechazo a Rajoy, entre ellos los siete del PSC, con lo que se abrió la mayor crisis entre ambas formaciones en los últimos años. 

Los socialistas se esfuerzan ahora por demostrar que su abstención no supone que haya una "gran coalición" y tratan de mostrarse como "oposición útil" que consigue mejoras sociales, como la subida del salario mínimo o la prohibición de cortar la luz a familias vulnerables, y torcerle el brazo al PP. 

El Gordo la lía. El colmo para los socialistas llegó de la mano de la lotería de navidad. Algunos trabajadores, entre ellos el gerente y el director financiero, fueron premiados con el máximo premio por unos décimos que obtuvieron  en la administración en la que compraron todo el número al que juegan en Ferraz y en el que participan políticos, periodistas y militantes. 

El Gordo abrió una brecha en la sede socialista, donde cunde el malestar porque solo una docena de empleados se quedaran unos décimos que algunos consideran que deberían haberse repartido entre todos los trabajadores. La gestora no quiere más líos y se ha desmarcado de la polémica. 

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