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La llama del Islam sufí sigue muy viva en Marruecos

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La llama del Islam sufí sigue muy viva en Marruecos

La llama del Islam sufí sigue muy viva en Marruecos

El Islam popular de tradición sufí sigue muy vivo en Marruecos, y cada año miles de adeptos llegados de todo el país y hasta de Europa se acercan a la remota aldea de Madagh, en el este del país, para buscar la bendición de un anciano de 95 años venerado como educador y guía espiritual.

El jeque Sidi Hamza es el guía de la mayor cofradía de Marruecos, la "Qadiriya Butchichiya"; postrado entre cojines, recibe con paciencia a los peregrinos ansiosos por besar su mano, su cabeza o hasta sus pies en busca de la "baraka" o bendición.

Cada año, coincidiendo con la fiesta del nacimiento del Profeta, miles de personas llegan hasta la aldea y protagonizan en la sede de la cofradía una de las ceremonias religiosas más populares del país.

Madagh es este año un barrizal; pero ni el mal tiempo, ni la ausencia de comodidades y servicios han impedido que los "fukara" (pobres, como la cofradía llama a sus adeptos) rompan la quietud de esta pequeña localidad y dediquen varios días al recogimiento, la oración y la perfección espiritual.

"Es una bendición poder venir aquí donde hacemos un gran 'vacío interior' y palpamos la esencia del jeque" cuenta Eric, un ingeniero francés de 27 años que ahora se llama "Sufian" después de su conversión al islam hace tres años.

Decenas de voluntarios, marroquíes y europeos, garantizan el orden dentro y fuera de la sede de la cofradía, fundada a principios del siglo XX, pero la seguridad está reforzada por cordones de policías que tienen prácticamente sitiado el lugar e impiden el acceso a todo el que no lleve un carné de la cofradía.

Los actos festivos, que se celebraron durante toda la semana, culminaron en la noche del jueves; antes, en la mañana, se había clausurado un Congreso Mundial del Sufismo, organizado por el nieto del Jeque Hamza, profesor universitario en París, y al que asistieron ulemas y teólogos de varios países.

En la tarde, los discípulos, hacen fila con paciencia para acercarse al Jeque Hamza, maestro y guía espiritual, en pequeños grupos, y recibir su bendición. Cuando los hombres terminan, llega el turno de las mujeres, pero nadie quiere perderse su momento de comunicación con el guía.

El jeque, que heredó el "secreto espiritual" de su padre y que afirma que lo transmitirá en su testamento a su hijo Yamal, es considerado como el renovador y modernizador de la cofradía en los años setenta, al quitarle su carácter rural y primitivo y entroncarla en un país donde correspondía al Estado, y no a las cofradías, estructurar la vida de las gentes.

La ceremonia termina con la velada nocturna, cuando los adeptos se reúnen dentro de la gran mezquita -las mujeres en sala aparte- para leer en voz alta el Corán y entonar cantos religiosos sufíes que invocan el nombre de Alá y que llevan a los adeptos a un momento de intensidad al alcanzar un estado de éxtasis que exteriorizan con movimientos rítmicos de todo su cuerpo.

"Es un momento intenso, indescriptible", explica Uazani Taher, profesor universitario en Casablanca y adepto de la cofradía; según él, no se trata de un estado de inconsciencia o de abandono, sino más bien de un estado de espiritualidad profunda y tensa que se apodera de todo el cuerpo y que cada adepto lo exterioriza como puede.

El sufismo, muy implantado en Marruecos, en mayor medida que en otros países árabes, es una manifestación moderada del islam cuyo objetivo, según sus practicantes, es purificar el espíritu mediante la ayuda de un maestro "autorizado" a educar espiritualmente a sus discípulos.

Muy apegado a las tradiciones populares, el sufismo choca con el salafismo, más radical, que rechaza categóricamente los santuarios sufíes y el culto a la persona del jeque en nombre de un islam más uniforme y según ellos más "puro".

El portavoz de la cofradía, Lahcen Sbai, explicó a Efe que el sufismo no significa desvincularse de la vida mundana y ordinaria, sino más bien introducir la espiritualidad en la vida cotidiana, vivir esa espiritualidad en conexión con la vida exterior y en armonía con su vida profesional, social o familiar.

Por Fátima Zohra Bouaziz

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