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Las olvidadas matanzas cometidas por los surcoreanos en la Guerra de Vietnam

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Las olvidadas matanzas cometidas por los surcoreanos en la Guerra de Vietnam

Las olvidadas matanzas cometidas por los surcoreanos en la Guerra de Vietnam

El Ejército de Corea del Sur fue responsable de algunas de las matanzas más atroces de la Guerra de Vietnam, pero, a diferencia de las masacres perpetradas por su aliado estadounidense, apenas han recibido atención por parte de historiadores y medios de comunicación.

Un informe del Gobierno vietnamita después de la guerra cifraba en 5.000 las víctimas civiles a manos de surcoreanos, pero la investigadora Ku Su Jeong, que dio a conocer las masacres en su país a finales de los años 90, calcula que murieron 9.000 y que hubo unas 80 masacres.

La más sangrienta conocida fue la de Ha My, un pequeño pueblo del centro de Vietnam donde, el 25 de febrero de 1968, un grupo de soldados surcoreanos ejecutó a sangre fría a 135 personas, casi todos ancianos, mujeres y niños.

Nguyen Coi, un hombre de 72 años que aquel día perdió a su madre y su hermano pequeño, era en 1968 un joven guerrillero vietcong que pasaba los días escondido en un túnel cerca del pueblo y solamente salía por las noches.

"En el pueblo solo había mujeres, ancianos y niños. Los hombres debíamos ocultarnos y luchar en un bando u otro", comenta.

Recuerda cómo en enero de aquel año empezaron a llegar a la aldea soldados surcoreanos y cómo, tras las reticencias iniciales, se ganaron la confianza de los lugareños. "Los primeros días se portaron bien, daban dulces y galletas a los niños y a veces comida a los mayores. Por eso aconsejamos a la gente del pueblo que se quedara", relata.

Sin embargo, todo cambió el 24 de febrero de 1968, un día antes de la masacre, cuando los militares surcoreanos agruparon a los 150 habitantes del pueblo dentro de cuatro casas.

A la mañana siguiente, entre las 7 y las 8, los ejecutaron a todos y después quemaron las viviendas para borrar huellas. Coi oía desde su escondrijo los gritos, las ráfagas de disparos y las explosiones, seguidos de un silencio solo interrumpido por la voz de un niño de unos cinco años que llamaba a su abuela.

"Estaba escondido con otros seis vietcongs, pero no podíamos salir hasta la noche, aunque supiéramos que había pasado algo. Nos matarían a nosotros también", cuenta.

Los pocos que sobrevivieron lo lograron haciéndose pasar por muertos hasta que se marcharon los verdugos.

Una de ellas es Truong Thi Thu, una mujer de 75 años que en aquel día fatídico perdió a sus tres hijos: dos niños de 7 y 9 años y un bebé de tres meses.

"Dispararon en ráfaga, me dieron en los pies y el brazo", dice mostrando las cicatrices y el muñón que le dejó el pie derecho amputado.

Cuando prendieron fuego a la casa consiguió reptar hacia el exterior y esconderse bajo un árbol hasta que cayó la noche y llegaron Coi y sus compañeros.

El antiguo guerrillero, que en los años noventa fue alcalde de Ha My, intenta formar un relato estructurado y objetivo, pero su voz se quiebra y se va apagando cuando evoca el espanto que se encontraron aquella noche "en que ni siquiera había luna".

"Todo era horrible", musita. "Llevábamos todo el día sin comer nada y algunos compañeros se desmayaron al ver aquello".

Atendieron a los heridos, como Thu, a quienes llevaron en improvisadas camillas a un barco hospital alemán a diez kilómetros, y sacaron todos los cadáveres de las casas. La mayoría, quemados y sin familiares vivos, no fueron identificados.

"No pudimos enterrarlos a todos. Nunca encontré el cuerpo de mi madre", se lamenta Coi.

Al día siguiente, los coreanos volvieron y aplastaron los cadáveres yacientes con sus tanques, borrando cualquier esperanza de identificarlos.

"Cada familia con algún superviviente sabía el número de muertos que tenía y se repartían los cuerpos así, por cantidad, pero sin saber de quién eran", explica Thu.

Hoy, un monumento erigido en un cercano campo de arroz recuerda los nombres de todas las víctimas y todos los años se celebran homenajes a los que acuden turistas coreanos e incluso descendientes de quienes perpetraron la masacre.

Thu cuenta cómo hijos y nietos de aquellos soldados la han visitado para pedirle perdón. "Les digo que no guardo rencor a nadie. Nunca olvidaré las imágenes de aquel día, pero ya son pasado", dijo.

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