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¿Abogado o fiscal?

Atención: este artículo contiene spoilers sobre una película de hace veinte años. Además, si tiene una opinión predefinida sobre el caso Nóos, sin haber leído un solo folio del sumario, puede causar irritación y animadversión hacia el autor.

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Érase que se era un personaje de relevancia pública, al que se juzgó en base a una acusación popular. Un extraño sindicato, cuya única actividad conocida es interponer denuncias y querellas como quien reparte folletos publicitarios, ejerció dicha acusación, no sólo contra el criterio de la defensa, sino incluso de la propia Fiscalía, que no veía el delito por ninguna parte, y hasta enarbolaba la "doctrina Botín" para que no se celebrara el juicio. 

De hecho, el fiscal había remitido varios escritos al juez instructor del caso, instándole a archivar el asunto contra nuestro protagonista. Hasta llegó a afearle su conducta, considerando que se estaba excediendo en sus funciones de juez, dando demasiada cancha a una acusación infundada.

Dado lo mediático del asunto, una buena parte del público ya tenía su opinión formada, a través de los medios de su propia cuerda ideológica, y sin haber leído un solo folio del voluminoso sumario. Por ello, vituperaban la labor de este fiscal. ¿Como es posible -se preguntaban- que el fiscal actúe más como abogado defensor del acusado, que ejerciendo la acusación? Al fin y al cabo, para eso está, ¿no? Bien, hagamos un breve inciso.

En esto de las películas de abogados, hay escenas que a uno le marcan. En “Tiempo de matar” ( “A Time to Kill”, Joel Schumacher, 1996), el desenlace de la trama es una secuencia en la que el abogado defensor, Jake Brigance, interpretado por un joven y prometedor Matthew McConaughey, desgrana su alegato final. 

Se trata de un magistral ejercicio de manipulación emocional, tanto la que hace el letrado con los miembros del jurado, como la que opera el director de la cinta sobre los espectadores. Con una intensidad dramática creciente, Brigance pide a los miembros del tribunal que cierren los ojos, y después empieza a describir una trágica historia, la que ha empujado a su cliente a cometer el doble crimen por el que se ve acusado. No ahorra detalle, por truculento que sea, para situar en la escena a los que están a uno y otro lado de la pantalla. Y en el momento justo, cuando estamos todos en la piel de ese padre cuya hija pequeña ha sido secuestrada, violada y apaleada por dos garrulos racistas, da el coup de grâce: “Y ahora imaginen que es blanca”. El plano que cierra la secuencia es el de los ojos de los asistentes al abrirse de pronto, estupefactos. La siguiente escena muestra a otro niño, uno que sale del palacio de justicia gritando el veredicto: “¡Es inocente!”

A ese respecto, confieso haber empleado el mismo truco con ustedes. Porque, al igual que el jurado varón, blanco y de mediana edad, que mira con displicencia al abogado en el 0’26” del vídeo, habrán concluido que les estoy hablando de la infanta Cristina de Borbón y Grecia, y del papel del fiscal Pedro Horrach. Así que, ahora, imaginen que hablo de Baltasar Garzón.

Efectivamente, en las tres causas judiciales que hace algunos años pusieron contra las cuerdas al otrora mediático juez del mechón blanco, la Fiscalía del Tribunal Supremo mantuvo la misma postura: no había indicios de delito contra el magistrado. El resultado fue desigual, pues el asunto de los cursos sufragados por el Santander quedó archivado por prescripción del posible delito; las escuchas del caso Gürtel terminaron con su condena y posterior inhabilitación, y en la causa relativa a los crímenes del franquismo, fue absuelto. Desconozco quién llevó lo del Santander, pero me consta que en el asunto Gürtel el encargado era Antolín Herrero, fiscal de sala (el equivalente a magistrado del Supremo) y jefe de una de las dos secciones de lo penal. En cuanto al fiscal en lo de las fosas del franquismo, fue Luis Navajas, actual teniente fiscal del Supremo, o sea, el nº 1 del escalafón de la carrera, y entonces jefe de la otra sección de lo penal en la Fiscalía del Supremo. 

Si les recalco el currículum de los miembros del Ministerio Público, es para que quede claro que se envió a dos primeros espadas de la carrera, no al último becario. Y si esto ha de quedar claro, es porque lo más oído en las barras de los bares es que el aparato del Estado quería cargarse a Garzón, y que no ahorró esfuerzos en conseguirlo. Pues qué quieren que les diga, para no ahorrar esfuerzos, se mandó a lo más granado de la carrera, y éstos echaron toda la carne en el asador. No he podido encontrarles el tercer vídeo de la sesión de alegatos finales en el juicio de las fosas del franquismo, pese a que en YouTube está prácticamente la vista oral completa, porque justo falta esa última parte: la intervención de Luis Navajas, de la que cuentan las crónicas de la época que arrancó aplausos del público. Créanme cuando les digo que un fiscal hablando no es Messi regateando a medio equipo contrario para marcar un gol: no es algo que suela mover a las masas a la ovación.

Pero no nos perdamos en el pasado. No pretendo defender ni criticar la labor del fiscal anticorrupción de Baleares, Pedro Horrach, en la pieza separada del caso Nóos, porque la desconozco. Al igual que todos ustedes. No me he leído los setenta y pico mil folios de sumario, como sí que ha hecho él. Como han hecho, en realidad, todas las otras acusaciones personadas, particulares y populares, sin que ninguna haya encontrado motivos para acusar a Cristina de Borbón. Y mira que suele haber gente dispuesta a subirse a este tipo de carros, oiga. Tan sólo ese sindicato de funcionarios, del que no se tiene conocimiento alguno de su supuesta labor sindical, sostiene los cargos contra la hermana del Rey.

En suma, no voy a emitir opinión alguna sobre la labor de un fiscal en un procedimiento gigantesco, del que no tengo otra información que la publicada en prensa. Pero sí que voy a opinar sobre unos chascarrillos, lugares comunes o comentarios malintencionados, que ya me tienen un poquito sublevado, y son los referentes al papel de un fiscal defendiendo a un acusado, como si fuera su abogado.

Artículo 3º, apartado 4º, del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, referente a sus funciones: “Ejercitar las acciones penales y civiles dimanantes de delitos y faltas u oponerse a las ejercitadas por otros, cuando proceda.” 

Quédense con la segunda parte de la cita. Oponerse a las ejercitadas por otros, cuando proceda. Es decir, que si el fiscal considera que la acusación, particular o popular, no tiene razón en su persecución, se opondrá a la misma. Es decir, debe tomar el rol del abogado defensor, y posicionarse a su lado. Lo dice la ley, expresamente. No es la primera vez que se ve, como han comprobado con Garzón, ni sucede únicamente en casos de alto copete.

Así pues, desconozco las razones de la postura procesal del Ministerio Público en el caso Nóos, respecto a la infanta Cristina. Pero cada vez que oigo eso de "no parece un fiscal, sino un abogado", lo único que puedo pensar es quien lo dice no conoce mucho del trabajo de los fiscales. Al menos, fuera de las películas.

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