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Amidala y la colleja

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Una de las frases más recordadas de la olvidable trilogía de precuelas que George Lucas nos encajó a todos los nostálgicos de “La Guerra de las Galaxias”, es la que pronuncia la reina Padme Amidala, cuando el Senado Galáctico otorga poderes extraordinarios al Canciller Palpatine: “Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso”.

Algo parecido pensé en su día, cuando el Congreso de nuestro país aprobó, por unanimidad, la derogación del famoso inciso final del artículo 154 del Código Civil: “Los padres podrán corregir razonable y moderadamente a sus hijos”, y lo sustituyó por el muy políticamente correcto “ejercerán la patria potestad con respeto a la integridad física y psicológica de los menores”.

Bueno, quizás no fuera tan parecido, porque no es que la medida aprobada en aquella votación fuera equiparable a lo que sucede en la película. Lo que disparó el recuerdo cinematográfico fue ver a sus señorías en pie, aplaudiéndose a sí mismos, muy ufanos, como si acabaran de resolver de un plumazo el problema de la violencia contra los menores.

Por otro lado, mis reflexiones no fueron tan poéticas como las del personaje interpretado por la bella Natalie Portman. De hecho, es una suerte que, como cantaba Gabinete Caligari, el pensamiento no delinca, porque lo que me rondaba por la cabeza era como para acabar con la carrera política de un concejal de Podemos.

Recuerden, sólo hay dos motivos que lleven a nuestras cámaras legislativas a votar a favor de algo por unanimidad: el primero, será subirse el sueldo; el segundo… bueno, ya saben que la política es el arte de crear un problema donde no lo hay, y aplicar la solución equivocada.

Pero, pero… Esa reforma pretendía desterrar la última justificación del castigo corporal en el ámbito familiar que quedaba agazapada en nuestra legislación, me recordarán los bienpensantes.

Pues no. La agresión física a los menores, incluso la leve, ya estaba castigada como delito en el artículo 153 del Código Penal desde hacía años. Concretamente, desde la reforma que introdujo la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

Aquel viejo precepto del Código Civil, si para algo servía todavía era como límite para la intervención del derecho sancionador, que debe estar siempre presidido por el principio de ultima ratio, el último recurso de la Sociedad para luchar contra los comportamientos más reprochables. Sin embargo, en aquel entonces ya se escuchaban voces que consideraban que hasta la más suave de las collejas era un crimen, y como tal debía ser contemplada.

De entonces para acá, me he comido unas cuantas guardias, tanto en juzgados de instrucción como en la jurisdicción de menores. Y la verdad es que sí que he visto un cambio radical de la situación, aunque no la que previeron los padres de la Patria. He visto a padres y madres llegar detenidos por la policía, por sacudirle un azote a su rebelde vástago, probablemente desbordados ante el comportamiento del susodicho. El año pasado, en Alicante, un crío de trece años llegó a la una y media de la madrugada, después de estar de farra con los colegas. El padre, atacado de los nervios, le recibió con una bofetada. El menor se fue para comisaría, puso una denuncia, y el padre ha acabado con una condena de tres meses de prisión y seis meses de alejamiento, confirmada por la Audiencia Provincial.

¿Recuerdan a Toya Graham, la que fue bautizada como “madre coraje” de Baltimore? Indudablemente, si el suceso se hubiera producido en nuestro país, habría habido tribunas de prensa que hubieran clamado pidiendo que la Fiscalía actuara de oficio contra la maltratadora. Al menos, eso es lo que exige nuestro ordenamiento jurídico.

Sin embargo, esta semana he visto con mis propios ojos como un padre propinaba una colleja a su hijo de diez años, por el único pecado de criticar los comentarios de audio de un videojuego de deportes. Y encima, los presentes le reían la gracia. Sucedió durante la retransmisión de un partido de fútbol de Liga de Campeones, en el programa “Tiempo de Juego”, de la Cadena COPE, que también debía de tener streaming de vídeo, así que hay pruebas gráficas de la agresión.

No creo que en este caso la Fiscalía intervenga de oficio. Entre otras cosas, porque tendría que ser la del Tribunal Supremo, único competente para juzgar al Presidente del Gobierno. Porque el padre en cuestión no era un currito de a pie, de los que no importa que se pasen una noche entera en el calabozo, sino don Mariano Rajoy Brey.

No me gusta la reforma del 154 CC., y no soy el único. Ya en 2012, en un congreso de jueces de menores, se aprobó por mayoría una ponencia del mediático Emilio Calatayud, magistrado de dicha jurisdicción en Granada, que abogaba por el retorno de dicha norma. Y si de esto se han dado cuenta los jueces de menores, es por el aumento de las agresiones de adolescentes hacia sus progenitores, constantemente al alza. Uno de los factores que explica este fenómeno es la desaparición de cualquier asomo de autoridad paterna, laminada por reformas como la mencionada.

Pero ese es otro debate. Tenemos una legislación en vigor, que castiga hasta el más leve de los contactos físicos sobre un menor como violencia en el ámbito familiar, y esa ley debería de aplicarse a todos por igual. Pero, desde luego, nadie se plantea que el protagonista del incidente radiofónico se vaya a enfrentar a un procedimiento penal. No saquemos las cosas de quicio, ¿verdad?

En realidad, si les pongo este ejemplo, es por otros casos que llevo viendo desde hace tiempo, que están socavando profundamente la confianza con la que juré el cargo en su día. La firme creencia de que la Ley debía ser igual para todos, los más humildes y los más encumbrados.

Hace años, en una conferencia impartida por un destacado integrante de la Audiencia Nacional, se abrió un turno de preguntas a los asistentes, sobre alguno de los asuntos que estaban en aquel momento de actualidad en dicho tribunal. Y a mí, insolente aspirante en prácticas, se me ocurrió sacar a colación el asunto de la viñeta del oso Mitrofán, por la que se acababa de formular acusación contra los autores, aunque posteriormente serían absueltos.

Le planteé al ponente que, si era algo tan reprochable una viñeta en la que se hacían ambiguas referencias sobre la afición del monarca a las cacerías y a las bebidas espirituosas de alta graduación, a qué narices estaban esperando para ponerle proa a Federico Jiménez-Losantos. Al fin y al cabo, el lenguaraz locutor radiofónico estaba batiendo todos los registros de agresividad verbal en sus ataques contra el gobierno de Zapatero, salpicando de paso a la Casa Real. Recordemos que las injurias y calumnias contra la Corona son delitos perseguibles de oficio, y cuyo conocimiento corresponde en exclusiva a la Audiencia Nacional.

La respuesta me dejó con ciertas esperanzas: “Puede que sea el próximo”. Si llego a quedarme esperando sentado, a estas alturas estaría como la mujer de la canción de “En el muelle de San Blas”.

Y todo esto me vuelve a la memoria, cual magdalena de Proust, cuando el mismo vocero carga contra este medio desde el que les escribo, acusándonos de ser “la izquierda que dio el golpe del 11M”. Y como dice el blanco de sus invectivas, Nacho Escolar, no pasará nada.

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