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Estadísticas criminales

Me encanta el humor inglés. Dicen los británicos que la estadística es esa ciencia, según la cual, el ciudadano medio tiene un seno y un testículo. Sin llegar a tanto, el problema de manejar las estadísticas como arma es el mismo que en las películas de acción hollywoodienses: todo el mundo dispara, pero nadie se preocupa del cargador. El origen de los datos que, como balas, alimentan la máquina es la clave

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Llega a los juzgados de Ourense el acusado del crimen de un septuagenario

Policías trasladan a los juzgados de Ourense al presunto asesino de un anciano.

Cuando se debate sobre la mayor o menor dureza del sistema penal español, surge invariablemente un mantra: tenemos una de las tasas de criminalidad más bajas de los países de nuestro entorno. Lo comentaba, hace no mucho, aquí mismo, Ignacio Escolar, en unas excelentes reflexiones sobre la pena de prisión en España. Casualmente, esa misma semana publiqué algo que iba en la misma línea, porque en mi humilde opinión, los delitos de la escala inferior del Código Penal están castigados con penas de prisión desproporcionadas.

La frase en cuestión tiene un sólido origen basado en datos: Eurostat, la oficina estadística de la Comisión Europea, que ofrece tablas comparativas de los países de la Unión en cuestiones como ésta. Sus resultados parecen inapelables. En España se cometieron cerca de 2.300.000 delitos en 2010.

Parecen muchos pero, con nuestros 46 millones de habitantes, realmente son pocos para lo que tenemos alrededor: Alemania, que no llega a duplicarnos en población, tuvo casi el triple de delitos, casi seis millones; Holanda, con un tercio de nuestra población, tuvo un 1.200.000 delitos, tan sólo la mitad que nosotros.

Si nos vamos al detalle, a los crímenes más horrendos, nuestras cifras son proporcionalmente parecidas a las de los países con menor delincuencia: 690 homicidios en Alemania, 401 en España, 144 en Holanda. Comparativamente, Polonia tuvo treinta homicidios más que nosotros en el mismo periodo, con ocho millones de habitantes menos. Si hilamos todavía más fino, Berlín parece más peligroso que Madrid, con 41 homicidios en 2010 frente a los 28 de la capital española; ambos se mueven lejos de Atenas, con 82 muertes violentas en el mismo periodo.

Lo dicho, parece que estamos en la senda buena. Salvo por las estadísticas de presos, claro está. Con nuestros setenta y pico mil internos en instituciones penitenciarias, somos la vergüenza de Europa, un auténtico país-prisión.

Así que, como ven, cuando les hablaba la semana pasada de espacios de impunidad en delitos de poca monta, estaba exagerando. La cagué, en la gráfica expresión de un comentarista. ¿O no?

Quizás haya algún error por algún lado. Al fin y al cabo, la percepción de los que trabajamos en esto no es precisamente tan beatífica. Aunque uno no puede fiarse de los sesgos de percepción, ya saben, objetividad y todo eso.

Así que volvamos al cargador. A los datos que nutren la picadora de estadísticas, que para Eurostat, en el caso de España, provienen del Ministerio del Interior. Es entonces cuando uno, en su candidez, se da cuenta de que hay una ausencia clamorosa. Como en los capítulos de CSI, cuando la mancha de sangre producida por el crimen tiene un gran hueco, un espacio vacío que tuvo que estar ocupado por algo.

En nuestro caso, el hueco son las policías locales. Por estas cosas de la vida, los datos que maneja Interior son los proporcionados por Policía Nacional, Guardia Civil, cuerpos autonómicos de policía..., y punto. No hay datos de administraciones municipales.

Sin embargo, hay un mar en el que, parafraseando a Jorge Manrique, confluyen todos los ríos de la denuncia de hechos delictivos: los juzgados. Allí acaban los atestados presentados por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, incluyendo las municipales. También las denuncias presentadas por los particulares, directamente, en los juzgados de guardia.

¿Dónde podemos encontrar una estadística que aglutine todos esos datos? No en el Ministerio del Interior, desde luego, ya que queda fuera de su competencia. Tenemos que acudir al órgano encargado de elaborar la estadística delictiva: la Fiscalía General del Estado, en su memoria anual, donde recoge los datos de todos los órganos judiciales del orden penal en España.

¿Y qué nos dice la memoria? Por mantenernos en el mismo año en el que existen estadísticas comparativas con el resto de países europeos, vamos a quedarnos en los datos de 2010. ¿Recuerdan esos dos millones y pico de delitos? Vale. Pues en la memoria de la Fiscalía General del Estado son 4.260.000. Sólo en diligencias previas, el procedimiento más común. Añádanle 215.000 más por diligencias urgentes. Nos estamos metiendo en cuatro millones y medio de delitos. Números globales similares a Francia o Italia. Con la sutil diferencia de que hay casi veinte millones más de franceses, y unos quince de italianos.

Pero, claro, dirán ustedes, los números globales no lo son todo. Lo que da la temperatura de una sociedad son los delitos violentos, los homicidios... ¿Recuerdan los 401 homicidios de 2010? Según la memoria de la Fiscalía General del Estado fueron 2.235. Caramba. Pero pongámonos exquisitos, descartemos los homicidios por imprudencia grave, quedémonos con los intencionados: 1.331. A ojo de buen cubero, salimos a unos 2,9 por cada 100.000 habitantes. Lejos todavía de los 4,75 de los yanquis, pero también de esa idílica media europea de 1,3.

Hombre, podrán argumentar, lo que cuenta es la sensación en la calle, y las grandes capitales no son lo mismo. Por ejemplo, Madrid... 28 homicidios en 2010. Según la memoria de la Fiscalía, fueron 335, que son 215 si sólo contamos los intencionados.

Aquí, lo reconozco, hay un poco de trampa, porque los datos de la Fiscalía se refieren a toda la Comunidad Autónoma. En cualquier caso, o Alcobendas y otros municipios periféricos se han transformado en una sucursal de Ciudad Juárez o hay una pauta que se repite, y ésta es que Atenas y sus 82 homicidios parecen un patio de colegio al lado del rompeolas de las Españas.

Hablando de pautas, la que aparece constantemente es que la estadística criminal que mandamos a Bruselas tiene tanta fiabilidad como las pruebas de estrés que se hicieron a esta banca nuestra, orgullo del mundo civilizado, hace unos años. Y que los estándares internacionales los cumplimos con tanta fidelidad como a la hora de elaborar la Ley de Transparencia.

Quizá todos los demás países sean igual de chapuceros que nosotros y manden sus datos de criminalidad a Eurostat como les sale de las narices. Pero, si no es así, si una vez más somos la excepción, igual resulta que no vivimos en ese bonito cuento de paz y amor que nos están contando.

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