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Fallecimientos

Tuve el placer y el privilegio de coincidir en alguna ocasión con José Manuel Maza, debo decirles que lamentó profundamente su pérdida

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Muere el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, por una infección

Muere el fiscal general del Estado, José Manuel Maza, por una infección

Esta semana iba a dejarles un sentido homenaje al fallecimiento de don Gregorio Esteban Sánchez, aka “Chiquito de la Calzada”. Como ya saben, el humor es una parte fundamental de mi modo de entender la vida, y por ende, el Derecho, que es una parte esencial de la misma.

Pensaba ilustrar semejante obituario con la resolución que puso fin al pleito que enfrentó al gran renovador de la lengua castellana (y si no, a ver si me encuentran a alguien que haya aportado a la misma, en los últimos veinte años, tanto como el fistro diodenal que nació después de los dolores) con Florentino Fernández.

Ya saben, el caricato que empezó su carrera en “Esta noche cruzamos el Mississippi” realizando una especie de imitación-homenaje al maestro, creando personajes que surgían del surrealista universo de Chiquitistán. Efectivamente, mal aconsejado, don Gregorio interpuso una acción judicial que terminó perdiendo, derrota que aceptó con la grandeza que le caracterizaba.

La cosa versaba sobre una supuesta infracción de los derechos de propiedad intelectual de expresiones como “cobarde de la pradera”, “jarl” y “candemor”. Por desgracia, al haber quedado la cosa en un estadio inicial, no hay rastro de tal pronunciamiento judicial en las bases de datos de jurisprudencia, así que no he conseguido encontrar más que inexactas referencias periodísticas.

Así pues, ni siquiera he conseguido dilucidar si se trató de una querella que quedó archivada en fase de instrucción, o un juicio civil que terminó por sentencia desestimatoria de la demanda. En cualquier caso, tengo en mi memoria recuerdos de algunos pasajes de la resolución, que incluían chanantes razonamientos judiciales sobre la entidad de tales palabros para constituir obra original protegida por el Texto Refundido de Ley de Propiedad Intelectual. La verdad, cuando la Justicia debe entrar en cuestiones de ese jaez, con toda la pompa y ceremonia del lenguaje jurídico, el resultado resulta una oda a la comedia involuntaria. 

Sí que quedan testimonios como el del ínclito Pepe Navarro, que describía en una entrevista radiofónica la vista en sala, en la que un circunspecto juez tenía que aguantarse la risa mientras interrogaba a las partes sobre la cuestión litigiosa, diciéndoles trigo por no llamarles Rodrigo.

Sin embargo, de entonces para acá han sobrevenido otros dos fallecimientos que me han forzado a extender esta sección de necrológicas. Una de mis obras de ciencia-ficción de cabecera es “La voz de los muertos”, del denostado Orson Scott-Card (denostado por homófobo integrista religioso, que no por su extraordinario talento para la escritura), en la que el protagonista funda un credo basado en contar toda la verdad, y nada más que la verdad, sobre la vida de un fallecido, del que sus familiares requieren que glose su trayectoria. Por ello, no esperen encendidas elegías, ni furibundas catilinarias. 

La primera de las muertes ha sido sorpresiva, inesperada y trágica para todos los profesionales del Derecho. Se trata del Excelentísimo Señor don Jose Manuel Maza Martín, Fiscal General del Estado, y anteriormente magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. En su día, y ante los recelos que provocaba su nombramiento, le dediqué un artículo, reclamando el beneficio de la duda, al ser un jurista que había demostrado ser un verso suelto, poco dado al seguidismo ideológico. Lo cierto es que su política de nombramientos tras tomar posesión, al encontrarse con un buen número de plazas discrecionales pendientes de asignación, me decepcionó notablemente.

En realidad, vistas las mayorías existentes en el Consejo Fiscal, máximo órgano consultivo de la carrera en materia de nombramientos, poca cosa más podía hacer, pero lo cierto es que escogió para dos puestos clave, la Fiscalía de la Audiencia Nacional y la Anticorrupción, a dos personas que no parecían las más apropiadas. La primera, porque suponía descartar a alguien que había descollado en el ejercicio de su jefatura, y que, a pesar de contar con acérrimas críticas a su labor, resultaba ser un activo de valor incalculable.

De hecho, el mismo día que se publicaba su cese, era condecorado con la Legión de Honor francesa, la máxima condecoración que puede recibir un civil allende los Pirineos, por su labor al frente de la lucha antiterrorista. La segunda, porque el jefe que escogió para el órgano encargado de combatir la lacra de la corrupción parecía ser el fichaje más deseado precisamente por quienes tendrían que ser sus objetivos. Y eso, como cualquiera puede entender sin haber pisado una facultad de Derecho, no puede ser buena señal. 

Sin embargo, y dado que en lo personal tuve el placer y el privilegio de coincidir en alguna ocasión con José Manuel Maza, debo decirles que lamentó profundamente su pérdida.

En las distancias cortas era un tipo cercano, amable, y con una vertiente realmente divertida. Recuerdo que, recién adquirido por ambos el iPad de primera generación, los dos coincidimos en que una de las primeras aplicaciones que habíamos instalado era el juego “The Secret of Monkey Island”, que nos traía una ola de nostalgia de nuestro pasado de jugones. Y es que Maza usaba videojuegos como “Assasins’ Creed” para ilustrar a sus alumnos universitarios sobre conceptos jurídicos. De su altura como juez, creo que encontrarán glosa suficiente en otros artículos, de juristas de más alta alcurnia, y que tuvieron mucho más trato con él. Particularmente emotivo resulta el publicado en El Mundo bajo el título “Caballero del Derecho”, y firmado por Antonio del Moral, compañero que fue del finado en la Sala Segunda del Supremo.

Me hubiera resultado todavía más emotivo si, para realizar una comparación a sensu contrario de su carácter abierto, no hubiera utilizado el término “autista” como expresión peyorativa. Más que nada, porque esa figura literaria retrata más el desconocimiento sobre este trastorno de quien la usa, que a aquellos que son así calificados.

El tercer fallecimiento noticioso de la semana nos lleva al lado opuesto del espectro jurídico. Del juez y fiscal que busca lo mejor para la sociedad, a quien durante décadas ha representado el mal en su expresión más pura.

Estoy hablando, por supuesto, de Charles Manson, un icono de la cultura contemporánea, hasta el punto de que un músico de rock adoptó el nombre de pila artístico de Norma Jeane Baker, Marilyn, unido al apellido del interfecto, al considerarles dos figuras claves de la historia reciente de los Estados Unidos. Al margen de la controversia histórica sobre su verdadera participación en los crímenes por los que fue condenado, o del uso que hizo el gobierno yanqui de su imagen para demonizar a una parte del movimiento contracultural de la época, los hippies de finales de los sesenta, la verdad judicial sobre Manson es única y pacífica: como cerebro de un grupúsculo de fanáticos seguidores, conocidos como “La Familia Manson”, instigó el asalto a una vivienda de clase alta, en la que entre otras personas, se encontraba la actriz Sharon Tate, en avanzado estado de gestación del hijo que esperaba con el director Roman Polanski. La intérprete de obras como “El baile de los vampiros” participaba en una cena con amigos, y todos ellos fueron masacrados sin piedad. Se cebaron especialmente en la embarazada, a la que cosieron a puñaladas, escribiendo la palabra “Pig” (“Cerda”) en las paredes con su sangre. Corría el año 1969.

Ahora, sólo quiero que piensen una cosa: con la legislación penal existente en España, semejante elemento, quien jamás se arrepintió de sus crímenes, llevaría décadas en libertad. Concretamente, con el Código Penal del 73, hubiera salido a la calle antes de que un servidor de ustedes hubiera ingresado en la universidad. Sin embargo, ha muerto un 20 de noviembre de 2017, sin haber salido de presidio más que para ir al hospital, y en semejante confinamiento no ha podido hacer daño a nadie más. Después de reflexionar reposadamente sobre eso, piensen si es tan mala idea contar con una institución como la prisión permanente revisable para estos casos extremos. 

Sobre todo, acuérdense de estas líneas dentro de no muchos años, cuando alguien como José Bretón salga de prisión con unas sesenta primaveras, y toda la jubilación por delante. 

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