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Mientras escribo, todavía colea el escándalo de uno de los consellers de la Generalitat que están de visita turística en Bruselas, mientras les espera una requisitoria ante el Tribunal Supremo.

Toni Comín, que así se llama el premio Nobel, al parecer es usuario de una sofisticada aplicación llamada Signal. Lo que hace ésta es sustituir el envío de SMS por mensajes cifrados, que ni SITEL sería capaz de descifrar, ya que éste sólo es una conexión a lo que pasa en claro por las redes de las operadoras de telefonía. Igualmente, proporciona cifrado para conversaciones telefónicas y videollamadas, en una capa adicional al cifrado 4G, por lo que sería invulnerable también al sistema de escuchas telefónicas autorizadas por orden judicial.

Pues bien, el muchacho se ha puesto a chatear con su conmilitón Carles Puigdemont, sin apercibirse de que la cámara de televisión de un reportero, instrumento poco aparatoso y discreto donde los haya (aviso: sarcasmo) le estaba grabando. ¿Resultado? Todos hemos visto los mensajes, aparentemente derrotistas, sobre el final del “procés”.

Pero esto es España, así que todo es susceptible de mejorar. Al poco, el susodicho, recordemos, pendiente de cumplimentar una citación como investigado en una causa penal ante el Tribunal Supremo, tiene los santos bemoles de denunciar que es víctima de un delito. 

 

Por el mismo precio, confirma que los mensajes son auténticos, no un burdo montaje. Pero como siempre, “están sacados de contexto”. Efectivamente, siempre hay un contexto. El contexto es que están en medio de un acto público, lleno de público, rodeados de reporteros gráficos y cámaras de televisión. Es decir, falta lo que la sentencia de la Corte Suprema estadounidense Katz vs. USA, de 1967, bautizó como “expectativa razonable de privacidad”. Es decir, encontrarse en una situación en la que uno tiene la sensación de que nadie más que tú puede escuchar o ver lo que haces, dices, lees o tecleas. Sería completamente distinto de estar en una situación en la que eres plenamente consciente de que te pueden observar y grabar.

Como ejemplo perfectamente gráfico de este concepto estaría el de Elsa Pataky, realizando un reportaje de fotos para la revista "Elle", en la que aparecía de espaldas, en topless. Se fueron a un exclusivo resort de la Riviera Maya, en un mes fuera de temporada, para garantizar que la playa estuviera desierta, e incluso una ayudante estuvo pendiente de que no se viera más carne de la indispensable para las fotos contratadas.

Pero un reportero de la desaparecida revista Interviú, armado con un teleobjetivo, se situó en el contraplano de los fotógrafos legítimos, y tomó instantáneas de los pechos desnudos de la actriz/modelo/influencer, sin su conocimiento ni consentimiento. Tras muchos dimes y diretes, el Supremo condenó a las publicaciones que mostraron las fotos hechas a traición. Pero ojo, todo esto se dilucidó siempre en vía civil, en un procedimiento de defensa del derecho al honor, la intimidad y la propia imagen, no como delito tipificado en el Código Penal, que es lo que pretende Comín.

En cualquier caso, esto no trata de fotografiar a una mujer desnuda, a traición, querido Toni. Esto son mensajes sobre una situación política, que según reiteradas sentencias del Tribunal Supremo, a las que ya he aludido en otras ocasiones, no pertenecen al núcleo de la intimidad que tutela el artículo 197.1 del Código Penal, en base a la que terminé por bautizar como “doctrina Sálvame”. O sea, si el material obtenido es susceptible en aparecer en programas de casquería informativa, es delito. Si no, pues no.

En cualquier caso, es solo una opinión, y como dijo Harry Callaghan, es como cierta parte del cuerpo de Elsa Pataky que sí iba a aparecer en el reportaje pactado: todo el mundo tiene una.

Así pues, estás en tu perfecto derecho de ejercer acciones penales contra los muñidores de la violación de tus derechos. Te indicaré el procedimiento: te coges un avión de Bruselas a España, te bajas en la terminal que te toque, y te diriges al primer agente de las fuerzas del orden que encuentres, sea Guardia Civil o Policía Nacional. Una vez te identifiques, te conducirán sin tardanza a comisaría. Probablemente esposado, porque, ya sabes, eres un prófugo y tal. 

Pero no te preocupes, una vez te hayan leído tus derechos y el juez Llarenas te haya interrogado, podrás interponer tu denuncia. Porque el artículo 197 del Código Penal, en eso, es taxativo: este tipo de delitos son de los llamados “semiprivados”, es decir, requieren previa denuncia del perjudicado. Sólo hay una excepción: los funcionarios o autoridades en el ejercicio de tu cargo. Y tú, estimado Toni, no has tomado posesión de tu acta de miembro del Parlament, y fuiste cesado en aplicación del artículo 155 de la Constitución. Así que eres un ciudadano corriente, y te toca pasar por comisaría. Imagino que, en un equilibrio coste-beneficio, te sale más a cuenta quedarte en Bruselas. Y de paso, pedir la extradición de Ana Rosa. Aunque sólo sea para echar unas risas.

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