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Precios y libertades

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Hace bastantes años, coincidí en una cafetería universitaria con un joven político, que ahora es muy reclamado por ciertas televisiones, y considerado una de las esperanzas de renovación de su partido. En aquel entonces, era un simple concejal de la oposición, que compaginaba plenos de ayuntamiento de pueblo con clases de Derecho. Sin embargo, ya en aquel entonces tenía que ir acompañado, a cierta distancia, por dos escoltas. 

En aquella ocasión, tomando café con varios alumnos y alumnas de la facultad, escuché a una de ellas, despectivamente: "Me siento amenazada por su presencia". Le pregunté a qué se refería, y me señaló a los dos escoltas acodados en la barra del bar, intentando disimular con tanto éxito como un cura en un prostíbulo. 

"No debería permitirse que haya pistoleros armados en un campus universitario", aseveró. Me mordí la lengua, porque el pensamiento que cruzó mi cabeza fue de los que no se reproducen en horario infantil. En aquel sacrosanto campus, cuya virginidad tanto preocupaba a mi interlocutora, un grupo de apoyo a un comando de ETA había estado realizando seguimientos al político del que les hablo, uno de los últimos pasos previos al asesinato. Político y compañero de clase, por cierto, de la pacifista ofendida, que lo sabía perfectamente. Al parecer, que una persona amenazada de muerte tuviese que tomar ese tipo de precauciones era incompatible con su libertad individual y su paz de espíritu.

Idénticos sentimientos me invaden, años después, cuando leo algunas de las reacciones a la noticia sobre la detención de cuatro presuntos aprendices de yihadista en Ceuta,  hace unos días. Si digo aprendices es porque todavía no habían consumado ningún acto terrorista, y se les detuvo en una operación preventiva. Y esto parece escandalizar a alguna gente, a la que, además, se lo ponen en bandeja circulares internas como la publicada por este medio. Parece que tomar medidas para evitar males mayores es algo terrible, algo bochornoso o digno de mofa.

El documento de la brigada de información de Sevilla reúne una buena colección de despropósitos, como menciones al origen nacional de un posible sospechoso y la forma de tratarlo, pero lo cierto es que no conviene confundir dos o tres conceptos que habría que tener bien claros. Como son las diferencias entre las unidades policiales de información y las de policía judicial

La policía tiene diversas funciones, y no está de más distinguirlas, porque sus directrices son diversas. En este blog estamos muy acostumbrados a hablar de las unidades de policía judicial, las que tienen como finalidad la averiguación del delito y la identificación del delincuente, a las órdenes del juez de instrucción y, en su caso, del fiscal. En muchos países civilizados, estas unidades forman un cuerpo separado del resto de fuerzas policiales, orgánicamente dependiente de las autoridades judiciales, no del Ejecutivo. En España no, faltaría más. 

El caso es que estas unidades de policía tienen como función la investigación de hechos delictivos ya cometidos, de los que aparezcan indicios fundados. Es decir, no pueden realizar investigaciones prospectivas, de las que otras veces hemos hablado por aquí: no vale “tirar la caña, a ver qué sale”. Es una consecuencia inseparable del funcionamiento del propio proceso judicial al que está orientada su actividad policial: una investigación judicial no se pone en marcha porque “seguro que algo hay”. Tiene que estar claro que existe un hecho con caracteres de delito, y a partir de ahí se intenta obtener evidencias que aclaren cómo se cometió y, por supuesto, quién lo hizo. Por supuesto, en el ejercicio de estas facultades, no manejan como herramienta de trabajo los criterios raciales o étnicos.

El caso es que otras ramas de la policía actúan con una óptica y un campo de acción mucho más amplio que la judicial, aunque sigan sujetos a las normas de un Estado de Derecho. Imagino que casi todos los lectores de esta página, en alguna ocasión, se habrán encontrado un control de alcoholemia, bien sea de la policía local, de la Guardia Civil, o de alguna policía autonómica con competencias en la materia. Igualmente, es inevitable que se hayan encontrado con una patrulla de seguridad ciudadana, circulando por la calle. Bien, pues es evidente que ninguna de esas unidades policiales está investigando un delito ya cometido. Podría decirse que desarrollan funciones prospectivas. ¿No es justo lo que decíamos que está completamente vetado?

La explicación es que no están desarrollando funciones judiciales, sino preventivas. No buscan castigar el delito ya cometido, sino evitar que se cometa, o atrapar in fraganti al autor del que se esté cometiendo en su presencia. Está claro que, en estas funciones, pueden llegar a importunar a ciudadanos que no tienen absolutamente nada que ver con hecho delictivo alguno, como puede suceder con todos los conductores rigurosamente sobrios que son obligados a soplar en el etilómetro en un control. No obstante, esa pequeña molestia permite que, en ocasiones, se consigan evitar desastres, como un conductor mamado que siga su camino y termine segando vidas inocentes. 

En otras ocasiones, la labor preventiva de otras ramas policiales, como la Comisaría General de Información, es más oscura y discreta. Aquí, lo que se busca evitar es una masacre absurda, en nombre de algún estúpido dogma mal interpretado. En los tiempos en los que ETA mataba, había agentes de incógnito, aparentando tomar potes en algún bar de la Parte Vieja de San Sebastián, mientras pegaban la oreja a la conversación del corrillo de al lado. Hoy el escenario principal ha cambiado, y donde vigilan es en las mezquitas donde se difunden doctrinas próximas al salafismo. 

El político del que les hablaba al principio del artículo, hoy sigue vivo. Entre otras cosas, eso es así porque un agente de la brigada de información oyó algo, o vio algo, y siguió una pista. Una pista que le llevó a otra, un hilo del que tirar, y que acabó llevando a la captura del grupo de "legales", los miembros de ETA no fichados que hacían labores de seguimiento y recopilación de datos sobre futuras víctimas.

Esta semana, puede que se haya evitado un desastre como el de París. Y estoy seguro de que la información no le llegó a la policía por ciencia infusa. Si se practicaron registros domiciliarios y hubo intervención de comunicaciones, indudablemente hubo antes un grupo de agentes de información, atentos, poniendo ojos y oídos sobre el terreno. Inevitablemente, esos agentes pudieron fijarse en alguna persona que no tenía nada que ver con delito alguno. Es posible que llegaran a importunar a algún inocente, haciendo que una patrulla uniformada le pidiera la documentación.

¿Y como te sentirías si te pasara a ti?, podrán preguntarme. Y puedo contestarles sin sonrojo. Ya he estado allí. Algunos años después del incidente de la cafetería, realicé un viaje profesional a un país latinoamericano, con carácter oficial. Al pasar por el aeropuerto, para coger mi vuelo de regreso, un amable agente de aduanas me preguntó por el motivo de mi viaje a su país. Se lo expliqué con idéntica cortesía. A continuación, y sin mudar el rostro, me abrió la maleta, y rebuscó entre todas mis pertenencias con manos expertas. De hecho, no me despatarró y me hizo un tacto rectal allí mismo de puñetero milagro. Pero no me sentí discriminado, ni vejado. Entendí perfectamente que, en aquella ciudad populosa, pero de escaso encanto turístico, la estadística de españoles que intentan volver a la madre patria con un kilo de cocaína en la maleta es suficientemente relevante para establecer controles preventivos. Así que, si me preguntan, les diré que la función preventiva de la policía me parece un precio aceptable.

Pues seguro que a alguno le parece que no. Seguro que alguien tiene la tentación de enarbolar esa mutilada frase de Benjamin Franklin, la de la falsa dicotomía, la que se suele citar omitiendo que la libertad renunciada es la “esencial”, mientras que lo que se pretende obtener a cambio es una seguridad “pequeña” y “temporal”. Pues por si acaso, creo que hay otra cita del buen señor, mucho más apropiada para este caso: “An ounce of prevention is worth a pound of cure”. Prevenir sigue siendo mejor que curar.

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