eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Propósitos de año nuevo

He incumplido, consciente o inconscientemente, muchas tradiciones del decálogo del bloguero. No festejé mi primer año escribiendo en este medio, ni siquiera el primer aniversario con cabecera propia; tampoco lo hice al alcanzar cifras redondas, como 25 ó 50 entradas. Pero a esta costumbre no me voy a poder resistir, y más todavía coincidiendo con el rediseño del blog.

- PUBLICIDAD -

Las promesas de Año Nuevo son ya un lugar común, un cliché que representa lo poco que aguantan las buenas intenciones el contacto con la realidad. Aun así, en ocasiones viene bien el cambio de calendario para centrarse y marcar bien el rumbo. Porque si no, puede que te estrelles.

En su día, hace año y medio largo, cuando le propuse a Nacho Escolar la posibilidad de colaborar con su proyecto, y aportar al granero común mi pequeño granito de experiencia judicial, mi intención era divulgar. Hacer accesible al público en general un área de la cosa pública de excepcional importancia en las vidas de todos: la Justicia y su funcionamiento interno. Doctores tiene la jurisprudencia que pueden escribir artículos muchísimo más eruditos y profundos que los que yo pueda parir, pero siempre me ha parecido que son invisibles para el gran público. Las alturas de la literatura jurídica son mareantes, y su lenguaje, críptico. Es material que tiene un nicho de mercado muy concreto: los que ya saben de leyes. Pero, ¿qué pasa con el resto de la ciudadanía, que no tiene por qué haber enterrado cuatro o cinco años de su vida entre tochos de Penal, Procesal, Administrativo y demás?

Pues tenemos la prensa generalista. Pero en mi opinión, que comparto con la de muchísimos compañeros, las noticias de tribunales no siempre se cuentan bien. En muchas ocasiones, prevalecen detalles superfluos sobre la información realmente relevante, lo que favorece los sesgos ideológicos en función de la línea editorial del medio del que se trate. Y ahí quería yo marcar la diferencia.

Mi idea era no entrar en batallas perdidas, las que se refieren a las filias y fobias políticas, que, en este país, se parecen demasiado a las hinchadas futbolísticas. Por ello, quería centrarme en el trasfondo técnico de las resoluciones judiciales, en los mecanismos procesales que llevan a una decisión, y trasladarlas a términos lo más coloquiales posibles, para que la gente se pueda formar luego su propia opinión. Es decir, no niego que una determinada actuación judicial pueda verse afectada, de una manera u otra, por presiones o intereses que nada tienen que ver con el Derecho, tampoco lo afirmo, pero son los lectores los que deberán pronunciarse al respecto. Yo lo único que hago es intentar arrojar luz sobre las entretelas jurídicas en las que, muchas veces, no entra el periodista.

Volviendo al símil deportivo, ya hay demasiados Andrés Montes en la retransmisión de esos partidos de baloncesto que son los procesos judiciales, para unirse al coro. Yo sólo quería emular al gran Antoni Daimiel, esa base de datos andante sobre el deporte de la canasta, que ponía el dato, el comentario técnico, complementando perfectamente la apasionada narrativa de Montes.

No soy yo quien debe decir si he cumplido o no el objetivo, sería demasiado pretencioso por mi parte. Lo cierto es que, al tratar determinadas cuestiones relacionadas con procesos de alta exposición informativa, me he encontrado justo en medio de aquello que quería evitar: la disputa ideológica.

Mi problema es que explicar los entresijos de una resolución impopular, como la que libra momentáneamente a un supuesto corrupto de la persecución legal, puede parecerse, a los ojos de la gente, a justificar y aplaudir las consecuencias de esa resolución. Y no. Me repugna la corrupción, y me indigna la impunidad. De todo tipo, sean políticos que se lo llevan crudo o asesinos que mataron a sangre fría. Odio que los culpables queden libres sin haber ajustado cuentas con la sociedad, o que dichas cuentas sean ridículas. Pero también es cierto que cuando uno jura defender el Estado de Derecho, lo hace aunque el resultado de la aplicación de las normas no le guste. Sin embargo, este argumento no termina de quedarle claro a mucha gente. De hecho, por mantenerlo con palabras casi idénticas, ayer mismo insultaron en Twitter a una colaboradora de este medio.

Ella había hecho mención a la aplicación de las reglas, aun a costa de nuestras particulares creencias, a la hora de defender la actuación del juez Santiago Pedraz.

Me llama la atención el caso del titular del Juzgado Central de Instrucción nº 1. Acaba de hacerse público que tiene un perfil en la red social del pajarito, apareciendo con su propio nombre, e incluso fotografía. Se une así a otros togados, de distintos órdenes y jerarquías judiciales, que tuitean a cara descubierta. Me admiro por ellos. Pero yo no lo haría. Aunque llevo en el ejercicio de esta profesión mucho menos tiempo que la mayoría de ellos, llevo escribiendo en Internet mucho más (no siempre usé este mismo alias), y he experimentado en mis carnes los dientes de la censura, disfrazada de amenaza de expediente disciplinario. No es cuestión de doblegarse ante este tipo de presiones, pero tampoco considero razonable ponerse una diana encima de la cabeza.

Como les conté hace no mucho, jueces y fiscales tienen seriamente coartada su libertad de expresión por las normas que rigen su estatuto profesional, hasta el punto de no poder emitir una simple crítica al Gobierno. Para evitar la prohibición, la mayoría de jueces y fiscales más combativos evita aludir a su profesión, y cuando critican, lo hacen con el sombrero de miembro de alguna de las asociaciones profesionales a las que pueden pertenecer. Otros, los que no estamos asociados, nos deslindamos de nuestro ejercicio profesional mediante un seudónimo, tradición de lo más respetable en el periodismo nacional, desde tiempos de Larra.

Sin embargo, las reformas de Ley Orgánica del Poder Judicial y Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal apuntan en la dirección de controlar lo que dice o escribe cualquiera de estos profesionales, incluso en su tiempo libre, cuando no está en el ejercicio de su cargo. A menos que hable del tiempo o de cine. No hablemos ya de comentar algún caso que esté llevando, incluso aunque haya terminado por resolución firme. Y esto me lleva de vuelta a mis propósitos de año nuevo, por si pensaban que me estaba yendo por las ramas.

Quiero seguir escribiendo aquí, me gusta lo que hago. Además, humildemente, creo que doy respuesta a una demanda de la sociedad, poniendo en palabras accesibles lo que acontece en los engranajes que mueven la Administración de Justicia. Pero no voy a volver a meterme en el barro. Procuraré ceñirme a cuestiones en las que predomine el interés por explicar lo jurídico. Y si por casualidad, la actualidad me obliga a referirme a algún caso que tenga implicaciones en el mundo de la política, les ruego que tomen este artículo como aquella disculpa genérica que, en su día, dejo escrita el genial Jose A. Pérez, en “Mi mesa cojea”. Por favor, no entiendan lo que no he querido decir.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha