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Retrato de imputados con infanta al fondo

Cuando se habla del arte de hacer Justicia, la metáfora es más atinada de lo que parece. Una causa judicial se parece a un cuadro que se va elaborando capa a capa. Y el órgano de enjuiciamiento, sea juez de lo penal o Audiencia Provincial, son el galerista de ojo crítico que, con su sentencia, decide si ese cuadro se expone o no.

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Esta semana pasada se ha conocido el auto de la Audiencia Provincial de Mallorca que estima parcialmente el recurso interpuesto por el fiscal del caso Nóos contra otro auto, el del juez Castro citando a declarar a la infanta doña Cristina, en calidad de imputada por varios delitos. Se trata de una resolución judicial atípica, en una causa que se está caracterizando por romper moldes.

Como ya les he contado en alguna ocasión, la imputación es algo que todo el mundo asume como una etiqueta que el juez le coloca a una persona por el hecho de ser sospechoso de haber cometido un delito. Así, el artículo 775 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal habla de que, en la primera comparecencia, el juez informará al imputado de los hechos que se le imputan. Por lo tanto, si el juez cita a alguien a declarar en el curso de una investigación judicial, le está imputando un delito, ¿verdad?

No es tan sencillo. El artículo 118, al hablar del derecho de defensa, dice que el imputado podrá ejercer este derecho, actuando en el procedimiento, desde que se le comunique su existencia, sea detenido... un momento, ¿detenido?. Efectivamente. Si alguien roba un bolso a punta de navaja, sale corriendo, y la policía lo encuentra a los diez minutos, con el arma y el botín todavía en la mano, los agentes lo detendrán y lo llevarán a comisaría. Desde este momento, el tipo ya tiene derecho a estar asistido por un abogado, porque del atestado policial y de la denuncia de la víctima está surgiendo una imputación, y ello antes de que juez alguno haya intervenido.

Entonces, ¿qué pasa con la infanta? Pues que estamos hablando de supuestos delitos contra la Hacienda Pública y de blanqueo de capitales, en los que no hay una única víctima directa, sino que los afectados son todos los ciudadanos, y en los que los hechos no se cometen en el mundo físico, mediante golpes, tirones o sustracción de objetos físicos, sino de forma abstracta, a través de documentos, firmas y contratos. No significa que tengan menos existencia, simplemente que su percepción no es tan clara y directa.

Por eso, la imputación no aparece de golpe, como una nítida fotografía. Se parece más a los bocetos preliminares de un cuadro impresionista, en el que, trazo a trazo, vamos viendo aparecer una figura. Y será el juez quien, en el momento de realizar las citaciones, decida lo que, en su opinión, aparece en el lienzo.

La diferencia es que todos los demás imputados en este procedimiento fueron retratados hace meses, y con pulso bastante más firme. Sin embargo, en este caso, el juez de instrucción se ha cascado 18 folios de auto sólo para esbozar que, por lo visto, al fondo del cuadro, se ve la figura de una infanta mirando cómo su marido se lo lleva crudo, mientras ella da su aprobación.

He visto sentencias condenatorias, de varios años de cárcel, bastante más breves que ese auto. Lo que no había visto en mi vida es a un fiscal recurriendo semejante resolución. Y no porque no pueda, desde luego. Todos los autos del juez de instrucción son susceptibles de recurso de reforma, ante el propio juez, y de apelación, ante la Audiencia. Lo extraño es que un fiscal esté por la labor de entorpecer su propio trabajo, aunque tiene una explicación. Menos jurídica que estratégica, pero explicación, al fin y al cabo.

Cuando el juez de instrucción termina con su labor, y dicta el auto que transforma las diligencias previas en procedimiento abreviado, da el boceto por definitivo. Entonces da traslado de la causa al fiscal y la acusación popular, para que comiencen su actuación estelar: ellos son los que usarán pincel y color para pintar el cuadro definitivo, el que va a ir a juicio. Los acusadores sólo van a poder pintar sobre el boceto que el juez haya trazado, pues cualquier pincelada fuera de sitio iría contra los principios que sustentan el procedimiento penal.

Pero en ese momento, el juez instructor pierde todo protagonismo, y sus restantes resoluciones van a ser prácticamente de trámite: conceder traslado a la defensa, para que presente su propia versión de la obra, y después decretar la apertura de juicio oral, enviando la causa al órgano que se encargará de celebrar el susodicho juicio, quien será el llamado a dictar la sentencia. Es decir, ya no pinta nada en este cuadro.

Dejándonos de metáforas pictóricas, desde el momento en que la causa esté en Fiscalía para el tramite de calificación, la patata caliente está en el tejado del fiscal. Y su actuación ya no va a limitarse a llamar a alguien a declarar, a ver que nos cuenta. Ya no hay presunciones. Ya no hay indicios. Se acusa. Resulta un trago complicado formular acusación contra alguien cuando hay indicios suficientes para una sospecha, pero la experiencia profesional te dice que eso puede acabar en sentencia absolutoria. Cuando no terminas de ver el boceto claro. Porque de sospecha a prueba concluyente media un pequeño pasito para un hombre, pero un gran salto para un juez. Y cuando el retrato incluye a parte de la Familia Real, el trago se complica muchísimo más.

Ahora, si jamás había visto a un fiscal recurrir la citación a un imputado, también da para récord un auto de una Audiencia que necesita 61 folios para resolver la cuestión. En cuanto a la figura de “suspender” la imputación, no lo busquen en su Ley de Enjuiciamiento Criminal. Porque no existe. La de darle término fijo a un imputado para que suelte los emails que tenga o, de lo contrario, calle para siempre, tampoco.

¿Significa eso que un juez puede inventarse trámites sobre la marcha? No conseguirán que yo reconozca haber dicho eso. Pero lo cierto es que la facultad de interpretar la letra de las leyes da para mucho arte y mucha creatividad. Así que viene a dar un poco lo mismo que esas leyes estén escritas igual para todos. Porque lo importante es cómo se pinta con ellas.

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