eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

¡Suelte ese escrache!

El Ministerio del Interior ordena que los participantes en los escraches sean identificados y sancionados, como si la mera convocatoria fuera algún tipo de infracción. ¿Lo es?

- PUBLICIDAD -

Ha sido la noticia perfecta para hacer olvidar al público el drama de las ejecuciones hipotecarias, y el bloqueo parlamentario a una Iniciativa Legislativa Popular que intenta mitigar esa sangría. El colectivo antidesahucios quería señalarnos la Luna, y nosotros nos hemos quedado mirando el dedo.

Porque la idea que sustenta el escrache es señalar, apuntar. Evitar que el cómodo refugio entre la masa de parlamentarios desconocidos cubra a todos aquellos que, sin dar la cara en una pantalla de televisión, hacen bulto en los escaños del congreso, jalean las decisiones gubernamentales, pulsan el botón del voto, y después se van tranquilamente a su casa. La teoría del escrache, su protocolo pulcramente plasmado por escrito, es plantarse delante de la casa de un diputado de los del montón, y a la que asome la jeta, gritar a los cuatro vientos: “Ese de ahí, es el culpable de que mis hijos duerman en la calle”.

No existe ningún artículo del Código Penal que sancione esta conducta como delito, ni como falta. Es algo incómodo, desagradable para el que lo sufre. Por supuesto, esa es la idea. Exactamente la misma que mueve empresas como “El cobrador del frac”, sin que sus fundadores o empleados hayan sido encausados penalmente por esta razón.

El entorno institucional de aquellos que están experimentando la presión social del escrache, tanto los partidos políticos como el Gobierno, acuden a la equiparación con conductas que guardan un remoto parecido, y que solían ser llevadas a cabo por miembros de la izquierda abertzale en Euskadi. La comparación no resiste el menor análisis. Un grupo de jarrais imberbes, gritando consignas desde la acera de en frente al portal de un concejal, en sí mismo, podía ser  una molestia, pero poco más. Lo duro, lo peligroso, lo intimidatorio, era que el afectado sabía que, con la diana que la banda de gritones le acababa de poner en la cabeza, detrás venía el tío del pasamontañas con la pistola del 9 mm. Parabellum, o la fiambrera llena de Amonal en los bajos del coche.O el coctel molotov en el negocio familiar, o el coche reducido a un amasijo de hierros, que por variedad no será. También cabía la posibilidad de que el grupo no se quedase en al otro lado de la calle, sino que se transformase en una turba enfurecida y violenta, como la que casi linchó a un ertzaina de paisano en las fiestas de Bilbao . Así que, comparaciones estúpidas, las menos, por favor. Se pueden encontrar fácilmente en Internet grabaciones de vídeo de escraches llevados a cabo en las últimas fechas, para comprobar las diferencias, y por resumirlas en una cita, les dejo esta de Javier de la Cueva (@jdelacueva)

Desgraciadamente, el Ministerio del Interior no parece pararse ahí, en la simple denigración. Ha trascendido una instrucción dirigida al Cuerpo Nacional de Policía, ordenando a sus agentes que los participantes en escraches sean identificados, sancionados administrativamente y, en su caso, detenidos. Y aquí ya no estamos hablando de simple estupidez, sino que nos adentramos en lo que puede ser una ilegalidad. La Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana establece que los agentes policiales pueden exigir la identificación de los ciudadanos particulares en la vía pública, pero no cuándo y cómo les de la gana, sino cuando sea indispensable para cumplir sus funciones de prevención y seguridad. ¿Y qué funciones son esas? Las pueden encontrar enumeradas en el artículo 11  de la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. En resumen, cuando haya que proteger a las personas, los bienes o evitar la comisión de un delito. Como hemos explicado más arriba, en puridad, el escrache no pone en peligro a nadie, no supone una amenaza, ni se impide circular libremente a persona alguna. Por lo tanto, identificar a los participantes en un escrache excede con mucho del mandato legal, y empieza a adentrarse en las procelosas aguas de los artículos 540 y 542 del Código Penal , que castigan a los funcionarios que restrinjan indebidamente el derecho de reunión, o cualquier otro derecho cívico.

Pero claro, estabamos hablando del escrache en su pura e inmaculada teoría. Lo cual me trae al recuerdo una anécdota que se contaba hace años, en los juzgados, sobre un obrero de la siderurgia que había sido llevado ante el juez de guardia, en los oscuros años de la Transición, por haber blasfemado gravemente. Este es el contenido del apócrifo interrogatorio:

Juez : ¿Se cagó usted en Dios, la Virgen y todos los santos?

Imputado : No, señoría.

Juez : Entonces, ¿qué dijo usted?

Imputado : Señoría, yo le dije a mi compañero, “Luis Alberto, haz el favor de no arrojarme hierro fundido por la espalda, que me causa gran incomodidad”.

Resulta poco verosímil, ¿verdad? Resultaría encomiable semejante respeto por la etiqueta y los modos educados, pero de un obrero de escasa formación y rudas maneras, uno se puede esperar todo tipo de jaculatorias al santoral. Por la misma razón, habiendo tanta gente desesperada, enfadada y sin nada que perder, el exquisito respeto de las formas que pretenden grupos como la PAH es una bella intención, pero que se puede quebrar a la mínima. Y en cuanto medie una frase un poco fuerte, la promesa de unas hostias de las no consagradas, o haya el más mínimo empujón, la convocatoria de escrache deja de ser algo atípico penalmente. Lo mismo que la falta de hurto se transforma en delito de robo con violencia en cuanto se le da un bofetón a la víctima de la sustracción.

¿Pero afecta eso a los demás participantes en el escrache? Depende del grado de previsibilidad de la conducta violenta: si los miembros del grupo pueden razonablemente saber que la convocatoria degenerará en una agresión amparada por la fuerza del número, cualquier participante puede ser imputado como cómplice. También influye cómo se comporte el propio grupo: no es lo mismo mantener una cierta distancia, y que sea un individuo aislado el que cometa la agresión, que rodear al objetivo, impedirle escapar, y que en ese contexto sea en el que se produzca la agresión o la intimidación. Todo eso son sutilezas propias de la fase de prueba en un juicio, pero a priori, sirven para justificar la actuación policial. Es decir, a la mínima desviación del modélico protocolo de la PAH, la policía puede tener el pretexto perfecto para intervenir conforme a la instrucción recibida.

Por todo lo dicho, recuerden lo que decía JD (Brad Pitt) en “Thelma & Louise”: “Que nadie pierda la cabeza, y nadie perderá la cabeza”.


- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha