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El honor del turnero

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En esa especie de campaña-maratón que estamos viviendo este año, en permanente preparación para los distintos comicios electorales a los que nos veremos llamados, se están viendo perlas de la desinformación de altura desconocida.

Una de las que me ha dolido en lo personal ha sido la descalificación empleada por Esperanza Aguirre, candidata a la alcaldía de Madrid, respecto de una de sus rivales en la contienda electoral, Manuela Carmena.

Las palabras exactas, imagino, son conocidas de todos ustedes. Para los que no, les resumo: Manuela Carmena no es juez “de verdad”, es del cuarto turno, al que accedió por ser compañera de despacho de “los de Atocha”. La rectificación, una vez tocado fondo, sigue excavando hacia abajo: sí, sí que es juez, que luego aprobó la oposición.

¿Y de qué va todo esto?, se preguntarán ustedes. Pues verán, el acceso básico (3ª categoría) a las carreras judicial y fiscal se realiza tras una durísima oposición, común para ambas. Tras ella, los aspirantes que han superado la prueba realizan la elección de carrera, por orden de nota obtenida en los exámenes. Para ser fiscal, de cualquier categoría profesional, ésta es la única vía de entrada. Sin embargo, para ser juez existen otras alternativas, a medida que subimos por el escalafón.

Y así, para acceder por la categoría de magistrado (2ª categoría), dos de cada cuatro plazas se cubren por ascenso ordinario; la tercera se cubre mediante pruebas de especialización para los órdenes contencioso-administrativo y social (a las que también pueden presentarse fiscales que deseen cambiar de toga), y la cuarta se provee mediante un concurso de méritos para juristas de reconocida competencia, con al menos diez años de ejercicio profesional. Es decir, abogados, profesores universitarios, o funcionarios de otras carreras (por ejemplo, secretarios judiciales, que tienen un cupo reservado), personas con un nivel de especialización en ciertas materias legales difícil de alcanzar por jueces cuya base es el civil y el penal. Esta es la razón por la que se instauró esta vía de acceso: no privar a la judicatura de un valioso capital humano. Por cierto, al asignarse una plaza de cada cuatro, recibe el nombre coloquial de “cuarto turno”. 

Tirando para arriba, están los magistrados del Supremo (1ª categoría). De cada cinco plazas vacantes en la categoría, la quinta está reservada a también a juristas de reconocida competencia, con al menos quince años de experiencia, y preferentemente dedicados a la rama correspondiente a la plaza que quede vacante. Por esto, es conocido como “quinto turno”.

Y esto es lo que a doña Esperanza Aguirre le parece “no ser un juez de verdad”. Al parecer, las resoluciones de los magistrados del cuarto y quinto turno tienen menor valor para la lideresa. Aunque se trate del difunto Marino Barbero ordenando el registro de la sede del PSOE, al instruir el caso Filesa. Si traigo a colación el caso de este insigne jurista, es porque fue nombrado a propuesta de los vocales “progresistas” del CGPJ, bajo mandato de Felipe Gonzalez, por lo que se le consideraba próximo a sus filas. Sin embargo, el docto profesor, reconvertido en magistrado, puso patas arriba el partido sin mudar el gesto. 

Y es que los magistrados del cuarto y quinto turno suelen ser mirados con lupa, por su posible adscripción ideológica, que facilite el tránsito a la toga con puñetas.

La oposición, como prueba a la que concurren múltiples candidatos para una serie de plazas limitadas, no se aprueba: se gana. En la mayoría de ramas de la Administración, es muy frecuente que se produzca un número de aprobados bastante superior al de plazas disponibles, así que sólo consiguen el puesto quienes obtienen las notas más altas, hasta cubrir el cupo. Sin embargo, en el caso de jueces y fiscales, lo más habitual es lo contrario: la criba es tan salvaje, que al final queda un número de aprobados inferior a la oferta disponible. Esto ha generado una cierta mitificación de la oposición, como si los que la superan fueran una especie de metahumanos con poderes especiales. Como contrapartida, a los que acceden por la vía del cuarto y quinto turno se les aplica el calificativo de “turnero”, que tiene indudables connotaciones peyorativas.

Pues miren, va a ser que no, que me conozco el paño, porque tuve que cortarlo. La oposición es un ejercicio memorístico inhumano. En mis tiempos, más de trescientos sesenta temas, de unos doce a quince folios por cada uno, que había que aprender como grabados a fuego en el cerebro, para vomitarlos a la mayor velocidad posible. Los exámenes eran dos, uno por cada mitad del temario, y sólo se llegaba al segundo si previamente se había superado el primero. Cada uno de ellos era una prueba de hora y media, en la que, tras extraer cinco bolas de otras tantas bolsas (una por cada grupo de temas), se exponía los temas verbalmente. Quince minutos para preparar unos esquemas por escrito, para ordenar las ideas, y otros quince para cada tema, disparando palabras como una ametralladora, para poder condensar el mayor contenido posible en el mínimo tiempo, sin pasarse ni quedarse corto. Ahora, además, para poder alcanzar el primero de esos examenes, primero hay que superar un test de cien preguntas, que actúa como filtro de campana de Gauss: no hay una nota preestablecida para superar el corte, dependerá de la puntuación obtenida por el grueso de los aspirantes.

Semejante ejercicio memorístico no concede, ni por gracia divina, ni por arte de birlibirloque, el temple, la equidad o cualquiera de las virtudes que requiere el cargo. Eso se adquiere con la práctica, si es que existen los mimbres previos. Porque quod natura non dat, Salamantica non praestat. Mi preparador solía decir que superar la oposición es el equivalente a intentar tirar una pared de ladrillos a cabezazos: puede que lo consigas, pero nadie te garantiza cómo te va a quedar la cabeza. Así, he conocido magníficos juristas y otros no tan buenos, fueran de oposición “pata negra” o turneros.

Lo más curioso del asunto, es que Manuela Carmena fue opositora ordinaria, pues cuando ingresó en la carrera judicial no existía el cuarto turno.

En cualquier caso, me parece bastante bajuno el tratar de desacreditar a alguien por cómo accedió a su puesto de trabajo, si lo hizo de forma legítima, en lugar de fijarse en la calidad de su trabajo. Como dicen los informáticos, “show me the code” y déjese de monsergas, señora.

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