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¿Es que nadie va a pensar en los niños?

Esta frase, sacada de un capítulo de Los Simpsons, se utiliza recurrentemente en Internet para criticar cualquier medida que se considere represiva

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Esta semana, tuve ocasión de leer el artículo sobre la retirada de cierta película de un distribuidor de VOD español, Filmin, por miedo “al nuevo Código Penal”. Tanto se ha criticado el sprint legislativo en el tramo final de la penúltima legislatura, que se olvida que hasta el reloj parado da la hora correcta dos veces al día.

Y varias de las reformas introducidas en el Código Penal, a través de la Ley Orgánica 1/2015, de 30 de abril, eran necesarias. Entre otras cosas, porque nos lo exigían las normas comunitarias y tratados internacionales suscritos por nuestro país en materia de protección penal de la infancia.

Recuerdo que una de las cosas que más se tachó como “reaccionaria” fue la elevación de la llamada “edad de consentimiento” para las relaciones sexuales. Veamos de qué trata todo esto, y si es reaccionario o no.

En una añeja redacción de nuestro Código Civil, las niñas podían contraer matrimonio a los doce años. Sí, exacto, como esas barbaridades que perpetra Daesh en Siria y que tanto nos horrorizan. Para los niños, en cambio, había que esperar a los catorce. Porque ya saben que eso del heteropatriarcado es un invento de histéricas y feminazis, ¿no? De las ridículas penas del uxoricidio hasta los años sesenta ya hablamos otro día, así que no sigo por ahí.

El caso, si algo es legal en vía civil, resulta un absurdo tipificarlo como delito, ¿no? Pues a la hora de contemplar los delitos contra la libertad e indemnidad sexual (que no son lo mismo), se consideraba como barrera infranqueable la de los trece años, en esta ocasión para ambos sexos. Es decir por debajo de dicha edad, era irrelevante que el menor hubiera consentido en mantener relaciones sexuales, se consideraba un delito. Porque la inmadurez de la persona por debajo de esa edad hace que su consentimiento se considere nulo.

Eso propiciaba, entre otras cosas, que a la hora de tipificar nuevas conductas delictivas, como el “ child grooming” (el acercamiento engañoso a menores, con finalidades sexuales, a través de medios tecnológicos), sólo pudiera castigarse a los que lo perpetraban con menores de trece. Es decir, un crío o una cría de catorce años estaban desprotegidos por la legislación penal frente a este tipo de depredadores. Y créanme, he visto casos que ponen los pelos de punta. No me vale el argumento, leído por ahí, de que la inmensa mayoría de las agresiones sexuales provienen del entorno cercano, incluso familiar, porque Internet no ha hecho descender el número de esos ataques próximos, pero sí ha añadido un nuevo vector de riesgo a distancia. Frente a eso, hay que reaccionar. 

Las estadísticas de la Fiscalía General del Estado en sus memorias anuales lo dicen bien a las claras: en materia de criminalidad informática, los dos delitos estrella son las estafas de todo tipo (phishing, ventas falsas en portales de anuncios o uso ilícito de tarjetas) y los delitos relacionados con la pornografía infantil.

Así que se eleva la edad por debajo de la cual hay delito sexual, sí o sí, a los dieciséis años. Como consecuencia, el grooming pasa a estar penado también cuando se comete con menores de dieciséis. ¿Y qué pasa con una pareja en la que uno tiene, pongamos, quince años, y el otro dieciocho ya cumplidos? Pues nada. Porque la ley contiene una excepción, estableciendo que no habrá delito cuando la edad, física o mental, de ambas personas sea próxima, aunque uno sea mayor. Esto, obviamente, introduce un factor subjetivo, y dependerá del juez tenerlo en cuenta, pero la verdad es que la jurisprudencia hasta el momento no da razones para preocuparse.

Pero hablábamos de la famosa película. Porque una de las cuestiones que la nueva legislación introduce, por mandato de los aludidos tratados internacionales y normativa comunitaria, es la del castigo de la pseudopornografía infantil y la pornografía virtual.

Vayamos por partes. La primera de estas figuras se refiere a aquellos supuestos en los que una de las personas que aparece en el vídeo sea aparentemente menor de edad, salvo que se demuestre que, pese a tal apariencia, es mayor de edad. Imaginemos una versión (todavía) más explícita de Juego de Tronos. Atención, spoilers. Los que hayan visto las temporadas ya emitidas de la serie, recordarán la traumática boda entre el bastardo Ramsay Bolton y Sansa Stark. Si en el original literario de Canción de Hielo y Fuego la mayor de las hijas de los difuntos señores de Invernalia comienza teniendo trece años de edad, en ningún caso ha pasado más de un lustro hasta llegar a este punto del relato. En consecuencia, el personaje de Sansa tendría menos de dieciocho en el momento de ser salvajemente violada por su cónyuge en la luna de miel. Por lo tanto, una actriz que representase esa edad daría lugar a un vídeo delictivo. Sin embargo, al menos en la versión no del todo pornográfica que conocemos, HBO se curó en salud, y la hermosa pelirroja que interpreta al personaje, Sophie Turner, era mayor de edad en el momento de la grabación del episodio.

Si traigo a colación precisamente este ejemplo es porque la segunda figura prohibe la representación realista de un menor de edad en actos sexualmente explícitos, por lo que una versión porno de dibujos animados, también incurriría en delito. Ante esto, muchas voces críticas se han alzado, mencionando obras del llamado noveno arte, como “Torpedo 1936”, de Sánchez Abulí y Bernet, o “Pequeñas Viciosas”, una creación bajo el seudónimo de Mónica y Beatriz, en la que aparecen escenas de este tipo. ¿Acaso van a quedar criminalizadas obras del cómic consideradas como auténticos clásicos? A este respecto, la Fiscalía ya se ha pronunciado, y la respuesta es tranquilizadora: no, tales obras no son delictivas. Otra cosa es que la representación ficticia llegue a ser hiperrealista, y tenga un exclusivo objetivo sexual.

¿Pero por qué, si se trata de un delito sin víctimas, sobre todo en este último caso? Pues porque no todo crimen requiere una víctima inmediata. No la hay en los delitos contra la seguridad vial, o en los que atentan contra la salud pública. Se les llama delitos “de peligro abstracto”, porque generan un clima, unas condiciones, en las que se pueden llegar a producir esos daños concretos sobre personas con nombre y apellidos.

No, no se trata de una exageración. He visto con mis propios ojos un ejemplar de un “Manual del pedófilo”, una obra autoeditada en la que se justifica la pederastia, se ofrecen consejos para vencer la desconfianza de los menores, para aproximarse a ellos, para poder conseguir favores sexuales, o para protegerse contra la vigilancia policial en la búsqueda de material en Internet: guías paso a paso para el uso de la red TOR, las conexiones a través de VPN, y todo tipo de avances tecnológicos para mayor impunidad de esta gente.

No, por supuesto que no estoy demonizando Internet, ni la tecnología. Soy un encendido defensor de estos avances. Pero son un factor multiplicador de las capacidades humanas, para lo bueno y para lo malo, y en determinadas circunstancias, un punto de inflexión que hace posibles cosas impensables tiempo atrás. Algo tan sencillo como adquirir una entrada de cine y tenerla en tu bolsillo, a distancia, instantáneamente, como les contaba  hace unas semanas, son el lado positivo. Aberraciones como las que les cuento, que son reales, que están ahí, son el negativo, y necesitan una respuesta jurídica adaptada al nuevo campo de juego. La pornografía infantil, aunque sea generada por ordenador, es un caldo de cultivo para la proliferación de agresiones sexuales contra menores. Es un dato comprobado.

No he visto “Klip”, la obra que generó la noticia, así que desconozco si alcanza el grado de crudeza explicita en la representación del sexo que requiere una obra audiovisual para superar la tenue frontera entre el erotismo y la pornografía. Pero si los responsables de Filmin han decidido eliminarla de su catálogo, puede que pequen de conservadores, pero no seré yo quien se lo reproche. 

Por cierto, antes de que alguien saque a colación la falsa dicotomía de por qué el sexo no y la violencia explícita en ficción sí, les diré que todavía estoy tratando de superar la visión del primer capítulo de la séptima temporada de “The Walking Dead”. Pero me ayuda saber que, en realidad, a ninguno de los actores les abrieron realmente la cabeza a golpes con Lucille.

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