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El pacificador

El título de esa película, dirigida por Mimi Leder y protagonizada por George Clooney y Nicole Kidman, se refiere a un ingenio nuclear altamente destructivo

Casi tanto como algún nombramiento político para la Justicia de este país

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Esta semana, he podido ver este vídeo del programa de Stephen Colbert, del que sólo lamento no tener un mejor dominio del inglés, para poder disfrutarlo sin subtítulos.

Atención, no traten de imaginar a nuestro recién investido homólogo español desenvolverse con esa soltura, o corren el riesgo de que les explote la cabeza. Sin embargo, lo que más gracia me ha hecho, con diferencia, sucede a partir del minuto 2’45”, cuando el entrevistador de empleo pregunta a Barack Obama por sus premios o méritos reconocidos en su último empleo, y el presidente estadounidense menciona el premio Nobel de la Paz. Impertérrito, el entrevistador le interroga: “Ah, ¿sí? ¿Y por qué se lo dieron?”. La respuesta: “La verdad es que no lo sé”.

Risas del público. No es para menos, si no fuera porque es para llorar. El mandatario estadounidense abandona el Despacho Oval sin haber cerrado Guantánamo, sin haber desactivado el avispero de Oriente Medio, con más terrorismo yihadista del que se encontró al comenzar su primer mandato… Casi todas las expectativas que generó en materia internacional, y que fueron las que le encumbraron al prestigioso galardón escandinavo (instituido, no lo olvidemos, por el inventor de la dinamita) se han visto frustradas en sus dos mandatos.

Si en este país nuestra clase política tuviera un poco del gracejo y el dominio del medio televisivo como el de cualquier aspirante a un cargo electo yanqui de nivel medio, la cosa podría tener su equivalente en versión española. Lo digo por ese titular, que he visto en varios medios de distinto pelaje, tanto televisivos como de prensa escrita, desde Cuatro a “El Liberal de Castilla”: “Catalá continuará al frente del Ministerio tras pacificar la Justicia”.

Ya me imagino al Notario Mayor del Reino frente a un actor caracterizado como empleado del INEM, preguntándole por sus méritos:

-Y exactamente, ¿cómo ha pacificado la Justicia?

-Pues la verdad es que no tengo ni idea.

El paralelismo con los (no) logros de Obama deja a éste a la altura de estadista del siglo. Llegó sustituyendo a Alberto Ruiz-Gallardón, el otrora conocido como “gran esperanza blanca del PP”, el supuestamente más escorado a la izquierda de los dirigentes del partido, ¿se acuerdan? Ríanse del famoso “campo de distorsión de la realidad” que supuestamente adornaba a Steve Jobs, y que le permitía presentar, una y otra vez, el fuego y la rueda como novedosas invenciones de los ingenieros de Apple. Y se lo digo tecleando en un MacBook, ojo, que no soy ningún hater. A lo que iba, que salvo algunas personas bien informadas, como el Teleoperador ( @teleoperador), que llevaba años dándome la matraca con lo engañados que nos tenía, el resto nos tragamos el anzuelo del intérprete de “Holmes & Watson. Madrid days”. Por lo que se ve, sus verdaderas dotes para la actuación las reservaba para mejor causa. 

Años después, con la inenarrable reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en marcha, y la Ley de Tasas cercenando el acceso a los tribunales de muchos ciudadanos de escasos recursos, parecía fácil encontrar un mejor ministro de Justicia. Al igual que tras George W. Bush, después de tocar fondo, sólo se podía mejorar. Pues, contra todo pronóstico, Rajoy consiguió seguir cavando hacia abajo.

¿Pacificador de la Justicia? Repasemos objetiva y desapasionadamente sus logros en la anterior legislatura, siguiendo como hilo conductor un simple tuit de alguien que está a pie de trinchera judicial:

Lo del Expediente Judicial Electrónico es, simplemente, un despropósito. A día de hoy, los operadores jurídicos de la Administración carecen de recursos materiales para que algo así pueda llevarse a la práctica. Hablando en plata, en un procedimiento judicial como el proyectado, en el que todos los documentos son electrónicos, jueces y fiscales carecen de ordenadores portátiles conectados por vía inalámbrica a los sistemas (así, en plural, porque Reino de Taifas es una expresión que se queda corta para describir el desmelene informático de nuestra togada Piel de Toro) de la Administración de Justicia. O sin conectar. No hay ordenadores que se puedan bajar a Sala, con el contenido del procedimiento a enjuiciar. Y aún más, hay documentos que, simplemente, no están en el sistema. ¿Quiere usted repasar las declaraciones en fase de instrucción de un testigo, un informe pericial, una hoja de antecedentes penales? Pues ya puede llevarlo en papel, tener facultades adivinatorias o memoria eidética, porque se ha seguido a rajatabla el sabio consejo de Paco Marhuenda: si los jueces y fiscales quieren informática, que se la paguen ellos. 

¿LexNet? No me hagan reír. Cuando el Consejo General del Poder Judicial tenía casi listo un niquelado sistema de notificaciones y recepción de escritos digitales, a través del Punto Neutro Judicial, una herramienta tan poderosa como infrautilizada, el Ministerio se saca de la manga este engendro, que ha conseguido algo difícil de alcanzar: que lo critique absolutamente todo aquel que ha tenido que lidiar con él. Desde una absurda limitación para documentos de más de 10 Mb., a la custodia de los datos confidenciales de abogados y clientes por parte de un órgano del Ejecutivo, la lista de aberraciones que acumula esta herramienta se resumen en una sola: la denuncia contra el Reino de España ante la Comisión Europea.

Pero les he dejado para el final lo mejor. El sistema de plazos impuesto, con esas dotes para la negociación que, según la prensa, adornan al titular de la cartera ministerial, a través de la Ley 41/2015, de 5 de octubre, de modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal para la agilización de la justicia penal y el fortalecimiento de las garantías procesales. Ya saben como va el invento: como la Justicia va lenta, hagámosla más rápida a base de que la instrucción quede limitada a seis meses de plazo. ¿Inversión necesaria para conseguir ese salto cuántico hacia adelante? Cero. La misma solución de aquel municipio en el que se quedaron sin sitio en el cementerio: prohibir que la gente se muera.

A once meses de su entrada en vigor, el caos que ha organizado semejante reforma es difícil de describir, y si no ha sido de mayor tamaño es porque los profesionales de la Justicia se han dejado la piel en el empeño. Pero a día de hoy, el plazo de seis meses no acelera absolutamente nada. Es más, hace perder miserablemente el tiempo a jueces, fiscales y letrados de la administración de justicia, cual Sísifo empujando la roca monte arriba, obligados a revisar una y otra vez el curso de los plazos, para que nada se quede fuera de ese exiguo arco temporal, pues en caso contrario la investigación quedará coja, y el delito seguramente impune. 

¿La solución? solicitar en masa la complejidad de las causas para obtener, al menos, una prórroga de hasta dieciocho meses. ¿Justificada? Pues qué quieren que les diga, cuando en una alcoholemia, o en un hurto, se pierden varios meses en intentos de citación a testigos e investigados, en exhortos a otros partidos judiciales, o en inhibiciones entre distintos juzgados, al final no queda otra que pedir arnica

Así que, en pacificar, lo que se dice pacificar, el ministro no es que haya destacado mucho en las anteriores legislaturas (aunque en una sólo haya estado en funciones). Les recuerdo que todas las asociaciones profesionales de jueces y fiscales repudiaron públicamente esta reforma en su momento, y casi mil fiscales suscribieron una carta en contra, en sólo cuatro días. Que los abogados de oficio, a los que no se les pagan sus escuálidos honorarios, están en pie de guerra. Que prácticamente no hay colectivo de operadores jurídicos que no tuviera algún reproche contra el ministro cesante. A ver con qué nos sorprende en su recién estrenado mandato.

Así que, la verdad, lo de pacificar la Justicia sólo lo veo ajustado a la realidad en un mundo en el que Oceanía siempre ha estado en guerra con Eurasia.

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