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El planeta donde las bacterias mandan

La cantidad de nubes y de lluvia que nos llegan desde el aire y la fertilidad y composición de nuestros suelos dependen de los microorganismos que viven en ellos

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RetiarioMar

Los peces no notan lo que es el agua porque viven en su interior y algo parecido nos pasa a los seres vivos de la Tierra pero con un océano de bacterias. Resulta que estamos rodeados (y rellenos) de inimaginables cantidades de microorganismos que interactúan con nosotros y con nuestro entorno de modos que apenas estamos empezando a descubrir y entender. Los estudios de la microbiota en nuestro interior se llevan buena parte de los titulares porque se relacionan con nuestra salud, pero estamos descubriendo que microbiomas hay en todas partes; en los seres vivos y en los mares, en los ríos y en la atmósfera, en los suelos y en las tormentas. Y los microorganismos que los conforman no se limitan a sobrevivir, sino que modifican su entorno en aspectos clave y al hacerlo determinan la fertilidad de los campos, los regímenes de lluvias e incluso la temperatura global. En la Tierra, nuestro hogar, en realidad mandan los microorganismos, como estamos descubriendo.

Así acabamos de entender la importancia del microbioma de las tormentas, cuyos vientos dominantes recogen bacterias y las transportan a veces a centenares o miles de kilómetros modificando la composición  del suelo de una región. Según investigadores israelíes las tormentas levantan polvo, que contiene bacterias, de modo que las tormentas pueden llevar de un lado a otro enfermedades o resistencias a antibióticos, y también podrían influir en ciclos geoquímicos y explicar diferencias de fertilidad o de composición de suelos. La fertilidad agrícola de una región puede así depender de cómo está situada respecto a los vientos o tormentas dominantes. Y no sólo la composición de los suelos depende de su microbioma.

Otro estudio reciente ha descubierto que la presencia de plancton y microorganismos variados en la superficie de los océanos influye sobre la espuma de mar que se forma en las crestas de las olas. Esta espuma es clave para la formación de nubes, ya que al estallar sus burbujas lanzan al aire aerosoles de agua que después sirven como núcleos de condensación para las gotas que componen las nubes. Distinta densidad y composición de estos microorganismos cambian por tanto la cobertura nubosa sobre los mares, que a su vez es clave para reflejar la luz solar y mantener la temperatura atmosférica. Y también sabemos que bacterias que viven suspendidas en el aire pueden modificar la cantidad de lluvia que se produce facilitando o dificultando que se formen gotas o cristales de hielo de tamaño adecuado. Es decir, que la cantidad de nubes y de lluvia que nos llegan desde el aire y la fertilidad y composición de nuestros suelos dependen de los microorganismos que viven en ellos. El planeta Tierra está vivo en un sentido muy real: sus ciclos meteorológicos y geoquímicos están influenciados por la vida que lo habita, de tal modo que sería muy diferente si fuese estéril. Los seres vivos determinan aspectos clave de su propio ecosistema, incluyendo los que parecen abióticos. Y Gaia, aunque sea una metáfora, es real. 

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