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Otras voces: malicia

Los problemas físicos de los retrones no influyen en la mayoría de sus capacidades como humanos; entre ellas está, por supuesto, la de hacer el bien... y el mal

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Pablo Pérez ( @pablofaustop) trabaja con deportistas con discapacidad... y ha visto de todo. En este artículo desmonta el mito de que todos los retrones son buenas personas.

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En este blog se ha hablado mucho de las limitaciones que la sociedad presupone a las personas con discapacidad, como la movilidad, la independencia, la posibilidad de ser feliz o la sexualidad. Pero hay un rasgo de la naturaleza humana que se niega con frecuencia a los retrones y que siempre me ha llamado la atención: la maldad.

Begoña Oro ya nos habló en primera persona sobre la bondad automática que se supone a las parejas de los retrones pero a mí me sorprende también que a ellos y ellas se les suponga bellísimas personas por el hecho de tener una lesión medular, una atrofia muscular o el síndrome de Down.

Llevo practicando deporte a distintos niveles (recreativo, competición y élite) con retrones desde hace más 10 años. Entre ellos, he conocido a muchas personas nobles, simpáticas y trabajadoras, pero también me he encontrado con auténticos judas, huraños y vagos. Al principio, inocente de mí, me planteaba la posibilidad de que su falta de virtud fuera debida a lo mal que les había tratado la vida (a algunos les gusta explotar su faceta de víctimas) pero, con el tiempo, deje de juzgar las razones de cada uno a la vez que dejaba de justificar y tolerar sus malos comportamientos.

He visto a hombres en silla de ruedas acosar a mujeres sabiendo que nunca recibirían un merecido bofetón (o denuncia) como respuesta; a otros, colarse en el cine exagerando su cojera para inspirar lástima; y a la mayoría, mostrando, simplemente, algunos de los pequeños comportamientos míseros que tenemos los humanos. Un amputado misógino le dijo a una voluntaria que era una “gorda de mierda”. No olvidaré la réplica que le fue devuelta: “Yo podría adelgazar, pero a ti no te van a crecer las piernas”. Es un caso aislado, lo normal es que el bípedo ofendido no se atreva a replicar por miedo a ser tachado de cruel e insensible.

Cada retrón tiene sus dificultades y algunas tareas que les cuesta más esfuerzo afrontar. Si no sabes cuáles son, podrás encontrarte a algún aprovechado que consiga siempre evitar acercarse a la barra a pedir una ronda, entrar en la cocina a pelar patatas o recoger las decenas de pelotas que se quedan en el suelo tras un entrenamiento.

Tampoco me ha pasado desapercibida la discriminación dentro del propio colectivo. He visto a discapacitados físicos no querer verse mezclados en la misma competición, cena o ceremonia con discapacitados intelectuales. Como si quisieran dejar claro que “yo seré cojo, pero no soy tonto”. Luego resulta que a los que suponemos tontos no lo son tanto, y se dan cuenta, y sufren.

Cuando manifiesto en voz alta mi animadversión hacia una persona en silla de ruedas, no suele pasar mucho tiempo antes de que un bípedo responda alguna versión paternalista del “no digas eso, que bastante tiene con lo suyo, el pobre”. No me interpreten mal, no quiero fomentar el odio a los retrones. Simplemente digo que su diversidad funcional no influye en la mayoría de sus capacidades como humanos; y entre ellas, está, por supuesto, su capacidad para hacer tanto el bien como el mal.

¡Créanme, hay retrones que son muy malos!

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