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Como decíamos ayer…

Las personas con discapacidad también se cansan. Como lo leen. Y eso que pensaban ustedes que somos admirables, por esforzarnos hasta la extenuación psíquica, física y espiritual

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Esto de la integración social es como el día de la marmota en la película ‘Atrapado en el tiempo’. Parece que uno siempre escribe de lo mismo, denuncia lo mismo y lucha por lo mismo. Día tras día. Mes tras mes. Hay que tener mucha fe para no cejar en el empeño. Ganas dan, ¿pero queda otra?

No o sí. No tengo certezas en ese sentido. Aunque les diré que cansa. Agota. Una deja de creer en que otra realidad es posible, porque lo que se palpa a pie de obra va tan (léanlo con música) “des-pa-cito” que el cambio apenas se percibe o, acaso, no hay tal cambio. Y las personas con discapacidad también se cansan. Como lo leen. Y eso que pensaban ustedes que somos admirables, por esforzarnos hasta la extenuación psíquica, física y espiritual. Gema Hasen-Bey quiere subir con su silla al Teide,  pero resulta que ir por el pan a diario es ya una gran hazaña para los que van en silla de ruedas como ella. Nos cansamos de pelear, cada día de nuestra vida, por cosas ordinarias, pero, sobre todo, nos cansamos de oír un discurso y de comprobar que la aplicación de dicho discurso dista mucho de lo discursado –si me permiten el palabro.

Les diré que, en estos meses de parada biológica, es decir, el cuerpo y el alma me dijeron alto y claro “o paras o te paramos”, he tenido que aprender algunas lecciones y manejar ciertos desengaños. No sin ayuda de un buen profesional de la Psicología.

Primero que, ciertamente, no soy ninguna superheroína y que no puedo adaptarme ni ser tan elástica como un chicle para hacer pompas. Las piruetas las dejaremos para los equilibristas, aunque al respetable le tranquilice la idea de que con esfuerzo todo se logra. No. El esfuerzo es como el valor, que se presupone, pero hay un segundo factor imprescindible en la ecuación. La otredad. Los otros.

Y eso me lleva a la segunda lección que hoy quiero compartir con ustedes: que no se puede vivir en modo esfuerzo crónico por siempre jamás. Está muy bien que las personas con discapacidad se esfuercen, tengan afán de superación, bla, bla, bla…  Pero que el resto de la ciudadanía también se ponga las pilas y haga algo. Por esto entiéndase todo Quisque; desde un director de escuela, hasta un funcionario de prisiones, un político o un comercial, su prima la de Cuenca o su tío el de Morón, pero sobre todo los que trabajan por y para los ciudadanos, deben ir haciendo su parte y dejarse de tanto postureo. Por ahora les damos un aprobadillo raspado y porque se les valora su buena voluntad. La intención también la presuponemos, como el valor.

Así que, aunque he perdido algo de esa fe por el camino –les confieso-, hago propósito de enmienda, y trataré de renovar un compromiso, primero, conmigo misma –vaya el burro delante- y, cómo no, con todos los “dis” que batallan cada día por vivir disfrutando de la vida con las cartas que el destino les ha repartido, pero sin tener que demostrar su heroicidad a cada paso.

Cordialmente.

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