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Las fotos que no puedo ver

Todos conocemos la foto del pequeño niño sirio Aylan Kurdi. También yo, aunque como muchos de ustedes saben, soy ciega.

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Aylan Kurdi Made in #waterlogue. /Robertsharp

Aylan Kurdi Made in #waterlogue

Me han contado que estaba tendido boca abajo en una playa de Bodrum, Turquía, que iba vestido de azul y rojo y que calzaba botines. No la he visto, pero a mí también me ha conmovido. Incluso he llorado por él. No sólo por él, por su hermano de cinco años y por su madre. No me puedo imaginar el dolor del padre que ha vuelto a Siria a enterrarlos a todos.

A partir de esa foto parece que algo ha cambiado en la forma en la que consideramos a los refugiados de la guerra de Siria. Antes de este septiembre ya los había y miles malvivían en campos de refugiados en otros países, como Jordania o Turquía. Es un hecho que la foto ha agitado unas cuantas conciencias y parece que algo más. Pero… ¿cómo me enfrento yo, que soy ciega, al impacto de una foto viral?

Mi indignación por lo que ocurre en Siria desde el estallido de la guerra civil, agravado por la presencia del Estado Islámico que añade más atrocidades a la escena, no nace de la fotografía viral de Aylan. Llevo meses perpleja por la indiferencia de Europa, corrijo, de los europeos. Me preguntaba qué nos hacía falta para reaccionar ante la inhumanidad de cientos de sirios hacinados en trenes (de esto no hubo foto viral) y la respuesta me la trajo el rayo de luz de Aylan muerto en la orilla de una playa. Les confieso que yo también reaccioné de forma más visceral a raíz de la fotografía –pese a no recibir su impacto visual-, porque le ponía nombre propio al drama de miles de refugiados, pero también les confieso que íntimamente sentí una especie de alivio. Alivio porque pensé que quizás se empezaría a agilizar el tránsito de los refugiados.

¿Entonces ha valido la pena esa foto y pisotear, como muchos piensan, supuestamente la dignidad de ese pequeño muerto?

Las tragedias trascienden lo puramente físico porque son historias de vidas. No he visto a Aylan pero he podido imaginar el dolor de su padre al perderlo en el mar. Y para conmoverse por una tragedia así no hace falta ver nada con los ojos.

Llevo días dándole vueltas a esto, pero creo que ver o no ver la foto es lo de menos. El trabajo de los periodistas marca la diferencia. Los periodistas in situ nos traen las historias, nos la ponen delante de los ojos de forma gráfica o textual. Los antiguos contadores de historias, los poetas, los juglares, predecesores de los posteriores periodistas, se valían exclusivamente de su palabra para narrar, conmover, difundir los hechos noticiosos. Muchos de esos juglares, por cierto, eran ciegos que tenían la habilidad de contar historias y hechos que ni siquiera habían visto.

Decenas de informaciones y artículos de opinión estos días hacen inevitable conocer la foto como si realmente pudiera verla, porque lo que remueve, lo que nos agita la conciencia no es solo la imagen de Aylan, sino el hecho, su historia, la concreción de un problema en un nombre, una familia que es como la de usted o la mía. Un padre que pierde a sus hijos y a su mujer. Un niño que muere ahogado tratando de escapar de la guerra. Y ante esa realidad ¿qué humano se queda indiferente?. De pronto somos conscientes de que eso que les ha ocurrido a ellos nos puede suceder a nosotros y en seguida empatizamos, nos solidarizamos y sentimos la necesidad de hacer algo, de que se haga algo.

Cierto que en muchas ocasiones se utilizan fotos impactantes o especialmente duras de forma gratuita. Por ejemplo, cuando en los informativos aparecen muertos y heridos de una catástrofe. No creo que sea necesario. Bastaría con usar la palabra y vestirla con imágenes de los lugares, sin sangre, sin muertos, mediando el sentido común. ¿Estaríamos protegiéndonos así de algo? ¿Aumentaría nuestra humanidad? ¿Seríamos más sensibles como habitualmente se nos califica a las personas que no vemos?

No creo que sea cuestión solo de sensibilidad. Se necesita cierta sensibilidad para conmovernos pero no basta con la compasión. Hay que poner remedio a la barbarie. Sí, necesitamos ser conscientes y exigir soluciones a quienes tienen poder para ejecutarlas.

De todas maneras, me sigo preguntando…

¿El no ver me libra de esa presunta sobre exposición de imágenes emocionalmente duras?

¿Me estoy perdiendo algo al no verlas o por el contrario preservo más intacta mi conciencia social y mi capacidad de reacción a la barbarie?

¿Habríamos reaccionado igual si en vez de una fotografía nos hubieran contado la historia solo con palabras?

¿Qué habría hecho yo si hubiera estado en mi mano publicar la foto? Para esta sí tengo respuesta. Aylan significa, según he escuchado en la radio, rayo de luz y desde luego su imagen a puesto un gran cañón de luz sobre miles de refugiados del conflicto sirio.

Discúlpenme, pero si yo fuera una mujer siria a la espera de un tren que me sacara de las penalidades de una guerra, habría agradecido esa foto o cualquiera que hubiera servido como acicate para un cambio de inercia.

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