eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Una limosnita, por favor

  • La correlación entre discapacidad y pobreza es tan alta, que es normal la gente piense que una cosa implica la otra siempre, sí o sí.
  • Aunque el sistema sea muchas veces miserable, la gente que lo habita rara vez lo es.
- PUBLICIDAD -
Discapacidad y pobreza suelen ir juntas -- Foto de Carl Lovén en Flickr

Discapacidad y pobreza suelen ir juntas -- Foto de Carl Lovén en Flickr

Un tema recurrente en este blog es la relación entre retronez y pobreza. Una relación muy intensa, muy interesante, y que pone de manifiesto lo miserable que puede ser este sistema a veces con los más débiles. Hablaremos largo y tendido sobre el tema, ya que, como es evidente, la economía es un punto vital en la vida de la gente. Y más si es gente cascada.

Pero, antes de meternos bien en harina, necesitamos números y estadísticas, que aún no hemos tenido tiempo de recopilar. Como aperitivo, hoy os voy a dejar con una bonita reacción humana que, aunque anecdótica, ilustra vivamente el tema en cuestión.

Yo siempre cuento una historia de cuando yo era un niño, pongamos, de 10 años, vivía en Argentina, e iba en una silla de ruedas manual que, como yo no podía mover, empujaban mi familia y amiguitos. Resulta que un día, voy con mis amigos al centro de la ciudad, ellos se meten a una tienda a la que yo no puedo entrar así que, como es lógico, me dejan esperando aparcado al lado de la puerta. Es en esa tesitura que se acerca, en un momento dado, una señora y, sin que yo diga nada, me da dinero.

En Argentina no es que nos fuese muy bien económicamente (a casi nadie le va bien), pero nunca fuimos pobres. No obstante, un niño, dependiente de lo que le dan sus padres, siempre es pobre, y siempre está ansioso de tener dinero para gastar. Así que yo, sorprendido, pero no tonto, cogí feliz la limosna de la señora y me la gasté bien a gusto con mis amigos… supongo que en comer guarradas y en videojuegos.

Esto no me había vuelto a pasar hasta hace unos meses.

Volvía yo de mi viaje a Marsella (¡solo y usando cuatro trenes distintos!), que quizás comente un día en este blog, y estaba leyendo plácidamente un libro en el sitio para cascaos del tren que enlaza la estación de TGVs de Figueres-Vilafant con Barcelona (o que las enlazaba, según las últimas noticias).

Enfrente de mí, había un señor mayor, tranquilo y de una apariencia muy sabia, hablando en árabe con un hombre joven. Parecía que no se conocían, y que el hombre joven le estaba preguntando por su experiencia en diferentes lugares, el señor mayor le contestaba con una voz serena y grave, y el hombre joven escuchaba atentamente las respuestas del señor. De repente, la mujer del señor, que iba sentada al otro lado del pasillo, tras hablar con éste, se acerca a mí y me ofrece un billete de cinco euros diciéndome en francés que es para que me compre un café y algo de comer. Yo me quedo sorprendidísimo y le contesto en mi inseguro francés que merci beaucoup pero que no necesito dinero. Al decir esto, noto que a todo el mundo se le pone una cara muy fea y el hombre joven me explica, preocupado, en francés de nuevo, que es un regalo, que aunque me lo dé la señora es un regalo del señor, y que es para que me tome un café y coma algo. En ese momento, un poco nervioso y con el miedo de que rechazar un regalo suponga un importante agravio para esta gente, decido no discutir, acepto el billete y le doy las merci beaucoup al señor, que sonríe y se queda tranquilo.

Después del episodio, me quedé pensando en que la correlación entre discapacidad y pobreza es tan alta, que es normal que alguna gente, especialmente si es gente sencilla, o viene de países incluso menos desarrollados que éste, piense que una cosa implica la otra siempre, sí o sí, y asuma que todo cascao ha de ser pobre.

También me quedé pensando en que, aunque el sistema sea muchas veces miserable, la gente que lo habita rara vez lo es, y uno puede tener el honor y el placer de encontrarse en un tren cualquiera con un hombre sencillo y bueno que, quizás no siendo rico él mismo, le da dinero a un perfecto desconocido sólo porque piensa que lo necesita.

Los cinco euros que me dio, como él quería, me los gasté en la estación de Barcelona en un café y en una napolitana de jamón y queso.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha