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Supervivientes de Armero luchan por mantener recuerdos que tragedia se llevó

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Tumbas simbólicas y ruinas, la única señal de que Armero existió

Tumbas simbólicas y ruinas, la única señal de que Armero existió

Sin fotografías u objetos personales que les recuerden a sus seres queridos y la vida que tuvieron, los supervivientes de la tragedia de Armero luchan por mantener viva su memoria a través de relatos orales que reconstruyen la localidad colombiana arrasada hace treinta años.

Se estima que, tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz y el represamiento del río Lagunilla que provocó el mortal alud, sólo 4.000 personas sobrevivieron a la catástrofe de las casi 30.000 que habitaban Armero, la mayoría de los cuales quedaron malheridos, conmocionados y sin ningún sitio al que regresar.

La mayoría de ellos fueron realojados en las vecinas poblaciones de Lérida y Armero Guayabal, donde se afanan por no perder sus recuerdos sobre Armero antes de que se convirtiera en un inmenso camposanto la noche del 13 de noviembre de 1985.

Guayabal era un caserío rural de Armero que, tras la catástrofe, fue convertido en nueva sede del municipio con el nombre de Armero Guayabal.

"En 1981 nos fuimos a vivir allá. Vivíamos en el barrio Santander", cuenta a Efe Rosalba Rodríguez Martínez, que en el momento de la tragedia tenía 14 años.

Ese barrio quedaba cerca del parque y de la iglesia que hacía esquina, de la que hoy solo queda la cúpula; el cementerio se encontraba a pocos minutos y la zona, marcada por el comercio, se volvió especialmente caótica la noche en que la avalancha se precipitó hacia Armero.

"Mi mamá me despertó porque empezó a caer arena en el techo. Salimos a la calle y vimos a toda la gente correr, pero no había luz, entonces salimos corriendo hacia abajo. Yo iba primero, detrás venían mi madre y dos hermanos, se supone que ella volvió a la casa", relata.

Mientras Rosalba huía calle abajo, uno de sus vecinos, Nelson Arciniegas, cruzaba a toda velocidad con su vehículo en paralelo para comprobar si era cierto, tal y como le había gritado un vecino, que la riada estaba próxima.

"Íbamos en el carro y vimos algo oscuro", recuerda. Su mujer iba conduciendo y el miedo la paralizó. Tras varios angustiosos minutos en los que piedras y palos traídos por el alud golpearon el auto, Arciniegas tomó el volante y salió hacia su casa para recoger a sus hijos y luego buscar una loma alta.

Ese era uno de los planes con los que contaba la Policía, sostiene a Efe Josías Álvarez, entonces agente de 46 años que buscaba en otro vehículo al personal de Defensa Civil y que, al aproximarse al lugar, se dio cuenta de que la luz se había ido porque el alud destruyó las redes de energía.

"Vi a una muchacha y le grité: ¡Devuélvase porque Armero se está acabando!", relata Álvarez, que se marchó a buscar a su familia olvidando en el caos el protocolo de conducir al pueblo hacia la loma. Junto a él, vehículos de bomberos recorrían las calles avisando por megafonía de lo que ocurría, hasta que eran arrastrados por la corriente.

Quien sí tuvo claro hacia donde correr fue Mercedes Martínez, entonces de 47 años, que acompañada de dos hijas y una vecina huyó tras horas de sospecha e inquietud.

"Cuando por la tarde empezó a caer la ceniza me fui donde la vecina y le dije: Esto no es cosa buena. Desde hacía quince días tenía yo la maleta lista porque me lo había soñado (...) Habíamos ido varias veces a practicar el camino, pero con el afán no alcanzamos", explica.

Así que tomó una ruta alternativa, sin la tercera de sus hijas, embarazada, que vivía en la parte que la avalancha arrasó primero.

Rosalba, Mercedes, Josías y Nelson esperaron en la loma a que amaneciera, mientras escuchaban llantos y gritos de auxilio en las zonas bajas.

Nelson, con acceso a una radio, oyó como millones de colombianos el temprano relato de un aviador que descubrió que Armero "era ahora una inmensa playa".

Después el sol salió y pudieron comprobar que nada quedaba de las calles que recordaban. Rosalba no volvió a ver a su madre, ni Mercedes a su hija embarazada, ni Josías a la muchacha a la que gritó que corriera.

Las describen a base de memoria porque todas sus fotografías desaparecieron en el lodo y hoy, para reconstruir el camino que todos siguieron, debe compararse los mapas de Armero antes y después del fatídico 13 de noviembre de 1985.

Los pocos documentos gráficos que quedan de la vida en Armero muestran una reunión de amigos en una piscina municipal, o la calle de la iglesia, recuerdos que recogerá el museo Omayra Sánchez, la niña cuya agonía simbolizó la tragedia y que será inaugurado por el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, el próximo 13 de noviembre.

Por Cynthia de Benito

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