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(De)construye

Daniel de la Guardia continúa labrando su devenir artístico con 'No todo iba a ser retórica' en la santacrucera sala de arte contemporáneo del parque La Granja.

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Vista de una de las piezas de la exposición

Vista de una de las piezas de la exposición

- No todo iba a ser retórica, de Daniel de la Guardia
- Sala de arte contemporáneo del parque La Granja, en Santa Cruz de Tenerife
- Hasta el 2 de febrero de 2017

La obra expuesta por Daniel de la Guardia en la SAC del parque La Granja, en Santa Cruz, advierte desde un primer momento de la negación de la retórica a partir de las piezas expuestas. Dada la imposibilidad de este deseo, debe partirse de la consideración de ellas como fragmentos de un todo.

Estos pedazos son expuestos por De la Guardia en distintos formatos físicos que generan un fuerte contraste espacial. En primer lugar, se conservan numerosos pequeños lienzos, tradicionalmente reservados a retratos, en los que el autor, más allá de instantáneas de rostros, expresa la inversión de la figura humana, empequeñecida por el decorado. Todo ello se contrapone a una gran pieza de lino que muestra a un soldado de época pasada y gesto adusto y a un gran rollo de tela desplegado que remite a los antiguos pergaminos.

Estos elementos en apariencia inconexos configuran un escenario de diversas posibilidades. En las telas de menor formato, se mienta la historia de Gulliver y su visita al territorio de Liliput, donde este es apresado por seres de pequeñísimas dimensiones. Así se ilustra la inversión de tamaño del ser humano con respecto a lo circundante.

A partir de este ejemplo, De la Guardia produce diversas paradojas: un pastor cuyo pasto no conoce el fin, tres figuras en una mesilla de té que tratan de escuchar la conversación que se produce sobre sus cabezas, un guante gigante que condena a un político al ostracismo… Incluso los retratos de un hombre con el rostro parcialmente cubierto y el del propio guerrero sugieren una transformación, un juego de máscaras. Estos elementos se disponen con el único objeto de relacionarse con el espectador, sin necesidad de proponer una retórica concreta.

No obstante, el visitante tiene en el pergamino una serie de referentes filosóficos por los que puede guiarse entre una nube de conceptos que van surgiendo. Con todo, parece que su destino final sea precisamente el de escribir sobre él y así construir relatos relacionales. No se trata tanto del contenido en sí mismo expuesto por el artista sino precisamente, al modo de la filosofía deconstructivista, del uso que se le pueda otorgar como caja de herramientas.

El propio creador de esta corriente de pensamiento, Jacques Derrida, para tratar de explicar el propio deconstructivismo, afirma que “no tiene método”. La deconstrucción no conoce regla. El fragmento acontece y la construcción que puede hacer el sujeto de las instantáneas planteadas elude cualquier retórica oficial, librando a la imagen del discurso externo.

A pesar de que se intuye la maestría del autor en el figurativo y un amplio abanico de referencias histórico-artísticas, No todo iba a ser retórica no es una muestra al uso, ya que trata, con mayor o menor éxito, de disipar toda una serie de etiquetas aparejadas a cualquier imagen. Este ejercicio, que debería ser sencillo, es costoso dada la indigestión visual constante que se produce a diario. En cualquier caso, el simple esfuerzo se hace necesario.

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