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Los latigazos del ciclo

Estar en la senda del crecimiento no te da patente de corso para olvidar lo acontecido. Es cierto que, en determinados aspectos, ya ha pasado lo peor y que se continúa generando empleo proveniente de un incremento de la actividad productiva.

Ahora bien, la duda lógica se centra en la robustez de los pilares sobre los que se asienta el despegue, así como la duración y estabilidad de estos. También es verdad que, por cada noticia buena, seguro que alguien encuentra una mala, como si la neutralización de la sonrisa fuera un fin en sí mismo, empezando por la temporalidad contractual junto a los deficientes mecanismos de distribución de la renta, porque, aunque se trate de un hito y parte de la sociedad haya regresado a los niveles que tenía antes de la crisis (incluso mejores), estaríamos a punto de cometer una falta de respeto hacia las personas que están lejos de alcanzar la recuperación si nos jactáramos de tal proeza.

Las economías más fuertes en el proceso de recuperación han sido las que han mantenido un sector exportador potente, las que se han sabido reposicionar en los mercados internacionales sobre la base de estructurar su competitividad, no desde la perspectiva de los costes (siempre hay alguien que lo puede hacer más barato que tú), sino desde la óptica de la productividad.

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Afiliado por Almería

José Antonio Valbuena, consejero responsable de Medioambiente en el Cabildo de Tenerife

El Partido Socialista en el Cabildo de Tenerife tiene problemas. Unos problemas que no se diluyen aunque sean la mano izquierda de los nacionalistas en el Cabildo insular, ni aunque apoyen las políticas de Carlos Alonso. Ni siquiera se van a diluir aunque en el PSOE decidan encomendarse a la virgen de Candelaria. Son tantos los frentes que tienen abiertos que, aunque mañana decidieran hacer honor al nombre del partido que representan, pasarían sudores fríos y saldrían mal parados.

No es un secreto que José Antonio Valbuena forma parte del problema. Antes de que conociéramos el caso Piscifactoría o caso Aguamansa, Valbuena era conocido porque estuvo compaginando al menos durante un año su trabajo como consejero de Sostenibilidad, Medio Ambiente y Seguridad con su actividad privada como tasador. Lo sé, para ser consejero de Seguridad no da mucha confianza. Pero Valbuena acabó asumiendo el error porque lo pillaron con las manos en la masa, bueno,  y porque Podemos pedía su cabeza.

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Fiesta y negocio en Santa Cruz

Este Domingo de Piñata decimos adiós al Carnaval de la Fantasía. En los próximos días tendremos tiempo de afinar los datos que nos deja esta edición de la fiesta, pero a la espera de ese balance definitivo, sí podemos, al menos, realizar algunas reflexiones.

El Carnaval, efectivamente, impacta con fuerza cada año en la vida de la ciudad. A todos los niveles. En primer lugar, se trata de una celebración que condensa, concentra y exalta la alegría de todo un pueblo, en un ejercicio de imaginación, color y desenfado inimitable. Un sentimiento muy nuestro.

Pero también supone una oportunidad para los sectores económicos de Santa Cruz. La hostelería, el comercio, el turismo, la actividad textil o aquellas relacionadas con la industria del entretenimiento -especialmente las musicales- se ven impulsadas durante esas fechas a cotas difícilmente superables en otras épocas.

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Malo como un perro

Llevo unos días con la digestión demasiado pesada. Ya hoy, en el día de reflexión, puro eufemismo de necesarias horas completas de descanso, he logrado desatar mi nudo en la boca del estómago. El hecho de que haya sido este sábado y no otro día de las dos últimas semanas, más las muchas 24 horas previamente encadenadas de eso que llaman precampaña, demuestra con nitidez y sin opción alguna de haber metido la pata que el origen de mis males estomacales ha estado en el empacho de bazofia exhibicionista con tanto amago de ideología verdadera, tanta palabrería y tanto compromiso tras compromiso sin que importe nada más. Hueco...

Y claro que en la necesidad de tener que masticar cómo la gran mayoría se apunta a tanta bajeza sin la obligatoriedad de que el discurso cuelgue de la rama de la sensatez, para que así no levite hasta que tarde o temprano se descubra que todo fue un tal vez, un algo conscientemente amontonado y eficazmente aglutinador de espacio de renombre analógico o digital, con tinta, píxeles, audios o voz-imagen. Hueco...

Las precampañas electorales me producen la misma alergia que el pelo de los gatos con demasiado pelo, los que van dejando huella de que por tal sitio han transitado. El estómago se me enrolló estos días como una manguera larga y estrecha ya solo utilizada para el juego de perros inmaduros y niños arquitecto. Así de apretado, de torcido y de estrangulado me he sentido. No lo pude evitar, que existen las indigestiones de lentejas y pucheros, y más de garbanzas con todos sus colores y espesores, y también de racimos ácidos rellenos de verborrea, de antipalabras, de ritos y de muchas y muy seguidas estupideces. Hueco...

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Ser otro

Carnaval de Santa Cruz, en una de sus fiestas diurnas

Nací un lunes de carnaval de aquel interesante año de 1968, punto de inflexión que dio lugar a una nueva forma de entender la vida, por lo que siempre estaré orgullosa de ello. En mi familia, antes de mi llegada al mundo, mis mayores vivían los carnavales con cierta intensidad. Me contaban que mi abuelo los pasaba de lo más divertido, yendo disfrazado por las casas del vecindario pidiendo huevitos con un cesto y siendo convidado a un vinito aquí y allá por los vecinos para agradecer la visita y el buen humor.

Pero como no era hombre de mucho beber, al final el cesto de huevos acababa estrellado en cualquier orilla del camino. Mi padre heredó esa genética carnavalera y cada año, ni bien terminaba la cabalgata, ya estaba ideando el disfraz del año siguiente. Le gustaba crear cómicos disfraces para que nadie supiera quién se ocultaba detrás de la careta, mejor cuanto más fea; le gustaba ver a la gente reírse de sus creaciones, sobajarlos preguntando eso de “¿Me conoces?”. Alguna vez se fue a casa de la suegra, mi abuela materna, y después de un buen rato de tomarle el pelo, incluso de aceptarle su vaso de vino, le dio opción a la buena mujer a descubrir su identidad.

Y cómo no podía ser de otro modo, a mí me encanta disfrazarme desde que tengo uso de razón. Recuerdo los carnavales de mi infancia. Pasaban varios días insistiéndole a mi madre para que me dejara disfrazarme y salir a pedir huevitos por el vecindario y ella me contestaba una y otra vez que no, que le daba vergüenza, que en casa había comida, que no necesitaba ir a pedir nada a los vecinos. Pero no era por los huevitos, ni siquiera por las ricas torrijas que resultaban de ello. Era la sensación de transformarse en otra persona, el ponerse un atuendo ridículo que nunca te pondrías en circunstancias normales, el pintarse la cara con unos churretones como no lo harías nunca para salir a la calle, el sentir las carcajadas de los vecinos al verte y el miedo en la mirada de sus chiquillos...

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El exceso al acceso

Si lo primero que usted hace cuando se levanta por la mañana es revisar sus perfiles en redes sociales, para comprobar si alguien en Melbourne le ha respondido a la magnífica fotografía de un gato tocando el piano con cara de satisfacción, tienes un problema. Pero puede ser peor aún. Y es no haber apagado el móvil durante toda la noche para ver si en el grupo de la familia (cuñados y cuñadas incluidos), al ir al baño de madrugada, se ha puesto el chiste gráfico que en esos momentos triunfa en internet. No obstante, al fin y al cabo, podríamos decir en nuestra defensa que se trata de la gestión de nuestro ocio. Ahora bien, cuando la conectividad pasa del entorno personal al laboral, la situación cambia.

Un smartphone lleno de ruiditos emitidos al recibir correos electrónicos desde diferentes cuentas, notificaciones provenientes de las diferentes redes sociales a las que, voluntariamente, se ha adscrito, que si mensajes de los grupos, etcétera, hacen que se genere una situación de carga de estrés adicional al que normalmente ya estamos expuestos. Pero, ahondando en esta situación, a la vez que nos hartamos y nos agobiamos, se genera una cierta situación de adicción y dependencia.

Por ejemplo, ¿quién no ha experimentado la sensación de una incierta vibración en nuestros bolsillos sin que el móvil esté en alguno de ellos? O ¿quién no acude a su dispositivo electrónico para ver si se le ha acabado la batería o se ha estropeado cuando ha pasado más de treinta segundos sin recibir notificación alguna? En todos esos casos, “Houston, tenemos un problema”. Y tenemos un problema porque se nos podría diagnosticar adicción psicológica a la ultraconectividad, y como toda adicción, hay que saberla controlar con el fin de poder seguir beneficiándonos de las tecnologías de la comunicación sin empobrecer las relaciones sociales físicas, si se me permite la expresión.

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La corrupción inexistente

Fernando Clavijo, presidente del Gobierno de Canarias, en el Parlamento regional

En las últimas dos semanas están sucediendo cosas inexplicables, como el hecho de que el presidente del Gobierno de Canarias diga en sede parlamentaria que en las islas no hay corrupción. Fernando Clavijo se ha marcado una  fake news a lo Pablo Casado (PP) y no ha salido en medios nacionales, ni se ha hecho viral como el vídeo de Rajoy bailando. Clavijo quiere convencernos de que “en Canarias la corrupción es inexistente”, una mentira que desmontan los últimos  datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Esos datos sitúan a Canarias como la comunidad autónoma con más acusados en procedimientos abiertos por corrupción de toda España. Además, Canarias fue la comunidad autónoma donde se registraron más procedimientos judiciales por corrupción entre julio y septiembre pasado. También Canarias está por delante de la Comunidad Valenciana o de Cataluña. Recordemos que la Comunidad Valenciana ha tenido casos tan sonados como el de Emarsa, la Gürtel valenciana o el Nóos, donde estaba implicado el cuñado del actual rey.

Solo hace falta repasar los medios de comunicación para darse cuenta de que Fernando Clavijo ha mentido en sede parlamentaria. El caso Las Teresitas y varias de sus piezas separadas eran juzgados el año pasado. Es el caso que la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife definió como “una trama delictiva jerarquizada”. Seguro que muchos lo recuerdan. También es el caso en que condenaron a uno de los tótems de Coalición Canaria a siete años de prisión. El caso que demostraba que Miguel Zerolo era un político corrupto, a pesar de la defensa inexplicable de los miembros de su partido. Sí, ese caso por el que el propio Fernando Clavijo se disculpó como afiliado de Coalición Canaria.

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Dejarlo ir

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Una ciudad de fantasía

Ahora que estamos en plena celebración del Carnaval de calle, me gustaría aprovechar el momento para desear a todos los chicharreros y miles de personas que nos visitan en estas fechas una feliz fiesta. Y también para agradecer el trabajo y dedicación de todos aquellos que desempeñan responsabilidades en los servicios de limpieza, seguridad o emergencias, a quienes debemos que la ciudad mantenga su pulso diario.

Santa Cruz respira Carnaval, esa fiesta que nos identifica y por la que es reconocida en todo el mundo, una fiesta que es de Interés Turístico Internacional y, lo que es más importante, permite a todos los chicharreros, a todos los tinerfeños mostrar nuestra cara más alegre, cordial y acogedora.

El Carnaval es imaginación, ingenio, color, música y camaradería. Y este año, más que nunca, fantasía. Precisamente ese es el motivo elegido para la presente edición y el que nos ha permitido disfrutar de unos magníficos prolegómenos a la fiesta en la calle, con la celebración de unos concursos brillantes.

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Primos de riesgo

Acabo de leer en la prensa que en la isla hermana de Fuerteventura un menor de quince años accedió a un instituto de enseñanza armado con un cuchillo de grandes dimensiones amenazando y poniendo en jaque a profesores y alumnos. Hace unos días varios menores de entre doce y catorce años violaron a un niño de nueve en un colegio de Jaén. En un instituto sevillano de Lebrija unos alumnos agreden a un profesor, los padres encima lo denuncian, y a continuación un millar de alumnos se manifiestan pidiendo la dimisión de la directora. Definitivamente, nos hemos chiflado. Me pregunto yo qué tiene que pasar todavía para que desde las instancias políticas y legislativas se tomen cartas en el asunto de la educación. Porque… ¿somos o no somos “autoridad pública” los profesores según se dicta en el artículo 550 del Código Penal?

¿Es que nadie les va a decir a los alumnos y a sus padres que nosotros los profesores estamos ahí para enseñarles materias como Matemáticas, Lengua, Historia… únicamente para el bien de ellos, para el progreso de la sociedad en su conjunto? ¿Nadie les va a aclarar que nuestra principal labor no es la de educarlos, decirles que la vida humana es valiosa y que nadie tiene derecho a quitársela a nadie, que eso tienen que aprenderlo de sus mayores? ¿Que nadie tiene por qué asistir a su centro de estudio o de trabajo con miedo a perecer a manos de cualquier adolescente flipao? ¿Qué les pasa a los chicos hoy en día? ¿Y a los padres? ¿Qué dosis de violencia están tragando en sus casas o ambientes de ocio que luego es trasladada a los entornos escolares?

Cada día estoy más asombrada, asustada, estupefacta. Salgo cada día de casa rezando para poder regresar sana y salva a mi hogar; para que ningún chaval con la moral distraída por tanta tecnología y sed de sangre y de novedades vaya a hacer lo posible para que llegue a mi casa un mensaje funesto. Salgo cada día con miedo a que, tan solo por reprender a un alumno, vaya a venir luego su progenitor a comerme viva o bien acompañado de sus abogados a defenderse de mi maldad por usurparle su puesto de educador de su retoño. Parece una tontería pero es así. Muchos profesores tenemos miedo, literal, porque los colegios son una bomba de relojería, que no sabes cuándo ni dónde ni cómo va a explotar porque indicios sobran.

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