Opinión y blogs

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El día a día

Todas las mañanas coincido con un abuelo y su nieto de camino al colegio. Me encanta frenar mi marcha, ir un rato detrás de ellos y observarlos. Es muy entrañable verlos. Cogidos de la mano disfrutan del paseo y charlan de sus cosas. Se hace curioso cómo dos generaciones tan distintas pueden tener tantos temas en común. Justo en la entrada del cole se paran para ver, entre el hueco que dejan dos edificios, el juego que los rayos del sol hacen con las nubes. Tengo la impresión de que se ha convertido en una especie de ritual mañanero en el que ambos se divierten. Ninguno de los dos tiene prisa por llegar a ninguna parte, no están pensando en lo que hicieron ayer o lo que harán mañana, simplemente disfrutan de ese instante y de la compañía sin pretensión alguna. Son ellos los que sin saberlo despiertan mi primera sonrisa del día, haciéndome recordar esos pequeños detalles que hacen que seas realmente feliz.

Es entonces cuando no puedo evitar viajar a mi niñez. Supongo que ver a ese niño disfrutar de aquel momento con su abuelo me trasladó a esa época de mi vida; cuando era pequeña y era tremendamente feliz. Pero mi dicha tampoco se basaba en grandes cosas. Era feliz con pequeños detalles: compartir un chupete Kojak en el recreo, llegar a casa y encontrarme un sobre de pegatinas para mi álbum de los Gnomos, ganar la Chochona en la tómbola de las fiestas de mi pueblo, comer gofio con azúcar para merendar, bañarme en la palangana de mi abuela… Eran instantes de placer absoluto que me hacían ser la niña más afortunada del mundo. No pensaba en buscar una felicidad a largo plazo, ni siquiera en alcanzarla, simplemente disfrutaba de lo que me ofrecían esos momentos. Quizás ahora me esté olvidando de disfrutar de los pequeños placeres que me ofrece la vida, de esos que te hacen sentir inmensamente plena en apenas segundos...

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Partidos partidos

Asier Antona

A lo largo de los últimos meses hemos asistido atónitos al espectáculo de cómo se partían en pedazos los diferentes partidos políticos de uno y otro flanco, como si fueran los cascarones de endebles barquillas en medio de una tempestad.

Primero vimos cómo se repetían las elecciones generales, con todo el pastón que eso supone, porque no se ponían de acuerdo unos y otros para formar gobierno. Más tarde Pedro Sánchez decidió marcharse y ahí mismo sucedió lo nunca visto: el PSOE se plegó para permitir que gobernara el PP, lo cual dejó la entredicha unidad de los socialistas en puro papel mojado.

Pedro, con el rabo entre las patas, decidió darse una vuelta por todos los pueblos de España buscando recuperar la confianza perdida de los afiliados para ver si en el próximo asalto puede ganarle a Patxi López o tal vez a Susana Díaz. En nuestro archipiélago fue tal la debilidad y el encaprichamiento en el que se sumieron los socialistas canarios, que el presidente Clavijo se vio obligado a cesar a los que habían sido sus compañeros de viaje y pensar que por el momento más valía solo que mal acompañado.

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Velocidad y tocino

Las políticas de estímulo, desde la perspectiva de la minimización de la presencia de la Administración pública en la sociedad, únicamente dejan nichos de mercado lo suficientemente apetecibles para que sean sustituidos por la iniciativa privada. Dicho procedimiento no es malo por esencia. El problema surge cuando la iniciativa privada aplica los criterios puros de rentabilidad y deja fuera del sistema a un determinado número de personas que, con sus propios recursos, no tendrían acceso al servicio.

Es obvio que la Administración pública es parte de la economía. Muchas veces la seguridad jurídica se explica poco y pareciera que se muestra como un impedimento, sobre todo cuando se nos ahoga con cargas burocráticas incomprensibles para el administrado de a pie. En nuestra economía, la canaria, la presencia pública alcanza en algunas islas el 50% del PIB. Cifra nada desdeñable que debe y puede ser utilizada y, en algunos casos, modulada. El problema es cuándo.

Si nuestro PIB creciera el 4% anual, el arrastre que ejerce la demanda privada será lo suficientemente alto como para que nadie tenga la necesidad de ser estimulado por la iniciativa pública. Es en ese momento cuando hay que disminuir déficit (incluso eliminarlo) y contener el endeudamiento. Por el contrario, cuando la situación viene torcida (decrecer o crecer por debajo del 1%), hay que generar un esfuerzo inversor superior por aquella parte de la sociedad que es capaz de hacerlo, de forma que, si uno solo no puede, todos juntos sí. Aquí es donde entra la Administración como factor económico a la hora de representar a todos los administrados. Por desgracia, el animal spirit que todos tenemos dentro nos hace actuar de la forma contraria. Solo conducimos despacio después de ver un accidente. Y después de cinco kilómetros todo se olvida.

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Reflexión sobre las galas de reina infantil

Hace unos días el Cabildo de Tenerife aprobó por unanimidad, a petición del grupo de Podemos, una moción para promover diversas acciones en contra de -cito- “los actos populares que fomenten valores sexistas, machistas o que promuevan la hipersexualización de las menores o que puedan menoscabar su autoestima”. Se refieren específicamente a las llamadas galas de reina infantil (de las fiestas de nuestros pueblos y barrios), que proponen eliminar y sustituir por galas de la infancia. Sinceramente felicito a Podemos por esta iniciativa. Qué decir de unos concursos donde se fomenta que la autoestima dependa de la opinión ajena sobre la imagen propia. Ya está todo dicho.

¿Realmente está todo dicho? Yo creo que no. Y no, no voy a defender los concursos de reina infantil, pero sí me gustaría hacer una reflexión sobre las formas más habituales de actuar contra el sexismo. La cuestión es así: nos fijamos en las niñas y mujeres haciendo cosas y emitimos un juicio sobre ello. Entonces les decimos, con mayor o menor vehemencia, cómo deberían comportarse según nuestra opinión. Si llevan poca ropa, ponerse más (porque no está bien parecer objetos para el consumo masculino); si llevan mucha, quitársela (porque algunas prendas son símbolos de opresión), y si participan en un concurso de belleza, bajarse del escenario e irse a casa (porque está mal ser juzgada por el físico). ¿Y los hombres y los niños? Bien, gracias. Qué tentador es pretender ser feminista indicando a las mujeres lo que tienen que hacer, y dónde tienen que estar, sin cuestionarse nada más.

Resulta que somos seres sociales y necesitamos la aprobación del prójimo. No es un valor que yo comparta personalmente, pero lo cierto es que hay un consenso social al considerar positiva la competición buscando el aplauso de la comunidad (“por escuchar al público aplaudiendo y coreando mi nombre todo valió la pena”, dicen esos deportistas que presentamos como ejemplo para la infancia). Ahora abramos el periódico del lunes por las páginas donde se publican los resultados de los deportes o encendamos la televisión el día del concurso de murgas: el número de mujeres es testimonial. ¿No será entonces que muchas niñas se prestan a participar en las galas de reina infantil porque son de las pocas actividades donde las dejamos destacar?

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Preguntas

Carlos Alonso y Alberto Bernabé, presidente del Cabildo de Tenerife y consejero insular de Turismo

De la misma forma que la mayoría no tiene siempre la razón, tampoco la legalidad siempre va de la mano de la ética, en la mayoría de las ocasiones porque la ética social suele ir un paso por delante de la que se plasma en las normas y reglamentos jurídicos. Mientras que en Europa la transparencia es una cuestión de obligado cumplimiento, en España todavía estamos comprendiendo qué es la transparencia y cómo debe usarse. En Canarias, como siempre, vamos con una hora menos, aunque fingimos ser la locomotora del cambio.

Esto es lo que le ocurre al Cabildo Insular de Tenerife, presidido por Carlos Alonso (CC), que, mientras se creen que son la locomotora del cambio, están a años luz de lo que demanda la ciudadanía. Sucede que el Cabildo de Tenerife es una de las instituciones con mayor oscurantismo de toda España y, además, en los últimos tiempos, este se ha servido con polémica porque se han detectado diversas irregularidades en sus empresas. Fue algo que no ha ocasionado mucho revuelo porque parece que con disimulo y una disculpa en letra minúscula todo queda en casa.

Gasto o inversión

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En diez metros cuadrados

podenco

Comienza a amanecer pero todavía hace frío. La lluvia de la noche se ha colado entre los barrotes y ha empapado el suelo. Las paredes están húmedas. Estoy acurrucado en una esquina pero ya no tengo sueño. Tampoco he dormido bien. Llevo toda la noche en tensión porque las tormentas me dan miedo y me siento solo. No lo estoy. Ellos me acompañan, aunque hace ya mucho que perdieron las fuerzas. Tengo hambre.

Me levanto y me estiro. Empiezo a caminar hasta que, de pronto, algo me aprieta el cuello y me obliga a detenerme. Es una cadena. La misma cadena a la que vivo atado 24 horas. A veces se me olvida que la llevo. Estoy lleno de heridas, aunque no recuerdo cómo me las hice. Grito, pero nadie me escucha. Ellos me miran. Creen que estoy loco por mantener la esperanza. Tengo hambre.

Me acerco hasta lo que resulta ser un recipiente. Está vacío. Ya no recuerdo la última vez que pude llevarme algo a la boca. Vuelvo a mi esquina y me siento encima del barro y de lo que parecen excrementos. Es probable que sean míos. Qué más da que me ensucie si ya nadie me acaricia. Todavía conservo un hueso que encontré enterrado cuando llegué aquí. Gracias a eso me entretengo. Jugar me ayuda a recordar lo mucho que me gusta correr. Ahora vivo encerrado en diez metros cuadrados. Cierro los ojos, pero no puedo evitar pensar en lo mismo. Tengo hambre.

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Peripecias y disparates

No es necesario incidir en la desastrosa gestión política que embadurna el procedimiento burocrático de aquellos desafortunados que, inmersos en un mercado laboral de precariedad creciente, se hallan en la penosa tesitura de tener que buscar con angustia un puesto de trabajo lo más digno posible desde el desolado escenario del paro, afrontando un patio de butacas de adversidad y rechazo, donde se les abuchea y maltrata con improperios y agravios que atentan contra su más elemental derecho a la dignidad de ser humano.

Para poder generalizar razonadamente esta reflexión, nada mejor que poner un ejemplo real y verídico que sirva como muestra del aluvión de casos similares que, para mayor escarnio, tienen la imposibilidad casi absoluta de contar sus penalidades y compartirlas con una opinión pública demasiado contaminada por discursos políticos y mendaces datos electoralistas.

Póngasele nombre a un trabajador de 50 años que lleva seis desempleado, tras 20 ejerciendo una misma actividad en varias empresas. Cobró las prestaciones correspondientes y el subsidio por cargas familiares. Inscrito desde el principio en el Servicio Canario de Empleo (SCE) como solicitante de un puesto de trabajo, con la obligación de presentarse con su firma para renovar la solicitud cada tres meses. A lo largo de estos seis años de precariedad, solo ha sido requerido dos veces para comparecer ante una empresa de trabajo temporal -las dos veces, en el último mes-. En la primera cita fue convocado para ser incorporado a diferentes planes de empleo mediante la realización de cursos de formación. Pero tras ser entrevistado al respecto, se desestimó su participación por no dar un perfil específico (cocinero, veterinaria…).

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Las dudas

Llegué al hotel después de dar siete vueltas a la misma ciudad en el único taxi que había encontrado. Me subí al asiento de atrás convencida de que solo tardaría unos minutos. A la tercera vuelta le pedí al taxista que parara un momento y me senté a su lado.

Él me habló de la mujer que tuvo lejos hace años mientras su hijo nacía en España. Me contó lo que era la culpa; la manera en la que se le enraizó en la conciencia, el modo en que lo despertaba cada noche. Yo le dije que había quedado con un desconocido en el hotel al que me llevaba y me contestó: “No intente hacer creer que nunca la ha querido nadie”. No supe qué responderle, pero deseaba asegurarle que esa era la verdad aunque él no me creyera.

Me dejó en la puerta y me preparé para dormir con un extraño. Quería quedarme en el coche el resto de la madrugada descubriendo cada calle; todas ellas serían la excusa para pagar mis deudas. Cada rincón sería el alivio temporal en el que quedarme a vivir mientras me repetía que al fin y al cabo querer no era tan fácil. Por eso era que yo desquería cada fin de semana con el corazón en la mano y se lo tiraba a la cara a todos los que pretendían hacerme creer que aquella sería la última vez. Como si yo no supiera ya que el tiempo es el único amigo del dolor y la costumbre un papel quemado por sus bordes en el que aún queda intacto un pedacito de esperanza.

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El diálogo da resultado

El Gobierno de Canarias y el Ayuntamiento de Santa Cruz alcanzamos esta semana un acuerdo para la implantación de la denominada “tarifa única” del taxi, con lo que hemos cumplido el compromiso adquirido con la representación mayoritaria del sector y plasmado, junto a otros objetivos, en una hoja de ruta consensuada el 22 de diciembre.

El citado acuerdo ha sido fruto de la negociación, el diálogo y la voluntad de entendimiento entre las dos administraciones, por un lado, y por el trabajo conjunto y constructivo del Ayuntamiento con las principales agrupaciones de taxistas.

Quiero agradecer en este punto la predisposición de la Consejería de Economía, Industria y Comercio del Gobierno de Canarias, organismo competente en materia de precios, para sacar adelante la “tarifa única” y, de paso, corregir una injusticia con el sector del taxi en Santa Cruz, el único de la Isla que hasta el momento no podía disfrutar de la misma.

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‘Kind of blue’

Aquella tarde ya percibía que no estaba para nadie, incluso ni para su amigo del alma. Tras las noticias grises primero y negras después del señor de la bata blanca, había decidido tirar de todas las correas para apagar la luz cristalina de tanto día soleado y así ir preparando su cueva para el atraque del ocaso.

No hacía nada de interés, salvo pensar. Todo era pensar cómo iba a presentarse el óbito. “¡Qué misterio!”, y sobre todo, “¡qué angustia, Dios mío!”, balbuceaba. “Hasta Dios se me aparece, quizá por la desesperación extrema, como idea de salvación terrenal, algo que ya se sabe que no es, que aquí no escapa nadie”, mantenía la cordura. “Esto no va de colores ni ideas ni bellezas ni riquezas. La muerte -siempre reflexionaba, antes, cuando le tocó estar sano, y ahora, con la enfermedad terminal- es lo único que iguala al ser humano”.

Aquella tarde, más apagada de lo habitual (las persianas dibujaban la cueva) para tanto día seguido de verano verdadero: con sol, calor y luz avasalladora, él sintió que las horas se iban frenando, poco a poco, pero queriendo terminar con la escasa claridad vital que llevaba dentro. Y así ocurriría. Apenas podía caminar; se arrastraba… Tenía sed, mucha sed (“un mal presagio”, pensó), y se fue a la nevera: vacía, sin nada, sin casi algo fresco… Pero es que hasta sin luz vivía…, salvo montones de pilas. Todo imposible. Tiró de la botella de agua, llenó un vaso con el poco líquido que quedaba en el bote de cinco litros y cogió las grageas que a esa hora le tocaban para engañar el dolor, lo único que de mala manera evitaba la medicina.

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