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Átomos suicidas

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indra

Nadie sabrá las veces, las mil veces,
después de la tristeza o de la humillación,
que envidié la sonrisa de los cínicos,
esa distancia fría de sus labios
ante la realidad.

Luis García Montero

He borrado de mi memoria todas las posibilidades de recordarte y, aún así, acudo a la única fotografía que me queda de tus palabras para asegurarme de que hago bien en no volver-nos. Regreso a las despedidas para reafirmarme en mi decisión de haber elegido el vacío; porque si fuera por los kilómetros, la soledad o el rechazo, ni siquiera entendería el olvido como opción.

Entonces solo vendría a mi mente la imagen de un mar en calma en invierno, la veintena de desconocidos que me sobraban, el mundo que me sobraba, y aquel faro, una luz tranquila y sonriente a la que no sabía cómo dirigirme para que no abandonara nunca el rincón que quería convertir en nuestro.

Lo que acabó por agotar mis ganas fue la oportunidad ausente y ahora no sabría explicar el acantilado en el que vive un Madrid que se había acostumbrado a la nada. Mi torpeza para recapacitar sobre un adiós definitivo, un “esta vez, ya no más”, hizo que me descubriera con más cada día a sabiendas de que nunca hubo menos.

Lo que acabó por agotar mis ganas fue la oportunidad ausente y ahora no sabría explicar el acantilado en el que vive un Madrid que se había acostumbrado a la nada

Me he reencontrado con un yo despojado de toda esperanza absurda e imaginada, con mi yo en otras ciudades algunas veces, con mi yo como amante fantasma. Mi ser como un ente débil que se enfrenta a la vida como si no supiera que tal vez hoy sí, pero no mañana. En algún punto me di cuenta de que para construir una vida a medias hace falta tener dos que multipliquen y que no es suficiente con arrastrar el deseo.

A día de hoy sé que solo podemos convertirnos en restos y por eso escribo a casi desconocidos y por unas horas pienso que no lo son, que quizá esta vez, que por qué no. Sin, embargo, lo serán y también lo serás tú. Como todas las personas que con los años se convierten en miradas y cuerpos extraños, como todos a quienes pasada la vida les pregunto si me recuerdan. Les interrogo porque yo no sé quién soy, ni siquiera quién era, y me gustaría entender si ellos en algún momento descifraron nuestra fragilidad como algo más que dos átomos suicidas.

La unidad más pequeña de la materia jamás había sido tan ligera como después del momento en el que un mundo flotó sobre el océano. Confieso que ahí empecé a perder la fe; lo hice en el suelo todos los años en los que me encerré y que por mi culpa cargarán siempre con la marca de unas lágrimas inútiles.

El mismo día que el peso de mi llanto fue incapaz de elevarme al subsuelo, le compré un poema a un desconocido por dos euros y luego me di cuenta que era solo una fotocopia. Pagué por unos versos en los que ponía jente y recuerdo pensar que nunca antes el dinero me había importado tan poco. Seguí andando por aquella ciudad que ya sería únicamente mía y entendí que nadie puede conocer un lugar si no es capaz de recorrerlo en soledad. Es precisamente el abandono el mejor aliado para el olvido. Puede que solo para el alivio.

“Para insoportable levedad del ser, la mía, la nuestra”, me dije.

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