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Cataluña: un negocio indecente

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Tanto que quizá debamos revisar, y en su caso corregir, el sacrosanto concepto de la unidad de España para contrarrestar el chantaje continuado de un territorio con dos caras y que, a simple vista, no nos merecen como compatriotas.

De un lado, los separatistas radicales -dicen que son algo menos de la mitad-. De otro, el cincuenta y tantos por ciento restante de quienes se declaran también españoles. Pero estos no parecen demasiado firmes contra los que chalanean en su nombre, con amenazas de referéndums ilegales o el amago de una descabellada república catalana independiente.

Todo ello frente a un débil y timorato Gobierno central que no sabe gobernar sin mayoría absoluta. Que cuando la tuvo, no supo gestionarla por hallarse inmerso en sus casos de corrupción, y por usar la apisonadora donde no debía; ahora actúa con cobardía ante la inminencia de un gravísimo delito de sedición: pagar un rescate archimillonario con el dinero del resto de los españoles es ignominia y vergüenza para la dignidad de un pueblo que cede al chantaje barriobajero de unos pocos, en lugar de verse protegido por las medidas legales contempladas en nuestra Constitución.

Pareciera que el riesgo de la firmeza en las decisiones políticas pueda afectar a los intereses de partido en lo referido al cultivo o conservación de votos, en contra de los verdaderos derechos del pueblo soberano.

Es por lo que conviene plantearse esta especie de infección territorial como una dolencia crónica, cuyo tratamiento con antibióticos y paños calientes resulta carísimo y no presenta visos de curación. Antes bien, el tumor parece inmunizado ante la reiteración de ungüentos y efectos placebo que solo sirven para camuflar la llaga con apósitos de lujo, mientras la herida sigue abierta y supurando sin cesar.

La intervención quirúrgica de recortar el mapa, ponerle un fueraborda y a “tomar Fanta” tiene sus contraindicaciones morales y humanitarias, pues deben tenerse en cuenta los derechos e intereses de esa más de la mitad de catalanes que, sin dejar de serlo, también desean seguir siendo españoles. Pero hasta cierto punto y con matices.

Pues dentro de ese elevado porcentaje no independentista son muy pocos los que se enfrentan abiertamente al radicalismo patógeno de sus trileros políticos. Por el contrario, muchos de ellos se aprovechan del conflicto para medrar: “Mientras esos estúpidos nos sigan dando pasta a raudales, no me va mal eso de que nuestros navajeros los mantengan amenazados. Será por aquello de ‘la pela es la pela’…”.

Parecida filosofía indecente se dio también por ahí arriba, donde se mataba mucho para perseguir objetivos turbios y aberrantes; dentro de un supuesto estado de derecho en el que solo se aplican los conceptos de democracia y derechos humanos en beneficio de los asesinos, que no de sus víctimas.

Este nocivo y fracasado estado de las autonomías parece diseñado para despilfarrar la mayor parte del gasto público en suculentos estipendios y regalías escandalosas para una multitudinaria pléyade política, inmoral, abusona e incompatible con el pretendido bienestar de los ciudadanos normales. Que además -y mucho más grave- fomenta desigualdades socioeconómicas a favor de las dos autonomías privilegiadas, consentidas y malcriadas, que alegan falsedades históricas y mienten en nombre de su democracia artificiosa. Adoctrinados desde la cuna en el odio a España, vulneran la autoridad instituida mediante la presión beligerante del insulto sistemático y menosprecio a la Justicia. Consiguen amedrentar a la penosa jerarquía oficial en perjuicio de esta gran mayoría, vulnerable e indefensa.

La utopía de un Estado federal que respetase la especificidad cultural, el acervo histórico, recursos, costumbres y tradiciones de cada región, sería imposible aquí, porque la base del federalismo es la simetría del “todos iguales e igualmente solidarios”. Incompatible, por lo tanto, con veleidades separatistas en las que un par de territorios ensimismados en su egocentrismo discriminan al resto y esquilman a los más desfavorecidos, reivindicando unos derechos inventados para explotar recursos ajenos y, además, vendernos los suyos a buen precio.

Una situación de indefensión generalizada ante la pasividad e inoperancia oficial; el expolio organizado; un altísimo precio por ceder al reiterado chantaje; el grave atentado continuo contra la dignidad de un pueblo agraviado por el abuso mafioso de una “honorable” sociedad de familias putrefactas, donde las mordidas del 4% parecen ser religión… Todo ello nos induce a exigir un referéndum, pero de verdad. Convocado para todos los españoles, incluidos, por supuesto, los catalanes -los fundamentalistas y los otros-. La pregunta al pueblo deberá ser: “¿Desea seguir compartiendo patria con esta Cataluña a cualquier precio?”. Creo que, si echamos cuentas, el uso de razón y el sentido común nos decidirían a reconsiderar la unidad de España con el respeto debido a nuestra verdadera historia, a los símbolos, al himno y a la bandera…

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