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Crecer y/o repartir

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Siempre hemos defendido que hay dos grandes redistribuidores de renta. Por un lado, tenemos el reparto existente entre los salarios y las ganancias empresariales, mientras que, por el otro, tenemos las diferentes estructuras fiscales que recaudan fondos y los devuelven en forma de bienes y servicios públicos.

Respecto al primer de los sistemas, de la renta total, los salarios han perdido protagonismo, debido a que se ha apostado en nuestra reciente historia económica por la competitividad vía costes, mientras que, respecto del segundo, se ha fortalecido la recaudación vía gasto, mientras que se ha estrechado la progresividad de los impuestos directos sobre los diferentes tipos de rentas.

No obstante, pese a que la corrección del déficit se impuso como dogma (no así de la deuda), se pudo sostener un sistema de prestaciones sociales que amortiguó, en cierta forma, una peor ruptura de los procesos de cohesión económica y social, sin haberlo evitado en su totalidad debido a que la actividad económica perdida expulsaba a las personas del sistema a tal velocidad que ninguna barrera de salvación se mostraba insalvable. En este sentido, el enorme crecimiento del desempleo asociado a la disminución de la actividad económica fue el responsable de la caída de las rentas más bajas y del empeoramiento en la distribución.

Cuando se apuesta por estilo un de crecimiento basado en un proceso de desarrollo sostenible, éste pierde su validez si no es capaz de absorber a aquellas capas concéntricas de la sociedad que están más alejadas de un hipotético epicentro de bienestar. De ahí que la actuación del sector público debe generar la protección adecuada frente a los riesgos sociales que generan ruptura de clases, a la vez que debe proveer, de forma eficaz (en todos sus sentidos), de los denominados bienes preferentes, como son la seguridad, la justicia, la sanidad, la educación y la formación.

En la actualidad, estamos asistiendo a incrementos de la renta agregada. Si ésta se repartiera de forma proporcional entre la población, observaríamos incrementos en el nivel medio de renta, pero con una distribución estable

Pero la sociedad no se comporta como la mecánica de un reloj, donde puedes mutar piezas y todo sigue funcionando igual. La sociedad es un organismo vivo que se mueve hacia el relevo de preferencias que permita evolucionar hacia un estatus más positivo que el experimentado en su situación de partida, dando como efecto inmediato los flujos demográficos, de tal forma que se mueven en relación con las oportunidades existentes, tal y como sucede en la actualidad con la población activa, la cual acude a los diferentes mercados según las expectativas de mejora que poco a poco van apareciendo. De ahí que hay que ocasionar oportunidades que permitan ser acreedores de las oportunidades.

En la actualidad, estamos asistiendo a incrementos de la renta agregada. Si ésta se repartiera de forma proporcional entre la población, observaríamos incrementos en el nivel medio de renta, pero con una distribución estable. Pero nada garantiza que evitemos incrementos en la desigualdad, medida por índices relativos, porque no se dispone de un sistema que distribuya los crecimientos de forma proporcional entre los diferentes estratos de renta (tal y como sucedió con las caídas), demostrados tozudamente a través de las estadísticas, de forma que los estratos de renta inferiores sufrieron con mayor intensidad las caídas de renta asociadas.

Por ello, es ahí donde hay que focalizar los esfuerzos, tanto públicos como privados, con el objeto de seguir configurando una sociedad única donde la palabra solidaridad y cohesión no sean dos vocablos que únicamente se pronuncian de cara a la galería, vaciándolos de contenido y haciéndoles perder credibilidad.

*Economista

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