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Estibadores, ¿ángeles o demonios?

Carlos Castañosa

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Seguro que ni lo uno ni lo otro. Quizá sean el último vestigio de una situación laboral, no demasiado lejana, en que la relación trabajo digno/sueldo digno daba uno por equipararse numerador y denominador. Pero la reforma laboral dio al traste con valores relacionados con derechos fundamentales y la dignidad del trabajo fue sustituida por precariedad generalizada. Es posible que en el ámbito actual no encaje un colectivo que puede ser puesto en el punto de mira mediático -como se hizo en su día con los controladores aéreos- mediante una campaña de desprestigio ante la opinión pública demasiado vulnerable ante supuestos privilegios de los demás.

Sería imprudente posicionarme a favor o en contra de las reivindicaciones económicas de los estibadores. La falta de conocimiento suficiente de la situación real, apenas sustentada por titulares y comentarios de prensa, me induce la discreción.

No creo que el conflicto creado por el cumplimiento o no de la legislación europea -bajo amenaza de una multa millonaria- dé lugar a un traumático y vergonzoso “estado de alarma”, como sucedió hace seis años con los controladores aéreos, que, por cierto, al cabo del tiempo han sido exonerados judicialmente de toda responsabilidad por aquel brutal cierre del espacio aéreo. Culpa que, por lógica, debiera recaer sobre el verdadero artífice de aquella afrenta que, con premeditación y alevosía, se gestó contra los derechos e intereses de una población agraviada y engañada.

Sin eufemismos ni paños calientes: el máximo responsable de la seguridad aérea, en tiempo de paz, es el ministro de Fomento. Con aquel despropósito, interesado y perverso, el titular de entonces atentó además gravemente contra la seguridad de las personas, perturbando con ensañamiento un operativo donde el necesario y justo equilibrio psicosomático es incompatible con el maltrato laboral.

De vuelta con los estibadores, no creo en la voluntad negociadora que alegan las autoridades, pues la experiencia personal vivida, o sufrida, en mi época de profesional en activo, siempre era más de lo mismo. En todos los casos de conflicto laboral se desarrollaba la misma táctica por parte del poder instituido; bien de la empresa desde su prepotente directiva o del organismo político afectado y creador de una confrontación interesada. Lo primero, acceder a los medios para orquestar una campaña difamatoria contra los díscolos y abusivos reclamantes. Una vez controlada la información -ante la pasividad habitual de los sindicatos que solo han servido, en general, para servirse a sí mismos-, se procede a acorralar al personal e intentar debilitarlo para que afloje la intensidad de su protesta. Se termina por acorralarlo en el consabido callejón sin salida. Y para salir del asedio, el colectivo no tiene más remedio que recurrir a la traumática legitimidad de la huelga…, perniciosa para la moral profesional y la dignidad del trabajador. Porque, además, permite demonizar mediáticamente a los insumisos, no como víctimas acosadas e indefensas, sino como “auténticos maleantes que viven como dios y todavía quieren más…”

Procuro ser respetuoso con todas las opciones laborales. Sobre todo, las que disfrutan de un componente vocacional definitorio. Es lo mejor para poder exigir la misma correspondencia hacia mis sentimientos por un gratificante pasado de actividad profesional con predominio del espíritu sobre lo material. Aquello, tan difícil de explicar, de “lo haría gratis… pero si además me pagan…”. Hay privilegios que ciertamente nada tienen que ver con el dinero.

Por ejemplo: año 1970. Un joven teniente del Ejército del Aire, recién destinado al Ala de Caza 21 en Morón de la Frontera como piloto del Northrop F-5. Un día, en la cantina de la base, a la hora del bocadillo de media mañana, en amable tertulia con el conductor del camión cisterna que abastecía el oxígeno líquido para suministrar a los aviones supersónicos -el que sería utilizado en la estratosfera una vez acondicionado hacia su estado gaseoso para hacerlo respirable y presurizar el equipamiento anti-g-. El chófer, un cualificado profesional, nos contó que cobraba 40.000 pesetas mensuales. Nos aclaró a los aviadores: “… es que es un tipo de transporte de muy alto riesgo…”. En la misma conversación, uno de los pilotos, asturiano él, comentó: “Qué casualidad, 40.000 pesetas es también lo que gana mi tío como estibador en el puerto de El Musel…”. Debo comentar que nuestro sueldo entonces era de 12.000 pesetas.

Recuerdo aquella época con la satisfactoria sensación -que todavía perdura- de que jamás me cambiaría por nadie.

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