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Pagar impuestos es de justicia. Abonar las cargas fiscales en relación con nuestra renta, patrimonio, empresas y demás obligaciones derivadas de los hechos imponibles con los que tenemos relación debería ser una acción llevada a cabo con total naturalidad, pensando que lo que realmente estamos pagando no es el sueldo de unos pocos, sino los servicios que consume gran parte de la sociedad que, sin tener esa posibilidad, se quedaría tirada en la cuneta.

Entonces, ¿por qué la prensa especializada se dedica a cerrar el ejercicio con todas las ventajas fiscales (legales, por supuesto) que existen para minorar dicho abono? Porque pagar impuestos es de justicia, pero el prestigio de hacerlo no le corresponde. Por un lado, está el uso de los recursos recaudados y, por otro, la sensación de qué es lo que cubre el esfuerzo fiscal que realizamos. Y ahí entra el concepto de presión fiscal desde el punto de vista comparativo, donde se correlacionan los ingresos fiscales respecto al PIB de la región.

Es cierto que el año fiscal, que está basado prácticamente en su totalidad en el pago anticipado por la mayoría de nuestros ingresos, debemos controlarlo para que, sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones por defecto, tampoco lo hagamos por exceso: una deducción que no contemplábamos, un mal uso de nuestras retenciones, aportaciones que de haberlo sabido hubieran sido hechas en otra dirección o cuantías… Por ejemplo, están las retenciones que hemos ido abonando mes a mes, trimestre a trimestre, que, si están bien hechas, no debería existir regularización alguna en el último mes de año.

Es cierto que el año fiscal, que está basado prácticamente en su totalidad en el pago anticipado por la mayoría de nuestros ingresos, debemos controlarlo para que, sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones por defecto, tampoco lo hagamos por exceso

Paralelamente, existen dos platos estrella. Por un lado, las aportaciones a los planes de pensiones privados y, por otro, la deducción por adquisición de vivienda habitual. En este sentido, como todavía le quedan unas pocas horas al año, puede estar en disposición de modificar su factura fiscal. De igual modo, debería analizar las deducciones del tramo autonómico correspondiente.

En definitiva, la utilización de todos los medios de los que disponemos para que la factura impositiva a final de año sea la menor posible no es algo que se deba desdeñar. Este hecho no ha de confundirse con el intento de plantear un sistema de evasión fiscal inmerso en su totalidad en la ilegalidad. Esto genera economía sumergida, dumping social y problemas a la hora de suministrar determinados bienes y servicios públicos.

Por lo tanto, es de buena sociedad pagar los impuestos que nos corresponden, pero mejor es saber usar lo que se recauda por quien gestiona dichos recursos públicos.

José Miguel González Hernández
Economista

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