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Juan José Delgado, el sabio discreto

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Víctor Álamo de la Rosa

Víctor Álamo de la Rosa

Escribir sobre Juan José Delgado (1949-2017) es en verdad difícil, porque aunque haya fallecido la noche de este pasado 7 de septiembre, uno no sabe muy bien cómo hilar por un lado la madeja tortuosa de la tristeza que me agrieta y, por otro, la necesidad de resumir en unas pocas palabras, más estrechas que nunca, la semblanza de un hombre que era un sabio, sabio con todas las letras mayúsculas y todas las dimensiones. Quienes tuvimos la fortuna de ser sus amigos sabemos de su generosidad, su altruismo, su confianza plena en la cultura como resorte de salvación de la humanidad, tal y como expuso en su magnífico discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua, titulado, precisamente, Literatura, Humanismo, Educación.

Juan José Delgado era sobre todo escritor. Un escritor como ya no hay, de esos que se sienten tan sinceramente recompensados con la escritura misma que, demasiado a menudo, no se preocupaba siquiera de buscar editor para sus propios libros. Nunca necesitó el aplauso, los premios o los reconocimientos. Escribir, escribir bastó siempre. Publicó cuatro novelas, cinco libros de poesía, dos libros de cuentos (el último este mismo mes, titulado Cáscaras y editado por Baile del Sol) y también publicó ensayos y antologías tan fundamentales como Por lugares de la modernidad literaria o las antologías del cuento canario del siglo XX, como la que editó Alfaguara en 2004 con el título Los mejores relatos canarios del siglo XX.

Su labor intelectual, crítica, siempre alejada de los focos, es sin embargo crucial si se quiere entender el devenir de la literatura canaria contemporánea. Sin ir más lejos, sin sus publicaciones y ensayos no se entendería el fenómeno fetasiano, esa generación de escritores tan singular que cambió para siempre las vueltas de nuestra literatura, con autores como Rafael Arozarena o Isaac de Vega abanderando una literatura distinta que llega hasta nuestros días.

Las novelas de Juan José Delgado, Canto de verdugo y ajusticiados, Viaje a las tierras perdidas, La fiesta de los infiernos y La trama del arquitecto podrían situarse dentro del alegorismo narrativo que tanto le interesó también desde la vertiente ensayística, como atestiguan sus trabajos sobre obras como La caverna de Saramago o La carretera de Cormac McCarthy.

Sus poemarios, con una escritura trabajada hasta la extenuación, son Siete gritos favorables bajo las nubes, Comensales del cuervo, Un espacio bajo el día, El libro de la intemperie y Los cielos que escalamos. El sello de las vanguardias está presente, sobre todo en la original adjetivación y en las imágenes, pero, sobre todo en sus últimos poemas, hay una preocupación social que se hace más que evidente en los textos que dedica por ejemplo al fenómeno del terrorismo.

Ya dije que Juan José Delgado era un sabio. Y es el único que he conocido en mi vida, sobre todo porque siendo uno de esos lectores que todo lo ha leído, siempre sabía transmitir sus conocimientos poniéndolos al alcance de quien escuchaba. Fue mi profesor hace treinta y cinco años, cuando yo era un chiquillo estudiante, y desde entonces lo fue siempre, porque cuando uno se deja seducir por la sabiduría aprende que no hay nada mejor, que las palabras sabias siempre reconfortan, alivian, y hacen crecer.

Cientos de alumnos pasaron por sus clases en Bachillerato, en la Universidad, en la Escuela Literaria y no he conocido a ninguno que no celebrara su magisterio, el lujo real de poder escuchar sus enseñanzas. Su labor pedagógica, enorme, es imposible de ponderar aquí, pero sin duda de sus retos y de sus ocurrentes malabarismos intelectuales han salido muchos de quienes hoy en día son los escritores que protagonizan las letras canarias contemporáneas.

Otra labor casi secreta de Juan José Delgado, en mi opinión también muy importante, es su vocación para crear revistas culturales y suplementos literarios en medios de comunicación. Recordemos aquí que fue director de dos de las revistas literarias más importantes de la historia de Canarias, Fetasa y Cuadernos del Ateneo de La Laguna, entre otras, como la revista digital de la Academia Canaria de la Lengua, pero también que fue el impulsor y director del suplemento cultural de la extinta La Gaceta de Canarias, unas páginas que se incluían dentro de aquel periódico y que, haciéndose en Canarias, fueron tan prestigiadas que muchas firmas de escritores e intelectuales de fama nacional e internacional quisieron colaborar. Es un buen ejemplo de su generosidad, como es un buen ejemplo la ristra de autores que tuvieron la suerte de recibir su atención crítica, una reseña, un prólogo.

Tanto desde la revista Cuadernos del Ateneo de La Laguna como desde la revista de la Academia Canaria de la Lengua, Juan José Delgado trazó su vocación de unir culturas, estableciendo una red de relaciones con otros territorios insulares atlánticos, como Madeira, Azores o Cabo Verde, en busca de esas singularidades de las literaturas insulares atlánticas. Porque Juan José Delgado creía firme en el poder de redención de la cultura. Sabía que es imperioso rehumanizar el mundo para que el mundo sea mundo habitable y sabía que el ser humano, si no quiere pasarse la vida desnortado, necesita educación, sentido de la cultura, más y más humanismo.

Juan José Delgado escribió hasta que le fallaron las fuerzas por culpa de la enfermedad. Deja inconclusa su nueva novela y un libro de ensayos, materiales que, estoy seguro, con el tiempo verán la luz de la edición. Todos le debemos mucho, aunque él sería el primero en deplorar cualquier aplauso o distinción. Creo que sería síntoma de madurez que nuestra sociedad, todos los canarios, sepamos de esas personas que, a menudo desde el silencio y casi desde el secreto, contribuyen a que seamos mejores y crezcamos en la fundación de la cultura.

La tristeza es como si se nos pusiera el alma del revés, de sopetón, y nada consuela porque empezamos a vernos las costuras, nuestra propia brevedad, pero yo sigo confiando en el talento de los hombres que, como Juan José Delgado, saben que la cultura, la educación, nos cambian la vida.

Todo duele. Hasta pronto, Juan.

*Escritor canario

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