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Muerte y adiós

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Un día te vas a la playa y ya no vuelves. O acudes a la estación que da cara la gasolina, que no es para tu organismo, y tampoco lo haces. Ya estás en el limbo. Esto es una putada, una gran putada… 

Un día, casi sin quererlo, de forma monótona, mecánica, con modorra o sin ella, te subes al coche, a la bicicleta, con cholas o de bonito…, o bien vas y sacas de paseo al burro, y no te has dado cuenta de que es el momento de tu adiós, de que ya está escrito que de esta no escapas, que no hay marcha atrás: te pararás en seco y ya, fuera, en otro lugar y en otra vida, si la hubiera, que seguro que no. 

Piensas mucho en esto y parece que al minuto siguiente es ya tu turno, y lo peor es que igual estás en lo cierto. Sobre esto, como se sabe, no hay nada concluyente, aunque sí mucho escrito. A las pruebas me remito. Sí, es la vida la que nos diferencia, el comportamiento en ella, y la muerte, la nada, la que nos une. Esto nos iguala y nos convierte en pura levedad, en superficialidad, en recuerdo de los otros, cuando lo hay. ¡Y qué más da! Cuando el síncope llega y hace ¡zas!, como le llegó aquí al amigo de al lado (y es mucho catalogarlo de amigo, que sé que cometo un exceso, pero me entenderán), el mundo también se frena para todos los demás, al menos un lapso. 

"(...) La muerte no es exigente. No pide héroes ni esclavos. Se come lo que le dan”

Ya dije que es la puta vida, esta que tenemos, la que siempre estará y la que es imposible cambiar. Aquí, en el asfalto, hay sentimiento y materia, pero en el otro lado no te queda ni la posibilidad de degustar unos buenos boquerones en vinagre. Con todos estos debes y haberes se construyen y escriben lemas, eslóganes y aforismos baratos. En algunos casos, hasta la tarea se convierte en deporte favorito de personas, chamanes y médiums, que de todo hay en la vida; de todo hay, claro, igual que nada hay tras el silencio que deja el aire que ya no se respira. 

Como hoy me ha dado por estas cuestiones un tanto escatológicas, traigo a colación parte, una pequeña porción, minúscula, irrisoria, microscópica, de la excelente novela de Philippe Claudel El informe de Brodeck, cuya lectura aconsejo sin más. 

Claudel, a través del personaje central de su historia, que se mueve en una atmósfera mágica, deja claro su parecer acerca de esto que llaman vida, y también sobre la antagónica muerte. Y sostiene: “(…) Pero, en el fondo, morir por ignorancia o morir bajo miles de pisadas de hombres que han recuperado la libertad viene a ser lo mismo. Cierras los ojos y luego no hay nada. La muerte no es exigente. No pide héroes ni esclavos. Se come lo que le dan”. 

La muerte, y esta vulgaridad es mía, es buena de boca. 

*Texto publicado en el libro de cuentos llamado Policromía.

 

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